La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny

Museo del Prado, del 21 de mayo al 10 de noviembre de 2013

«Mira dos veces para ver lo exacto. No mires más que una vez para ver lo bello».
Henry F. Amiel. Diario íntimo (1822-1881)

Desde el 21 de mayo se puede contemplar en el Museo de Prado la exposición La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny. 281 obras reunidas con un denominador común: su pequeño formato. En tiempos de crisis hay que agudizar el ingenio y la dirección de esta institución se ha sacado de la manga esta magnífica muestra que tiene otra particularidad: todas las obras pertenecen a los fondos del Museo del Prado. Constituye una muestra inédita y en ella podemos observar, de forma cronológica, las obras de los grandes artistas del siglo XIV y principios del XV (como Fra Angelico) hasta llegar al siglo XIX (Fortuny).
El resultado es «una pequeña guía de bolsillo» que ejerce de muestrario de la colección del Museo del Prado. El montaje de la exposición se ha ideado para invitar a participar al espectador a que descubra esas pequeñas bellezas, que se aproxime a ellas y que se encuentra encerradas (porque no se llegan a mostrar) o constreñidas (entre sus grandes hermanos mayores que pasan, muchas veces, desapercibidas) habitualmente. Obras en diferentes soportes, de belleza extraordinaria, rara y particular, alguna de las cuales han sido restauradas y limpiadas para esta ocasión. Abarca todos los temas (desde mitológicos, retratos, paisajes, exaltación de poder, etc.) así como diferentes soportes y técnicas (cristal, mármol, tabla, lienzo cobre, etc.)
El Museo del Prado nos propone que nos agachemos, que miremos a través de los ventanucos que han abierto en sus muros, que nos sentemos y que nos apoyemos para poder contemplar con todo detenimiento las magníficas obras expuestas en las 17 salas que han habilitado en la planta baja en el lugar acostumbrado para las exposiciones temporales. Son una serie de recursos expositivos diferentes a los habituales. También han editado una pequeña guía de la exposición con una breve introducción a cada sala y que recoge la ficha de cada una de las obras a las que asignan un número. Este mismo número es el que, lógicamente, sitúan al lado de cada obra expuesta. Si el curioso viajero no quiere llevarse a su casa esta miniguía, el Prado ha habilitado una urna para depositarla allí para sureutilización.

Nuestro recorrido

El tránsito de la Virgen. Hacia 1462. Andrea Mantegna. Técnica mixta, tabla, 54,5 x 42 cm.

El tránsito de la Virgen. Hacia 1462. Andrea Mantegna. Técnica mixta, tabla, 54,5 x 42 cm.

Revista Atticus invita a que cada uno descubra su obra. Nosotros, desde aquí, y después de nuestra visita proponemos una serie de ellas que nos han gustado por alguna razón subjetiva o por mera cuestión artística.

Palas Atenea, una copia de época romana del siglo II d. C., en mármol, reducida del original de Fidias (de 12 metros de altura) nos recibe. Aquella presidía Atenas desde el interior del Partenón como diosa guerrera y patrona de la ciudad. En esta ocasión, la copia la hicieron sin sus atributos guerreros, siendo vista como diosa de la Sabiduría y de las Artes. Es bajo esta advocación como preside el resto de las salas. A través de varios ventanucos abiertos en los muros de la sala podemos observar alguna de las obras que nos esperan en nuestra visita.

En la sala 2 podemos disfrutar de la contemplación de una de las grandes obras maestras del Museo del Prado La anunciación de Fra Angelico. No se trata de una obra de pequeño formato pero el museo quiere que nos centremos en unos pequeños cuadros que suelen pasar desapercibidos y que pertenecen a lo que se denomina la predela (o banco) del retablo que acoge la magnífica tabla del siglo XV. Lo sitúan a la altura de nuestros ojos para que podamos contemplarlos.

El tránsito de la Virgen es un ejemplo de esos cuadros de pequeño formato pero de exquisita ejecución. Es obra de una de los grandes artistas del Quattrocento, Andrea Mantegna. La escena recoge el último momento de la vida de la Virgen María. En el centro de la composición la figura de San Pedro oficia con un misal rodeado de los otros apóstoles. La composición está perfectamente resuelta con un hábil juego de líneas horizontales (ventana y lecho de la Virgen) con verticales (apóstoles y pilastras) subrayado por el suelo ajedrezado. El paisaje que podemos contemplar por la ventana es una de las primeras vistas topográficas en la pintura italiana con un lago y un puente en los alrededores de Mantua.

Sala 3. Solamente esta sala ya merece una visita y desplazarnos allá donde estuviera aunque solo fuera alguna de las piezas que aquí se exhiben.

Autorretrato de Alberto Durero. Clásica y conocida pintura. Representado como un gentilhombre en tonos claros luciendo sus mejores galas. Lleva un jubón abierto en blanco y negro y tocado con una gorra con borla de listas en los mismos tonos. La camisa tiene una cenefa bordad en oro y cordón de seda con cabos azules y blancos que sujeta una capa parda colocada sobre el hombro izquierdo. El pelo le cae sobre los hombros en largos tirabuzones. El pintor lleva sus manos cubiertas con unos guantes que denotan un alto status. A su izquierda, una ventana nos permite ver, ligeramente, un paisaje. Durero propone un interesante juego de líneas verticales y horizontales.

Mesa de los pecados capitales. Con gran acierto esta pieza se incluye en la exposición. Tan solo se ha tenido que desplazar un centenar de metros. Pero la han rodeado de un pequeño murete que actúa a modo de barandilla permitiéndonos apoyar nuestras manos para descansar nuestro cuerpo y acercar la vista a esos pequeños detalles que en anteriores visitas pudieron pasar desapercibidos. Gran acierto y gran tabla de un magnífico El Bosco. Cinco círculos sobre un cuadrado negro. En los ángulos de las esquinas, de menores dimensiones que el central, recogen escenas de las postrimerías de la vida: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Dos filacterias con inscripciones en latín, extraídas del Deuteronomio advierten de las consecuencias del pecado. La primera (32: 28-29) dice: «Porque son un pueblo que no tiene ninguna comprensión ni visión, si fueran inteligentes entenderían esto y se prepararían para su fin». La segunda debajo (32:20) dice: «Apartaré de ellos mi rostro y observaré su fin». El círculo central semeja un ojo en cuya pupila aparece Cristo Varón de Dolores, saliendo de su tumba, y la frase «Cuidado, Cuidado, el Señor está mirando» y los Siete Pecados Capitales en su anillo exterior reproducidos como escenas de género con las costumbres y los vicios de la época. Por si acaso tenemos duda unas inscripciones, en latín, aclaran las escenas: Ira, Soberbia, Lujuria, Pereza, Gula, Avaricia y Envidia.

Detalle Virgen con el Niño, hacia 1565. Luis de Morales. Óleo sobre tabla, 38 x 28 cm.

Detalle Virgen con el Niño, hacia 1565. Luis de Morales. Óleo sobre tabla, 38 x 28 cm.

Sala 5. Una copia romana de Afrodita preside esta sala, pero lo que más destacaría es un pequeño cuadro: Virgen con el Niño de Luis Morales. No es de extrañar que a este artista se le conociera como «el Divino» (aunque en honor de la verdad fuera más por sus temas bíblicos que por la maestría en la ejecución). La Virgen sostiene con su mano derecha la cabeza de su Hijo, mientras que el pequeño introduce su manita en el seno de su Madre. Una estampa mariana llena de delicadeza que constituye una de las creaciones más emblemáticas de este pintor de estilo manierista. Destacan la dulce mirada de la Virgen, así como las delicadas facciones del rostro; y el tratamiento en la gasa de la que tira el pequeño, de sutil trazo.

Sala 8. Una serie de bodegones y floreros se despliega en esta sala que evidencian el concepto de vanitas que subyace en el arte del siglo XVII: el paso del tiempo, la vanidad de la belleza y de las cosas y la presencia de la muerte.

Un filósofo. De aspecto melancólico y un tanto apesadumbrado llama poderosamente la atención por la calidad en el tratamiento pictórico del jubón negro que lleva el anciano y que refleja, de forma magistral, la luz. Completa la escena los libros apilados en la mesa. En uno de ellos parece que el filósofo vierte sus últimas disquisiciones. Se cree que se trata de un rabino (por la barba y el gorro). Esta obra nos puede recordar a Rembrandt.

Agnus Dei. Un corderito es el único motivo que se encuentra sobre una mesa destacando sobre el fondo oscuro. Tumbado y con las patas ligadas con un cordel en una actitud inequívocamente sacrificial. Gran habilidad a la hora de reproducir las diferentes texturas con una luz muy natural y calculada. Alude al sacrifico de Cristo que muere por salvar a la humanidad, por lo que trasciende de la imagen realista adquiriendo un gran valor simbólico. Es por lo que participa del bodegón (naturaleza muerta) y de la pintura religiosa.

Sala 9. Podemos ver cuadros del siglo XVII con temas de la naturaleza y acontecimientos mitológicos o religiosos.

El alma cristiana acepta su cruz. Una de las cosas más sorprendentes de este cuadro es su modernidad. Hay que mirar la ficha para ver que se trata de un anónimo francés realizado en el siglo XVII. Cristo carga con la Cruz y detrás de él camina (o lo intenta) soportando otra cruz una joven con el torso desnudo. Eso ya produce sorpresa. Pero lo que más llama la atención es el ambiente surrealista. El espacio está lleno de cruces de forma angustiosa: en el suelo, al fondo, por todos los lados. Hay un interesante juego de luz y penumbra que hace resaltar unas más que otras. Es un estudio de la perspectiva, de la luz y del color y sin embargo está llena de austeridad (basta ver la túnica de Cristo). Enigmática belleza.

Sala 10. Desde la Antigüedad hay un gusto por representar la vida que pasa ante el artista. Los cuadros de gabinete adquieren gran importancia. A través de ellos el espectador que acudía a las casas de los grandes coleccionistas podía descubrir otros mundos, otra forma de vida.

El viejo y la criada. Este es uno de esos cuadros que resultan «deliciosos» al contemplarlos detenidamente. Podemos evocar una historieta, y casi seguro que no nos equivocamos mucho, al ver como el viejo le susurra al oído algún lujurioso deseo a la joven. Todo el detallismo que rezuma la obra se concentra en ese caldero de cobre, situado a nuestra izquierda, cuyo interior brilla con luz propia. La luz penetra por la izquierda destacando a la pareja sobre un fondo en penumbra.

Sala 15. Nos detenemos en esta sala para contemplar un par de bodegones, obras de Tiépolo y Vicente López Portaña.

Bodegón de frutas y florero de cristal. Un bodegón que mezcla frutas en un recipiente de mimbre, otras sobre la mesa y en un segundo plano un delicado florero de cristal con un rama de frutos rojos y una flores de jazmín. A la derecha, completa la escena, un plato con ciruelas. Todo ello dispuesto de forma escalonada. El cuadro posee ciertos rasgos diferenciadores y que le dan un atractivo especial. Uno de ellos es el fondo en un tono azul no habitual. La textura aporcelanada también es novedosa.

Los tres viajeros aéreos favoritos, hacia 1785. John-Francis Rigaud. Óleo sobre lámina de cobre 36 x 31 cm.

Los tres viajeros aéreos favoritos, hacia 1785. John-Francis Rigaud. Óleo sobre lámina de cobre 36 x 31 cm.

Los tres viajeros aéreos favoritos. Una curiosa obra que más parece una postal de la época. La moda de ir en globo estaba en pleno auge. Parece ser que narra un episodio histórico: el segundo vuelo de Lunardi en globo en Inglaterra ante el mismísimo príncipe de Gales. Rigaud pintó este cuadro como modelo para posteriormente hacer un grabado y así sacar un dinero a tanta expectación por estas nuevas aventuras.

Sala 16.Destaca en el centro de la sala la imponente maqueta de Villanueva que presentó al rey en 1787 del Gabinete de Ciencias Naturales que constituyó el embrión del Museo del Prado. Nos proponen otro pequeño juego. En este caso se trata de mirar por una pequeña mira que nos situaría en el Prado de antaño viendo una de las primeras obras que albergó. Además se exhiben, bajo la luz de la claraboya, símbolo del Siglo de las Luces, bocetos, cuadros de gabinete y pequeños retratos. Podemos contemplar una buena colección de «goyas».

La pradera de San Isidro. Espectacular cuadro que a pesar de sus reducidas dimensiones, y de ser un boceto preparatorio para un conjunto de cartones, no pierde su grandeza. Recrea la zona de esparcimiento en las afueras de Madrid, entre la ermita de San Isidro y el río Manzanares, con vistas de la ciudad al fondo. La muchedumbre aparece representada durante la festividad del patrono de Madrid, el día de la romería. La muerte de Carlos III arruinó el proyecto. Iba a ser un cuadro de más de siete metros. Una obra maravillosa que a pesar de sus reducidas dimensiones provoca una sensación de gran espacio. Predomina una gama de colores blancos, rosados, siendo en la zona intermedia tonos oscuros, lo que centra nuestra mirada en la profundidad, dejando a los personajes del primer plano enmarcados.  Ese fondo, la ciudad, es retratada de forma minuciosa y realista. Podemos identificar cada una de los detalles arquitectónicos. El conjunto muestra una de las características de Goya y que es esa pincelada impresionista que le confiere al autor una personalidad propia, considerándolo como un gran artista «moderno».

Sala 17. Llegamos a la última sala. Tras un viaje placentero, nos encontramos con un buen puñado de pequeñas joyas que constituyen el mejor colofón posible para esta exposición. Si bien alguna de ellas es bastante conocida no por eso le resta ni un ápice de interés. Se trata de pinturas del siglo XIX de pequeño formato. Seguidores de Goya (como Alenza o Lucas) o el preciosismo de Jiménez Aranda o Pradilla. Estamos en el siglo de la burguesía por excelencia. Así no es de extrañar encontrarnos con estancias acogedoras y de damas voluptuosas llenas de refinamiento y elegancia (Madrazo). También nos encontramos con alguna obra de Fortuny de gran relevancia.

La reina doña Juana «la Loca», recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina. Tras este rimbombante título se encuentra una obra excelsa. Cuadro de gabinete pintado en plena madurez por Pradilla. Recoge un episodio bien conocido en la Historia de España. El pintor sintió debilidad por los avatares de la reina doña Juana de Castilla (conocida como Juana «la Loca»). La reina aparece en el interior de una estancia de su lugar de encierro en Tordesillas. Sentada junto a un ventanal, con la mirada perdida, extasiada en su pensamiento, en su anhelo de permanecer junto al cuerpo de su difunto esposo. A su lado, en su regazo, está una desatendida Infanta Catalina. Al fondo, a la derecha, situadas delante de una chimenea permanecen, a modo de guardianes, una dama de corte, ricamente vestida, y una criada con indumentaria más modesta. Detrás de la reina, al fondo de la estancia, a la izquierda, se puede observar una puerta abierta que nos permite contemplar el féretro que contiene los restos mortales de Felipe el Hermoso. El cuadro rezuma una intensidad romántica y una gran carga melodramática. Hay una gran acumulación de elementos accesorios, decorativos, pintados con gran minuciosidad y lujo de detalles. Basta con detenerlos en la ventana y todos los cachivaches que se encuentran en el alfeizar. Están cuidados hasta el más mínimo detalle respetando la historia que, por su formación, debía de conocer el artista sobre los Reyes Católicos. Así lo podemos ver en el rico mobiliario que lo conjuga con otros detalles arquitectónicos como es el arco conopial de la chimenea. Magnífica pintura.

Detalle La reina doña Juana «la Loca», recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina, 1096. Óleo sobre lienzo 85 x 146 cm. Francisco Pradilla y Ortiz

Detalle La reina doña Juana «la Loca», recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina, 1096. Óleo sobre lienzo 85 x 146 cm. Francisco Pradilla y Ortiz

Y con esta obra damos por finalizado nuestro recorrido por la exposición La belleza encerrada. Al iniciar el recorrido no tenía mucha idea de que es lo que me iba a encontrar en las salas dedicadas a las exposiciones temporales en el Museo del Prado. Así que la sorpresa ha sido mayúscula al disfrutar de una colección de obras de arte, de pequeño tamaño, variada y extensa. La belleza encerrada de estas joyas lo es porque no suelen estar a la vista y si lo están suelen pasar desapercibidas al ser ocultadas por el brillo de sus hermanas mayores con las que algunas de ellas conviven. Hemos reseñado cerca de 45 de las 281 que componen la exposición. ¡Descubran sus propias obras! La crisis ha posibilitado que la dirección del museo mire para sus almacenes y tire de «su fondo de armario» y seguro que con muchos menos recursos económicos haya podido lavar la cara a muchas de estas obras y presentarlas en un montaje atrevido, novedoso y atractivo. Una exposición muy cuidada con detalles e iniciativas como el disponer de una urna a la salida de nuestra visita para si quieres depositar allí nuestra pequeña miniguía que tal vez no tenga más vida en nuestras casas.

A la exposición le acompañan una serie de eventos habituales para los que recomiendo la visita a la web. Se ha editado un catálogo de reducido tamaño que servirá a modo de pequeña guía casi de bolsillo, pero con todo lujo de detalles en las imágenes y acompañado por una serie de textos de los principales conservadores del Museo del Prado. A buen seguro nos servirá para rememorar la muestra. Junto a él se vende por separado un excelente CD que contiene una serie de temas de música clásica. La justificación de la elección de estos temas no está muy clara. Es un buen producto de merchandising con obras conocidas de Vivaldi, Bach o Mozart. Pero esos temas me han acompañado de manera gloriosa en la realización de este trabajo. Ya lo saben, durante ese verano tienen una cita en el Museo del Prado.

Un vídeo de la muestra:

Nota de la redacción. Este texto e imágenes es un extracto del artículo que incluimos íntegro en nuestro especial exposiciones Madrid Julio 2013 que en breve pondremos a vuestra disposición en esta web.

Luisjo Cuadrado

 

 


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