Grupo Simancas

Cuando en 1951 se funda la librería Relieve por los hermanos Domingo y José Rodríguez, se libera el germen que con los años madurará hasta florecer por completo en un grupo de intelectuales, y amigos al fin y al cabo, que, casi sin quererlo, se cambian la vida unos a los otros a través del arte. En la librería eran recibidos por el poeta Pablo Rodríguez, más conocido como Blas Pajarero, y los hermanos ya mencionados. Allí dedicaban las horas a soñar con pinceladas y a descubrirse con un buen vino y unas pastas. Estos poetas, pintores, escultores o críticos se reencarnan bajo el nombre de “Grupo Simancas”, seudónimo otorgado en la posteridad precisamente por desarrollar en este pequeño pueblo vallisoletano su actividad artística a partir de los años setenta del siglo pasado.

 

No se trata de un movimiento o de una generación, ni si quiera a pequeña escala, porque dentro de este reducto intelectual no existieron unas normas rígidas a las que atenerse. Les unía el universo del arte en su conjunto, con todos sus pliegues y aristas, la inquietud por experimentar a través de las emociones los cuarteles desconocidos del alma, el amor por la tierra castiza que los vio crecer y la consecución de una vida llevada por cauces distintos a los comúnmente entendidos como normales. Buscaban con frenesí la evasión que les trasportase del mundo hermético y dictatorial de su tiempo a una explosión de aventuras, imaginación y subconsciente, un lugar expreso para la pintura donde no existieran fronteras ni líneas que sobrepasar. Así pues, entre personalidades tan variopintas encontraremos un sinfín de puntos de vista a la hora de crear arte. Algunos más cercanos a la contemporaneidad de nuestra época y otros más inclinados hacia las vanguardias históricas. En cualquier caso, siempre albergarán en su mente creadora un componente explícito de investigación y renovación que les diferenciará de otros grupos más clásicos.

El Grupo Simancas se pare a sí mismo en 1967 y crecerá como el adolescente más activo avanzando por las etapas de la vida en continua metamorfosis, cambiando ostensiblemente de maneras de pensar, fracasando a veces, quizá, y resurgiendo con la fuerza del ímpetu artístico hasta hacerse del todo viejito. Finalmente, se postra en el lecho de muerte el año 2007, aún sin saber que ya era, con todos sus impulsores, un fragmento inmortal de la historia local de Castilla. El reconocimiento a su valiosa trayectoria le llega ahora recuperando del abandono a este grupo de amigos a través de una extensa muestra de su obra en el Museo Contemporáneo de Arte Español del Patio Herreriano. No obstante, como asegura Félix Cuadrado Lomas, “llega un poquito tarde, sobre todo para algunos” en referencia a aquellos que ya no están. Se trata de una exposición con los cuadros de seis de los pintores más importantes del grupo: Félix Cuadrado (1930), Jorge Vidal (1943-2006), Domingo Criado (1935-2007), Gabino Gaona (1933-2007), Jacobo (1932) y Francisco Sabadell (1922-1971). De todos ellos, en la actualidad, solo viven dos: Félix Cuadrado y Jacobo (seudónimo y nombre comercial que designa al pintor y galerista Fernando Santiago).

 

Precisamente, Félix Cuadrado Lomas fue la persona que instó a la creación del núcleo de este grupo. Nació en 1930, en la ciudad de Valladolid. Sin embargo, desde bien pequeño se familiarizó con los campos de Castilla, hecho que va a reflejarse en su obra futura a través de los paisajes típicos de su comarca natal. Estos encuadres van a ser comunes a prácticamente la totalidad de los componentes del grupo. Mediante este tema, que aparecerá con fuerza en muchos de sus cuadros, se enfatiza la esencia castellana, el néctar seco de su tierra y su encanto reposado en los ojos de quienes la escuchan y la observan con afecto, con el cariño mismo de sus hijos. Estos pintores manejaron el pincel como si del mismo Antonio Machado y su Generación del 98 se tratara, con la misma calidad de sus plumas empapadas de tinta, y nos recuerdan a aquellos poetas y escritores enamorados de la Castilla salvaje y miserable. Y, de la misma forma que, un siglo atrás, ellos lo hacían, estos amantes de la pintura retratan a pueblos abandonados y polvorientos que tan poco han cambiado el paisaje de la estepa castellana. En sus obras se habla un lenguaje espontáneo, sincero, como el de las llanuras de trigo que habitan en sus cuadros con la nostalgia endurecida por el tiempo y el olvido. Félix Cuadrado y sus amigos se convierten, sin ellos saberlo, en el faro que alumbra la meseta, en la atalaya desde la que, como elevados sobre el cielo, podemos atisbar la savia que recorre una región incomprendida y eclipsada por la belleza fácil de mantos verdes y montañas tortuosas con ríos de cristal.

No obstante, el abanico temático fue muy amplio y no se redujo a una constante apología de la tierra de Castilla. En ocasiones, los lienzos se convertían en el resultado de la liberación del subconsciente, mostrándonos las mismísimas entrañas del pintor. Otras veces, buscaban representar una realidad banal, como el interior de una habitación, una mesa, bodegones… pero siempre encontraremos en ellos una realidad pasada por el tamiz del artista. No serán, por tanto, cuadros exactos que plasmen unas dimensiones, un dibujo y unas pinceladas idénticas a lo que el autor tiene enfrente cuando le da por pintar. Sus obras no son espejos de lo que ven, sino retratos de lo que sienten. Y esto es importante porque les otorga un valor añadido: su perspectiva, algo a lo que no podemos acceder a través de una pintura análoga al mundo que es común a todos y que ya vemos por nosotros mismos. En el Museo Patio Herreriano encontramos una frase escrita en una de las paredes de sus muchas salas de exposición que dice así: “No vemos las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos”. La frase en cuestión es de Anais Nin, y, seguramente sin proponérselo, define a la perfección la obra de estos artistas, que encontraban su inspiración en lo más hondo de su ser, en su propio espíritu.

Otra de las ventajas de este tipo de pintura es que, frente a aquella que no da lugar a equívocos, pues no hay nada más allá de lo que estamos viendo, esta deja los cabos bastante más sueltos. De esta forma, el espectador tiene la oportunidad de interactuar con los cuadros que, al estar abiertos a distintos puntos de vista, fomentan la libre interpretación que cada uno les quiera dar, sintiéndose, relativamente, parte de ellos pues se trata ya no de la voluntad del artista, sino de tu visión crítica y personal.

Tristemente, no habrá ningún cuadro más que engorde la obra de este grupo, pues recientemente se ancló en el dique de la fuerza suprema que impide a los mortales volver a zarpar. Sin embargo, tenemos la tremenda suerte de poder explorar esa obra en todo su esplendor, ya plena y madura como la manzana que cae del árbol para mostrarse desnuda ante los ojos de quienes quieran verla. Es responsabilidad de todos no pisar esta fruta preciosa y recogerla con mimo y ternura. Solo así, podremos palpar los lienzos primerizos, casi adolescentes, y compararlos con los más ancianos, sintiendo la evolución en la retina y entendiendo, a través de sus formas y gamas de color, la personalidad de unos genios que llenaron con la luz de la pintura el privilegio de nuestra comunidad durante parte del siglo XX.

Este tributo, convertido en exposición, abrió sus puertas el pasado 18 de marzo del 2011 y las mantendrá abiertas hasta el 23 de octubre del mismo año, aunque su resaca permanezca en la memoria de sus visitantes, como las ascuas de un fuego que los años no consiguen terminar de apagar.

 Artículo publicado en el número DOS de Revista Atticus (junio 2011)

Elías Manzano Corona

La exposición El Grupo Simancas, Paisaje – Expresión – Color.

Permancerá hasta el 23 de octubre de 2011 en el Museo Patio Herreriano, salas 6 y 7.

Consultar horario

http://www.museopatioherreriano.org/MuseoPatioHerreriano

 

 


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