Viento es la dicha de amor, en el Teatro de la Zarzuela. Madrid

 

 

 

Y cuando te miro más, aún más mirarte deseo.

Calderón de la Barca

Viento es la dicha cartel 

 

Viento es la dicha de amor es la obra de José de Nebra que estos días se interpreta, con la dramaturgia de Andrés Lima, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. La semana pasada tuve el placer de asistir a su representación. La escenificación es abrumadora y bella. Asistir al vibrante destello de las sopranos Yolanda Auyanet y Clara Mouriz, y de la mezzosoprano Beatriz Díaz resulta hermoso. Y si tenemos en cuenta que, además, la música está interpretada magníficamente por la Orquesta Barroca de Sevilla, guiada por el reconocido director Alan Curtis, la sensación de deleite del espectador es aún mayor. Una conjunción de talentos perfectamente acompasados que aturden de belleza y arte a todos los sentidos y en todas las gamas de sensación.

El Deseo, ése exquisito secreto. El tema principal. Envuelto de poesía, de la mejor poesía española. El pulso, el latir, transcurre viajando a través de tres historias entrelazadas: la ninfa Liríope huyendo del incendio de su templo de amor, que provoca Céfiro, dios del viento; el conde Antenor enamorado de Fedra, y ésta enamorada a su vez de Céfiro; la ninfa Delfa y el criado del conde, Marsias, enamorados. Historias vivas, enredadas, donde amor, dolor y pasión se cruzan para mirarse a los ojos. Y se esquivan y se persiguen, y se entrelazan, y se admiran, y se devuelven, y se desvisten. Entre tanta virtud, van surgiendo en cada palabra las mismísimas llamas del incendio del templo con el que comienza la obra. Sus colores de destello, naranjas, rojos, con quemazón, van cediendo ante los claroscuros, ante los tenues suspiros del clave y de los violines.

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Pero la obra esconde su secreto en su misma interpretación. Conforme va surgiendo el calor en el escenario al paso que van cayendo los colores, la ropa deja su paso a la sencillez con la que los cuerpos lucen sus danzas de amor y deseo. Es un canto mismo a la Belleza, ésa que con mayúsculas, surge de los brazos, de las voces, de los acordes, de las miradas, de las siluetas que hipnotizan y en las que se fija la atención. Y entonces sentimos una huida a un universo enamorado, del cual ni siquiera pueden rescatarnos algunos de los asistentes que no resisten a esta lujuria de arte abandonando con prontitud la sala del teatro. Se van como habiendo sucumbido. Ahondamos entonces los que permanecemos en una mundana perturbación. Nos abstraemos. Dicen algunos críticos de esta obra que es descabellado su desnudo. Pero es hermoso para otros, es la medida justa de un camino hacia el Deseo, que va dejando sed con cada paso. Huida y seducción a un mismo ritmo. Escapar o quedarse para siempre. Y cuando la música de Nebra consigue atraparte, entonces te retuerces en el asiento pensando que es lo más bonito que has visto nunca.

Reconocer al latente Ángel González vivo entre los versos que recita uno de los actores. Ese precioso diálogo cubierto de deseo y lleno de amor:

Le comenté:

- Me entusiasman tus ojos.

Y ella dijo:

-¿Te gustan solos o con rimel?

-Grandes,  respondí sin dudar.

Y también sin dudar

me los dejó en un plato y se fue a tientas.

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Los versos de los grandes poetas españoles se suceden entre el corpus celestial de las voces de las cantantes. Sin duda dioses parecemos los espectadores que permanecemos frente a tan palpitante recital. Dioses pecando. No es sino más que una confirmación la sensación que se desprende de ese culmen recitado con los labios que nacen en los versos de La vida es sueño: dar vida a un desdichado / es dar a un dichoso muerte. Qué placer ser desdichados si podemos vivir algo así. Viendo que el ver me da muerte / estoy muriendo por ver.

Marta Platz

Revista Atticus


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