Bangladesh: Los niños de la calle

No entra dentro de la filosofía de Revista Atticus el corta y pega. Estamos en verano y la mayoría de los redactores de nuestra revista se encuentran de vacaciones. Ya se sabe los periódicos adelgazan y se recurren a contenidos más frescos. El pasado fin de semana me topé con un reportaje extraordinario de nuestra edición hermana El País en su edición del domingo (el cuadernillo central, no el suplemento EPS). Serán cuatro entregas dominicales para el mes de agosto.

Nila, de 17 años, lidera una organización de mujeres atacadas por el ácido en la ciudad de Sirajganj.

Esta es la presentación que hace El País de esta serie:

Más de mil millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario y más de dos mil, con menos de dos. La mitad de ellos son niños. 1.100 millones no tienen acceso a agua corriente y 2.600 millones no conocen las condiciones sanitarias mínimas. La globalización ha aumentado las desigualdades, creando grandes focos de pobreza. EL PAÍS ha viajado a algunos de los cientos de agujeros negros del planeta, en distintos puntos cardinales: Bangladesh, Gaza, Haití y República Centroafricana. Cuatro historias humanas de miseria que se publicarán durante agosto

  • Textos: JAVIER AYUSO
  • Fotos: BERNARDO PÉREZ

La que inicia la serie, lleva por título Los agujeros negros del planeta. En esta primera entrega aborda de manera extensa y extraordinaria (si así se puede llamar a un trabajo que molesta por su crudeza) Bangladesh y Los niños sin futuro que malviven el presente. Se divide en tres apartados: Los niños de la calle, prostituas de 15 años y Caras abrasadas por el ácido.

  

 Más de 700.000 críos de menos de 14 viven en las calles de Bangladesh, en peligro constante. Las niñas corren más riesgo.

Desde Revista Atticus hemos querido hacernos eco de esos reportajes. Ya lo véis, vamos a contracorriente y aunque queremos que los contenidos sean frescos y amenos no por eso van a dejar de ser comprometidos. En su edición digital podéis ver el texto completo así como una serie de fotos (también molestan, no gustan, hieren sensibilidades) que no salen en su edición impresa. Es de agradecer encontrar esta buena disposición en los medios gráficos. Os dejo el enlace y también el último apartado de la primera entrega que lleva por título

Caras abrasadas por ácido

Los primeros ataques a mujeres fueron en 1994 en Sirajganj, una ciudad con telares. En esta industria se usa el ácido sulfúrico.

 

Los peligros de las niñas y de las mujeres no están solo en la calle. Como en otros países, en Bangladesh también hay violencia de género, con el agravante de que allí se utiliza el ácido como arma. Miles de mujeres viven con la cara o el cuerpo abrasados por el ácido sulfúrico que alguien tiró sobre ellas.

Nila tiene 17 años y es la líder de una organización de mujeres atacadas por el ácido, en la ciudad de Sirajganj, a unos 170 kilómetros al norte de Dhaka. Tiene la cara y parte de su cuerpo quemados y ha decidido que va a dedicar su vida a denunciar y acabar con esa salvajada.

“Me casé en 2006, con sólo 13 años, en un matrimonio arreglado por mis padres, en el que hubo que pagar dote”, explica con tranquilidad. “Mi marido era mucho mayor que yo, viajaba mucho a Arabia Saudí, porque trabajaba allí, y cada vez que volvía me pegaba. No me quería, se cansó pronto de mí. Un día me dijo que nos íbamos a vivir a Riad y que como no le obedeciera, me iba a vender en cualquier sitio. Yo me opuse durante muchos días, hasta que el 18 de febrero de 2008 llegó a casa con una botella llena de ácido y me la tiró por la cara y todo el cuerpo”.

Nila tenía entonces 15 años. “El ataque acabó con mi vida, pero he decidido que no puedo rendirme y voy a dedicar todas mis fuerzas a luchar contra esta gente”. Gracias al movimiento que preside Nila los agresores están siendo juzgados con dureza y ellas confían en acabar con esos ataques.

Los primeros casos se produjeron en 1994, precisamente en la zona de Sirajganj, un distrito en el que más de 500.000 personas trabajan en la industria de los telares. El ácido sulfúrico se utiliza para fijar los colores en los hilos de algodón y, aunque solo puede comprarlo el que tiene una licencia, el ácido circula sin problemas por las calles.

La joven Nila ha decidido dedicar su vida a denunciar y acabar con esta práctica salvaje.

Nurun Nahar, 30 años, también sabe lo que es ver destruida su vida por un ataque con ácido. “Fue en 1995, cuando yo tenía 15 años”, explica. “Vivía en el distrito de Patuakhli, al sur de país, con mi madre y mis hermanos. Había un chico de 18 años que estudiaba en mi misma escuela y que me pidió relaciones varias veces y yo siempre le dije que no. Un día me dijo, muy violento, que si no le quería iba a arruinar mi vida, pero yo no le tuve miedo”.

“A los pocos días, el 13 de julio de 1995, entró en mi casa de noche y me tiró ácido a la cara”, recuerda Nurun con un escalofrío. “Yo no sabía lo que había pasado. Me dolía mucho la cara y los brazos; sentía como si estuviera muerta. Por la mañana me llevaron al hospital y empecé todo tipo de tratamientos. Pasé ocho meses de hospital en hospital”.

Su vida estaba acabada hasta que una conocida activista de Bangladesh, Nasreen Parvin Har, leyó su historia en un periódico y decidió ayudarla. “La policía no había hecho nada cuando lo denunció mi madre”, explica Nurun, “pero llegó cuando Nasreen empezó a investigar y lo detuvieron. En 1997 le condenaron a muerte, aunque la sentencia está recurrida. Pero lo importante es que yo volví a la vida. Pienso en el presente y en futuro e intento olvidar el pasado, aunque estas marcas en mi cara lo hacen muy difícil”.

Miles de mujeres víctimas de la violencia de género terminan con la cara o el cuerpo abrasados por el ácido

Nurun trabaja en Action Aid Bangladesh en un programa de apoyo a las mujeres atacadas por ácido. Allí la llevó Nasreen en 2004, cuando fue nombrada directora de esta organización. En 2006, Nasreen Parvin Har murió en un accidente de tráfico, aunque su proyecto y su legado siguen vivos en Bangladesh.

http://www.elpais.com/especial/los-agujeros-negros-del-planeta/bangladesh.html

Nota de la Redacción. Revista Atticus no cobra por la difusión de estos contenidos. Tampoco obtiene beneficio alguno por enlazar con El País. La filosofía de Revista Atticus es difundir aquellos trabajos que merezcan la pena. Y este en concreto de Javier Ayuso (texto) y Bernardo Pérez (fotos) nos merece toda nuestra aprobación y, por lo tanto, difusión. Ahhh y por si no queda claro, desde Revista Atticus: ¡NO A LA VIOLENCIA DE GÉNERO!

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