Exposición El surrealismo y el sueño

Una invitación a soñar. La nueva propuesta del Museo Thyssen Bornemisza

Surrealismo

Vivir es soñar. Ese es el pequeño titular que nos ofreció José Jiménez, comisario de la exposición, en la presentación de El surrealismo y el sueño en el Museo Thyssen Bornemisza en Madrid el pasado 7 de octubre de 2013. Se trata de la primera exposición monográfica dedicada al surrealismo y al sueño. Con un total de 163 obras de los grandes maestros surrealistas (André Breton, Salvador Dalí, Yves Tanguy, Joan Miró, Paul Delvaux, Marx Ernst o Man Ray) la exposición propone una presentación temática de la aproximación plástica de los artistas surrealistas al universo onírico. Las obras reunidas han sido cedidas por museos, galerías y colecciones particulares de todo el mundo como el Centre Pompidou (París), la Tate Modern (Londres), el Museum of Modern Art o el Metropolitan Museum (Nueva York), entre muchos otros.

Guillermo Solana (director del Museo Thyssen-Bornemisza) en su intervención dio la bienvenida a los asistentes a «la república del sueño». No es una exposición habitual en las salas del Thyssen. Para organizarla ha habido que cambiar la dieta «vegetariana» a la que nos tenía acostumbrados la entidad (en alusión a lo «verde», a los paisajes impresionistas personificadas en las coles de Pissarro). El surrealismo y el sueño ha supuesto un esfuerzo organizativo tras el retiro del patrocinio de Caja Madrid. En su momento fue concebida para compartir las dos sedes. Al suprimir un área se ha tenido que dar una vuelta de tuerca al espacio expositivo del museo y ubicar las 163 obras en la planta baja y el sótano (ambas salas habituales en las exposiciones de la sede madrileña pero como muestras individuales). El origen de esta exposición surgió en la circunstancia de que la inspiración onírica no había tenido una muestra. Un proyecto ambicioso por la variedad de los medios –pintura, collages, escultura, fotografía, cine…- y por los artistas reunidos. Especial interés tiene la presencia de once mujeres, poco conocidas, que aportan una visión importantísima al surrealismo. El resultado es algo laberíntico, sinuoso, con pequeñas salas y recovecos y «algún que otro sobresalto» intentando respetar el carácter misterioso y enigmático del surrealismo.

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José Jiménez subrayó el carácter de primicia de la muestra así como las dificultades que planteaba llevarla a cabo (entre otras no está nada claro lo que es sueño y lo que no es sueño en el surrealismo). No todo vale. Había que replantear cual era la dimensión plástica de los materiales oníricos en el surrealismo. Surrealismo y el sueño se articula en un rompecabezas en el que todas las piezas encajan. El surrealismo pasa por ser el primer movimiento considerado como multimedia. Lo importante es lo que se quiere representar y no tanto el medio elegido. Jiménez destacó el papel primordial de las mujeres artistas (Dora Maar, Tamara de Lempicka, Leonora Carrington, Ángeles Santos o Remedios Varo). El comisario de la exposición espera del visitante que se marche a su casa con las ganas de soñar. Vivir es soñar.

Exposición

El surrealismo y el sueño se articula en ocho capítulos que organizan temáticamente los materiales plásticos reunidos en la exposición: 1. Los que abrieron las vías (de los sueños). Constituyen los antecedentes fundamentales, a modo de introducción… 2. Yo es otro (Variaciones y metamorfosis de la identidad); 3. La conversación infinita (El sueño es la superación de Babel: todas las lenguas hablan entre sí, todos los lenguajes son el mismo); 4. Más allá del bien y del mal (Un mundo donde no rigen ni la moral ni la razón); 5. Donde todo es posible (La omnipotencia: todo es posible en el sueño); 6. El agudo brillo del deseo (La pulsión de Eros sin las censuras de la vida consciente); 7. Paisajes de una tierra distinta (Un universo alternativo que, sin embargo, forma parte de lo existente) y 8. Turbaciones irresistibles (La pesadilla, la zozobra).

«Las películas tienen el poder de capturar los sueños.»

Georges Mèliés

Para ver la totalidad de las obras tendremos que visitar la sala de la planta baja y continuar en la planta sótano, otro de los espacios habituales en la sede madrileña. Del conjunto de obras me gustaría destacar una serie de obras que sintetiza la propia filosofía del movimiento surrealista. Un movimiento que tenía como protagonista al propio inconsciente definido como esa región del intelecto donde el ser humano no objetiviza la realidad sino que se une, se funde con ella formando un todo. Y es en lo sueños donde los elementos más dispares se manifiestan unidos por relaciones que, a veces, se escapan a la lógica de la vigilia. El sueño, plagado de imágenes plásticas, era un vivero privilegiado de inspiración. Plasmar esos sueños, esas poderosas imágenes en algo tangible sin la intromisión censora de nuestra conciencia será el objetivo que perseguirán los surrealistas a lo largo de su vida.

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Nos da la bienvenida, prácticamente, una obra sensual, con cierta carga onírica, de Henri Rousseau que lleva por título Una tarde de carnaval (1886). Sobre un fondo oscuro y delante de unos esqueléticos árboles destacan dos diminutas figuras de un hombre y una mujer vestidos con trajes propios del carnaval. El cielo es de color índigo, un color asociado a la psique, con una luna brillante (evocadora de los sueños) y unas nubes grises en la parte inferior. A pesar de representar a unos personajes que tienen que ver con la alegría, con la fiesta, estos personajes, a los que apenas podemos ver los rostros no nos transmiten esa sensación. Toda la escena tiene un aire misterioso.

En el segundo capítulo destaca de forma poderosa la obra de salvador Dalí, El hombre invisible (1929 – 1932). Obra inacabada que constituye el primer lienzo en donde Dalí trata de crear una imagen con doble sentido. El artista consideraba al Hombre invisible como un fetiche paranoico que le protegía tanto a él como a Gala. En este cuadro ya aparecen distintos elementos que se repetirán en algunas de las obras más emblemáticas de Dalí. También sobresalen en este apartado una obra de Claude Cahun y Marcel Moore, Confesiones sin valor, Lámina I (1929 – 1930) que tiene como eje central el ojo humano (motivo que atrajo a los surrealistas); y otra de Ángeles Santos (Alma que huye de un sueño – 1930). Esta última obra tiene esos toques de realismo mágico, en donde la persona parece desdoblarse en su huida de la realidad hacia el mundo onírico (o ¿es del sueño a la realidad?) y que inaugura su etapa surrealista.

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En el tercer apartado destacan significativas obras. Entre ellas, la de otra mujer surrealista, Leonora Carrington (El templo de la palabra, 1954); o de René Magritte (La clave de los sueños, 1952, El arte de la conversación, 1963). Esta última obra destaca por su sencillez. Dos hombres parecen estar conversando, como si estuvieran levitando sobre un camino que se halla a sus pies. Insignificantes, diminutos como dos moscas en un cuadro. A su alrededor las nubes, el aire, la ingravidez. Otra obra llamativa es de Miró, Foto: este es color de mis sueños (1925). Con apenas unas letras y una mancha de color, el lienzo se convierte en un poema. Una clara sencillez pero que ha dado paso a múltiples interpretaciones, algunas de las cuales tiene que ver con un aspecto cosmológico.

En el apartado siguiente podemos contemplar una de las obras más representativas no solo del surrealismo sino de la producción de Salvador Dalí. Se trata de una sugerente obra de rimbombante título: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar (1944). Para algunos críticos esta pintura se ha querido interpretar como una alusión a la Teoría de la Evolución humana. El largo título del cuadro otorga al mismo una clara intención de carácter psicoanalítico. También podemos disfrutar de la contemplación de La miel es más dulce que la sangre (1941).

En el quinto apartado sobresalen: La Venus dormida (1944) obra de gran tamaño de Paul Delvaux y Ver es creer (1937) de Roland Penrose, cuadro también conocido como La isla invisible.

En el apartado sexto destacan un nutrido grupo de obras. Dalí, Guillermo Tell y Gradiva (1932); Óscar Domínguez, Los niveles del deseo (1932 – 1933). Dora Maar tiene unas sugerentes y sensuales fotografías con el título Piernas I y II (1935). Un óleo (medio por el que no es tan conocido) de Man Ray, Piscis, La mujer y su pez (1938) y, por último una obra de Remedios Varo, Papilla estelar (1958).

Llegamos al penúltimo apartado con otra media docena de obras. No conocía la obra de la artista surrealista americana Kay Sage (1868 – 1963) y me ha sorprendido muy gratamente. Una artista que viajó hasta Europa estableciéndose en las cercanías de Roma. Por su rango aristocrática en un primer momento no fue bien recibida entres los artistas surrealistas. Pero, poco a poco, y de la mano de Yves Tanguy (que se convirtió en su segundo marido). Quizás la sombra de su marido perjudicó su propia carrera artística. En la exposición están presentes varias de sus obras destacando Margen de silencio (1942) o La carta escondida (1943) en las que se nota la influencia de De Chirico. A su lado se encuentra El geómetra de los sueños (1935) obra de su marido, Yves Tanguy.

El capítulo ocho podemos encontrar dos obras de Dalí que son proyectos para la película Recuerda de Alfred Hitchcock (se puede ver en imágenes en un pequeño cubículo habilitado para la proyección de estas imágenes). Un ejemplo de turbación es la obra de André Masson titulada En la torre del sueño (1938). Un lienzo que agita la mente del espectador. Lleno de extrañas figuras y objetos. Masson propugnan unas teorías pictóricas en las que la intuición y la atención suspicaz al inconsistente era básicas en el proceso creativo. 

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La propuesta de recorrido que nos hacen desde la institución implica invertir un poco más del tiempo del habitual para este tipo de exposiciones, ya que durante el recorrido podemos disfrutar de siete instalaciones multimedia (proyección de un audiovisual) y de la contemplación de 163 obras repartidas en dos espacios independientes (dentro del propio museo). Hay que recordar que el cine supuso para estos artistas un medio de expresión fundamental ya que ayuda al espectador a dejar volar su imaginación. Las vídeo-instalaciones sugeridas son unas propuestas del comisario, fragmentos específicos o breve cortometrajes.

En la sala oscura se producía el encuentro con lo insólito, con lo maravilloso, sin que hubiera ninguna predeterminación previa, ni consciente. Era, propiamente, el ámbito del sueño con los ojos abiertos, mirando la gran pantalla. En una clara alusión a Rimbaud, Breton (1953, 267) llega a afirmar que es en las salas de cine «donde se celebra el único misterio absolutamente moderno».

José Jiménez

Comisario. Catálogo exposición (página 51)

A la entrada conviene dejar en el vestíbulo conceptos tales como irracional, racional y tener muy presentes otros como el inconsciente o la creatividad para adentrarnos en un mundo onírico lleno de fantasías. También hay que tener en cuenta que los surrealistas desarrollaron todas sus actividades en un mundo de entreguerras. Habían asistido, la mayoría de ellos siendo niños, a los debacles de la Gran Guerra (la I Guerra Mundial) y el concepto que tenían del mundo estaba mediatizado por este drama. El mundo no era perfecto y ellos creían que con su arte, su creación, podían cambiar las reglas imperantes en la sociedad de la primera mitad del siglo XX. El surrealismo no solo fue una corriente pictórica sino que se constituyó en una actitud ante la vida, una manera de ser, de expresar los sentimientos interiores. 

El surrealismo transmite una afirmación intensa de la libertad, la esperanza de una vida humana de plenitud, la utopía de una mente dueña de todas sus posibilidades. En ese sentido, la invocación surrealista del sueño debe entenderse, ante todo, como la manifestación de una revuelta contra la aceptación «realista» de un mundo «mal hecho», contra una actitud de aceptación resignada del dolor y el sufrimiento. La invocación surrealista del sueño transmite una utopía de liberación plena de la mente, el sueño de la libertad sin límites.

José Jiménez

Comisario. Catálogo exposición (página 50)

 

Vivir es soñar. Como manifiesta José Jiménez en su estudio introductorio «el sueño como un ámbito unitario de experiencia humana». Todos soñamos. Y soñar es libertad. Y ahí radica la grandeza de esa «otra mitad» de nuestras vidas. Podemos imaginar/soñar en que vivimos en un mundo mejor. ¿Qué tras la visita a El surrealismo y el sueño va a cambiar el mundo y a la salida de la exposición nos vamos a encontrar en un mundo mejor? No. Seguro que no. Pero nos invitan a soñar y a que olvidemos, por un momento, las penurias cotidianas.

Actividades paralelas

Del 23 de octubre al 11 de diciembre de 2013, se ha organizado un curso monográfico en el que se abordarán diversos aspectos del surrealismo considerándolo más como una actitud vital que como un movimiento artístico. A lo largo de ocho semanas expertos y profesores universitarios lo relacionarán con el cine, la fotografía o la filosofía y profundizarán en la figura de Dalí o en el papel que jugaron las mujeres dentro de esta corriente. Entre los ponentes estarán Guillermo Solana, director artístico del Museo, Montse Aguer, directora del Centro de Estudios Dalinianos de la Fundació Gala-Salvador Dalí, Oliva María Rubio, directora artística de La Fábrica, Román Gubern, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona o el propio José Jiménez, director del curso. Las conferencias tendrán lugar los miércoles a las 17.30 horas en el Salón de actos.

El surrealismo y el sueño también cuenta con un ciclo de cine, que se desarrollará a lo largo de toda la exposición, los fines de semana del 12 de octubre de 2013 al 12 de enero de 2014, el que se han programado además de todas las películas cuyos fragmentos se proyectan en vídeo-instalaciones en las salas, otros títulos vinculados al surrealismo como Recuerda (1945) de Alfred Hitchcock, Giulietta de los espíritus (1965) de Federico Fellini, Terciopelo azul (1986) de David Lynch o Amanece, que no es poco (1988), está última presentada por su director, José Luis Cuerda.

Más información:

Museo Thyssen

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

 


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