Kapuściński, y lo deslumbrante de un ocaso

 

“Afuera iba cayendo el crepúsculo, pero nadie encendió la luz”

Mario Muchnik

 

El ocaso de un imperio es el nombre de la exposición de fotografías del escritor polaco Ryszard Kapuściński. Un ocaso deslumbrado. Un imperio que llegó tan alto, que después cayó solo. Pero cayó ante nuestros ojos, tengamos la edad que tengamos: lo vimos caer. Para los que no hemos vivido ninguna guerra mundial, ni mayo del 68, ni la llegada del hombre a la luna, ni la Transición, ni la mayor parte de los hitos del siglo XX, la caída del Muro y, en ese simbólico paralelismo, la caída de los cimientos de la Unión Soviética, constituyen las pocas pruebas con las que pretendemos aferrarnos a la idea de que nuestros ojos fueron también testigos de un siglo heroico. Lleno de héroes y villanos. 

5039Y entre esos héroes se encuentran aquellos hombres que retrataron sus instantes. Y que consiguieron con su valentía estar presentes, y hacernos presentes a nosotros, pasivos autómatas que transcurrimos por orillas de ese mismo río. Ryszard Kapuściński. Uno de ellos. Uno de esos héroes del siglo XX.

Afuera iba cayendo el crepúsculo, pero nadie encendió la luz. Eso escribió Mario Muchnik retratando a Canetti. Pero bien podría haberlo escrito aquí también Kapuściński: en medio de la Plaza Roja de Moscú en 1989. Es deslumbrante haber hallado un ocaso escurriéndose de los últimos haces de una luz moribunda, que luchaba por reflejar los escombros de un grandioso destello.  

Todavía este pasado verano escuché yo misma, en plena Plaza Roja, cómo un paisano moscovita elogiaba la libertad del comunismo: ésa que, según él, permite ir a ver una momia de Lenin gratuitamente. Supuse enseguida que esa misma libertad no permitía ir a visitar tantas otras momias de tantas otras personas en cualquier cementerio, no de Rusia, sino del mundo. Eso me hizo sentir que, viviendo entre escombros, se tiene una falsa sensación de grandeza. Por eso un simple pavimento bien asfaltado puede parecer una prueba de pulcritud y riqueza. Siempre que no mires más lejos, más allá de tus muros del Kremlin. Para no ver más allá del pavimento y de los propios escombros, se construyeron muros. Muros en los cuales se esconden paraísos.

Paraísos poblados por gente que, aun pese a la pobreza, lucha animosa por la libertad. Y no una libertad contemporánea, sino una libertad plena, que emerge de una opresión brutal y silenciada, que nace de la ausencia de pan y de vino, y que tiene tanta fuerza que arrebata al espectador su propia identidad. En blanco y negro. Conseguir congelar esa tremenda fuerza a través de dos décadas de tiempo es obra de uno de los mejores escritores que han existido. Y si ese escritor, además de una pluma, tiene una cámara de fotos, su capacidad para hacer vacilar un imperio es inimaginable.

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Kapuściński fue testigo de un invierno boreal que duró años: «Recorrí más de 60.000 kilómetros atravesando la URSS, desde Brest (Bielorrusia) a Magadán (Rusia). Visité todas las repúblicas de la URSS. Viví inviernos muy crudos y veranos calurosos, condiciones en las que la mera supervivencia representaba un problema». Pero lo que más ennoblece la exposición es que todo esto lo vive retratando precisamente a aquellos héroes que, como él, no tenían nombre. Sus humildes testigos. Gente que no tuvo nunca una estatua, pese a que quizá se la merecían más que cualquier otro. Una madre reclamando el cadáver de su hijo. Un padre luchando por el pan de su familia. Los ojos de un niño de Azerbaiyán, ajeno a la comprensión de los hechos. Las personas anónimas, los rostros pobres, testigos directos, verdaderos luchadores de la libertad. Y Kapuściński entre ellos, con su cámara. Dudar de la verdad, de eso se trata.

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La exposición de fotografías se muestra en la Casa del Lector, en el centro cultural del Matadero de Madrid. Hasta el 2 de junio. Muy recomendable. La fotografía a veces evita un olvido innecesario. Y hace dudar de una falsa verdad, la que nos han contado, si podemos vivirla.    

Marta Platz

Revista Atticus


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