El Principito se ha hecho mayor

 

 

«Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin

de que algún día cada uno pueda encontrar la suya»

 

 

Era un niño. Éramos niños. Y quizá lo sigamos siendo tanto como él. Pese a todo este tiempo, El Principito cumple 70 años en papel. Pero, ¿ha dejado en algún momento de ser un niño? ¿Hemos dejado de serlo nosotros? El paradigma de una historia, de un personaje, sobre el que el tiempo no ha pasado sin haberse detenido nunca.

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Fue con El Principito como tantas personas descubrieron la magia de la infancia y el destello que ofrecía la madurez. Fue de su mano, de la virginal imagen de un astuto genio que hacía preguntas, que con su tibieza arrancaba la espléndida lucidez de la vida al tiempo que despertaba la imaginación y la hacía volar y desplegarse sobre nosotros. ¿Se pueden conseguir ambas cosas en unas pocas páginas? Un  libro de altura, inmortal e ingrávido. 

 

Y es que así nació El Principito, casi sobre las nubes, con su levedad, con su belleza. Volando sobre alguno de esos aviones que batían los cielos, de la mano de un aviador militar, Antoine de Saint-Exupéry. Su primera edición surgió el 6 de abril de 1943 en Estados Unidos. La publicó Reynal and Hitchchock Editions. Sobre los escombros de una Guerra devastadora: la Segunda Guerra Mundial. Tal vez ésa fuera su causa. La dureza, la crueldad, la maldad, el horror, se volcaron generosamente en sus manos mostrándonos todo lo contrario: la suavidad, la dulzura, la bondad, la belleza. Su desierto escondía este pozo de agua pura, estas páginas, esta historia tejida con una sencillez pasmosa que se ha atado a nosotros de forma perenne.  Es un mago. El Principito, pese a venir de otro planeta y surgir en lo inhumano, nos ha querido enseñar a nosotros mismos la esencia de lo humano. Una esencia que pervive aún hoy. Y que lo seguirá haciendo. No es que sea el segundo libro más traducido y leído del mundo tras la Biblia, es que en cada uno de nosotros ha hecho brotar una flor sin espinas, inmarcesible, consiguiendo hacer brotar el jardín más frondoso y perdurable del mundo. 

 

Creció acompañándonos en muchas ocasiones. En alguna ocasión nos lo cruzábamos, con su magia repartida en los rincones, en las calles, en los libros, en los recuerdos, en los rostros. De su mano despertamos en alguna que otra ocasión. A él acudíamos cuando las asperezas nos impedían entender el mundo. Con él todo era claro y sencillo, puro e impoluto. Si el borracho bebía para olvidar lo que era, nosotros leíamos para olvidar que éramos humanos a su lado. Y ahora, de repente, descubro que han pasado 70 años en su compañía. Qué compañía nos ha hecho. ¿Acaso conocemos alguien cuya calidez haya durado tanto en nosotros?

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«Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones», dicen sus páginas. Quizá sea el Principito la única persona mayor que aún vive en este mundo y que lo entiende todo de él. Porque se ha limitado a entender, y no a juzgar. Él es quien mejor ha expresado eso que algunos siglos antes supo el filósofo judío Baruch de Spinoza: «Humanas actiones non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere» (no ridiculizar, llorar o detestar las acciones humanas, sino solamente entenderlas). Efectivamente el Principito es único en el mundo. Y siempre ha tenido una estrella sobre nosotros: el sol. Que nos ha guiado y lo seguirá haciendo con su destello de luz.

 

 

Marta Platz

Revista Atticus


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