La vida sublime, una película de Daniel V. Villamediana.

Título Original: La Vida Sublime.
Género: Drama
Subgénero:
Año: 2010
Nacionalidad: España.
Duración: 90 minutos.
Dirección: Daniel V. Villamediana.
Guión: Victor J. Vazquez y Daniel V. Villamediana.
Intérpretes: Víctor J. Vázquez, Alvaro Arroba, Pepe Grosso, Emiliana Minguela y Minke Wang.

La vida sublime (Daniel V. Villamediana, 1975) es una película intimista, personal, un retorno al pasado desde una mirada crítica y sentimental a la vez. Pasado y presente se funden en el paisaje y en el contraste entre Norte y Sur.

El argumento ha querido enlazar las vidas de dos grandes vallisoletanos, el torero El Cuco y el bailarín Vicente Escudero, a quien está dedicado el film. Víctor es un joven escritor que desea reencontrar la pasión vital buscando pistas para reconstruir la vida de su abuelo. Ello le conduce a un viaje a Andalucía donde seguirá sus pasos en los lugares que él solía frecuentar: Triana, la Casa Manteca en Cádiz, Jérez de la Frontera…etc. Como telón de fondo, la película de Víctor Erice, El sur (1983), cuya segunda parte, nunca se estrenó.

De esta forma, Villamediana homenajea a la “generación perdida”, a aquellos cuyos sueños truncó la guerra civil de 1936 y la dictadura franquista que tras ella se impuso en un film “a caballo” entre la ficción y el documental. Los actores, no profesionales, dan vida a personas con historias reales cuyo final queda a la imaginación del espectador. Los protagonistas buscan una vía de escape ante una España gris, pobre y desolada. El personaje de la abuela (Emiliana Minguela) cuenta su historia a través de una fotografía familiar; ella, representa a la mujer de la posguerra: Huérfana de padre (muere en la guerra), debe cuidar de sus diez hermanos y de su madre, enferma; la única “salida” que encuentra es su matrimonio; pero tampoco su boda es su “salvación”; Emiliana es una versión moderna de “Penélope” que espera constantemente a su “Ulises” mientras éste lucha en su propia guerra de Troya como policía en la frontera andaluza o quizás de otras muchas maneras: Torero, boxeador, emigrante a América…etc; en El Cuco están reunidas todas las vidas de los vencidos.

Víctor es la generación actual, el historiador (historia oral) y el periodista de investigación (o mejor dicho, cronista) que quiere recrear el pasado (“la búsqueda de las raíces” como expresa en la primera escena de la película, debate sobre la existencia del pasado, patriotismo versus cosmopolitismo). Con este objetivo, se sumerge de lleno en las posibles situaciones de la vida de su abuelo, que sólo conoce mediante una carta escrita en un bar: Fantástica y divertida escena en la que aparece el escritor comiendo una cantidad ingente de sardinas en una típica taberna andaluza.

Otro personaje es Pepe (Pepe Grosso), sobrino de un amigo de El Cuco. Su perspectiva es la del espectador en su butaca que lo ve “desde fuera”. Pepe es un gran amante de Andalucía, de su cultura y de sus gentes. Habla de la mezcla de civilizaciones en Sevilla (romanos, judíos, cristianos, musulmanes, el Renacimiento, el descubrimiento de América), a la que califica de “auténtica ciudad santa”, del río Guadalquivir y de la frontera gaditana como unión de todas ellas. En este personaje, como en Víctor, es la pasión (hedonismo) el motivo de los grandes acontecimientos: Compara el exilio y la emigración española de mediados del siglo XX con el descubrimiento de América: No es la razón (identificada con la técnica y la geopolítica), sino la “locura” (las ganas de vivir) el motivo de que los españoles emprendan estos viajes. Llegados a este punto, un aspecto a destacar es la música que acompaña al film, muy acorde con su historia y con el folklore andaluz, como lo demuestra la canción dedicada a la Virgen de la Macarena mientras Víctor y Pepe se bañan en el río. Ideológicamente no coincide con Víctor ni con su abuelo, El Cuco (anarquista); rechaza todo individualismo, él se considera un dogmático (comunista), un amante del pueblo por el que vive y lucha: “El anarquismo fue el gran cáncer de los republicanos”, llega a decir. Estos y otros personajes, como el compañero de profesión de El Cuco con el que también conversa Víctor, un torero retirado, que recuerda con nostalgia la época de esplendor de su toreo en los años 50, conforman un conjunto muy peculiar mediante el cual el espectador puede imaginarse cómo fue la vida del abuelo del protagonista.

Pero, sin duda, es el tratamiento del paisaje (“Somos lo que vemos, somos el paisaje” como dijo el gran Fernando Pessoa) la principal novedad de la película. La diferencia que establece entre Castilla, paisaje adusto, frío y seco en invierno y monocroma en verano (luz blanca) frente al colorido, a la mezcla de luz (relacionada, a su vez, con la mezcla socio – cultural) en Andalucía. Es decir, el film pretende aparecer, fundamentalmente, como una epopeya del paisaje castellano, ofreciéndonos una serie de imágenes bellas de los montes Torozos: Ha sido rodado en Valladolid, Urueña, San Cebrián de Mazote.

A modo de curiosidad, ha sido escaso el interés del cine por el mundo del toreo (aunque sí hay algunas películas): De las cuatro versiones de “Currito de la Cruz”, la más famosa es la dirigida por Luis Lucía en 1948; del mismo año es “Brindis a Manolete” (fallecido en la plaza de toros de Linares, en 1947) de Florián Rey; en 1956, aparece la película “Mi tío Jacinto” de Ladislao Vajda; en 1968, Rafael Gil dirige “Sangre en el ruedo”, protagonizada por Paco Rabal;  y, más actualmente, debemos recordar “Belmonte”, de Juan Sebastián Bollaín (1995). La serie de televisión “Juncal” (Jaime de Armiñán, 1988) contaba, asimismo, las peripecias y nostalgias de un torero.

El final de la película me recuerda la obra del insigne Federico García Lorca, “Poeta en Nueva York”: Habla de la soledad de los españoles en América, de su vida en aquella tierra prometida. Por tanto, constituye un verdadero y merecido homenaje a los exiliados y emigrantes españoles.

Como conclusión, “La vida sublime” es una película diferente, todo un acierto del vallisoletano Daniel V. Villamediana, de cuya carrera destaca el largometraje “El brau blau” (2008) y los cortos “Espacio público “(2006) y “El evangelio” (2009);  en “La vida sublime” caben muchas otras películas; sus diálogos son inteligentes (la discusión política anteriormente citada), cada una de sus imágenes, inolvidables porque, en definitiva, es un film simbólico y emotivo.                                                          

Cristy G. Lozano.


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