La sandalia de Empédocles 

 

Quienes nos dedicamos, de una manera u otra, profesionalmente o de forma amateur, a esto de juntar unas letras y querer expresar con nuestras oraciones ciertas ideas o sentimientos sabemos lo difícil que es crear un texto sencillo, eficaz y comunicativo. Al final solo se trata de eso de dar a conocer algo (opinión, ensayo, ficción) a los demás para que lo conozcan. Algo tan simple pero, como he dicho antes, tan complejo.

 

Hoy se celebra la entrega del Premio González-Ruano de Periodismo en su XXXV convocatoria. Convocatoria que en esta ocasión ha recaído en el escritor Gabriel Albiac, por su artículoLa Sandalia de Empédocles’, publicado en el diario ABC, el lunes 24 de agosto de 2009.

Para que no lo andéis buscando por la red os lo dejo aquí mismo.

La sandalia de Empédocles

Gabriel Albiac

ABC, Lunes 27 Agosto de 2009

 

Hay cosas que se han ido acumulando. Demasiadas. Pero la vida es eso: cosas inútiles en torno nuestro; objetos, como recuerdos; con los años, objetos y recuerdos son lo mismo. Un día no estaremos y alguien tirará lo amontonado a la basura. A eso se reduce todo.

Vuelves. Nada te ata a este lugar. Pero vuelves. Tal vez porque, pasada cierta edad, uno sólo sabe ser lo que repite. Alguien, sin cuya eficacia la rutina te sería bastante más trabajosa, ha puesto en tus cosas un orden pulcro que las hace maravillosamente ajenas. Y es casi una ofensa alterar esa diáfana geometría de la casa vacía de ti mismo. Los días pasan sin abrir la maleta. Echas, de vez en cuando, una ojeada al fulgor blanco de la nevera vacía. Tratas de que tus pasos no dejen huella. Es vano pero hermoso vagar, tenue, por las habitaciones, como si no hubieras llegado. No hacer ruido. Tal vez así la vida no se entere de que todo retorna. Y ese todo es un asco.

Fueron una ficción las vacaciones. No queda, a estas alturas, nadie que no lo sepa. Necesaria. Como lo son siempre, para los frágiles hombres, las mentiras. Una puesta en escena de la huida, bajo las peculiares imágenes que para cada uno el anhelo de huir ha revestido. Que da de bruces siempre en el retorno. Bajo una luz letal, aún más que bella, fuiste piedra entre las piedras de Agrigento. Pocos privilegios existen como el de, en la sólida hoguera del sol ámbar, haber entendido, al fin, a aquel hijo de Acragas que deja al borde del cráter del Etna su sandalia y nos lega dos mil quinientos muy triviales años de enigma sobre su vida o muerte. No retornó. Ni a la previsible vida, ni a la no menos monótona muerte. Y eso consuma lo imposible: trocar al hombre Empédocles en mito. Hölderlin lo dibujará, en 1798, con la sutil finura de quien maquina ya su propia, terminal, leyenda con ventana y tal vez fingida locura sobre el Neckar: «Los que no vuelven dicen siempre la verdad». Los mentirosos -todos- retornamos; porque vivir es ir surfeando el labio de la mentira. Y suplicamos, como Hölderlin, a las Parcas un verano más, otra ocasión fatal, para perderla, que es lo único que de verdad sabemos hacer los hombres: «Concededme un verano, ¡oh, poderosas!/ Y un otoño para el maduro canto». Es una excusa. Pobre. Para hacernos perdonar que retornamos. Renuentes al mandato del poeta, que exige el no regreso de allí donde, al fin, se nos dio el sosiego, porque «a los hijos del cielo, cuando han sido demasiado felices, les está destinada una maldición especial».

Pero has roto el encanto. En el instante mismo en el cual retiraste de su anaquel el volumen de La muerte de Empédocles. Y está la biblioteca nuevamente habitada. Y la trampa se cierra: has retornado. De nada vale ya ese esfuerzo prolijo de pasar sobre tus cosas sin tocarlas. Estás. El rebote ámbar del sol sobre impensables templos dóricos sucede en otro sitio. Y no hay consuelo siquiera en las letras leídas que lo invocan. Hölderlin, que inventa al Empédocles que no volvió a casa nunca, se aniquila a sí mismo al ensoñarlo: «Son siempre las palabras impacientes quienes precipitan a los mortales y les impiden gozar del maduro instante de la perfección». Los menos líricos deberán conformarse con el sosiego desesperado del Bertolt Brecht más viejo: «Estoy al borde de la carretera./ El chófer cambia la rueda./ No me gusta el lugar de donde vengo./ No me gusta el lugar a donde voy./ ¿Por qué miro el cambio de rueda/ con impaciencia?»

Hay cosas que se han ido acumulando. Demasiadas. Habrá que ir, poco a poco, poniendo la casa en desorden. También, esa sandalia que no quedó en el Etna.

 

 

http://www.abc.es/20090824/opinion-firmas/sandalia-empedocles-20090824.html

 

Para complementar la entrada os dejo una pequeña reseña sobre la figura de Empédocles.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Emp%C3%A9docles

 

Empédocles de Agrigento (en griego Εμπεδοκλής) (Agrigento, h.495/490 – h.435/430 a. C.), fue un filósofo y político democrático griego. Cuando perdió las elecciones fue desterrado y se dedicó al saber. Postuló la teoría de las cuatro raíces, a las que Aristóteles más tarde llamó elementos, juntando el agua de Tales de Mileto, el fuego de Heráclito, el aire de Anaxímenes y la tierra de Jenófanes las cuales se mezclan en los distintos entes sobre la tierra. Estas raíces están sometidas a dos fuerzas, que pretenden explicar el movimiento (generación y corrupción) en el mundo: el Amor, que las une, y el Odio, que las separa. Estamos, por tanto, en la actualidad, en un equilibrio. Esta teoría explica el cambio y a la vez la permanencia de los seres del mundo. El hombre es también un compuesto de los cuatro elementos. La salud consiste en cierto equilibrio entre ellos. El conocimiento es posible porque lo semejante conoce lo semejante: por el fuego conocemos el fuego, por el odio, el odio, por el amor, el amor. Posteriormente Demócrito postularía que estos elementos están hechos de átomos.

Sostiene una curiosa teoría sobre la evolución orgánica por su teoría de las raíces. Suponía que en un principio habría numerosas partes de hombres y animales distribuidas por azar: piernas, ojos, etc. Se formarían combinaciones aleatorias por atracción o Amor, dando lugar a criaturas aberrantes e inviables que no habrían sobrevivido:

Revista Atticus


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