El secreto de Mari Mar (Historia Más Que Probable)
Enrique Arias Vega nos ha mandado un excelente relato para compartirlo con nosotros. Aprovechamos la ocasión para deciros que seguimos trabajando en los contenidos de Revista Atticus 11. En apenas dos semans tiene prevista su distribuición. Por otro lado, tenemos conformado Revista Atticus UNO, el primer número en edición impresa. Nos llueven los parabienes y los elógios pero estos bienen huérfanos de recursos económicos y ahà andamos un poco escasos. Asà en el momento oportuno se anunciará ese anhelado lanzamiento. No queda más remedio que un poquito de paciencia en la espera. Asà podéis disfrutar mejor de El secreto de Mari Mar. Â
El Secreto De Mari Mar (Historia Más Que Probable)
            Reconocà en seguida a aquella mujer madura y todavÃa hermosa que salÃa de la tienda de moda unos metros más allá. HabÃan pasado… ¿cuántos?, ¿cuarenta años?, desde que la habÃa visto por última vez. Pero era ella. Más mayor, con bastantes kilos de más que habÃan redondeado rotundamente el cuerpo magro y adolescente en que la habÃa dejado metida.
           Era ella, con esa certeza indefinible que guardan los recuerdos. Sus formas habÃan cambiado, sin duda, pero aquel semblante inconfundible era el de Mari Mar. También eran suyos aquellos ojos lÃquidos de color esmeralda que habÃa evocado en sueños tantas veces. Y las corvas de sus piernas, que habÃa añorado con el lacerante dolor de quien nunca pudo acariciarlas.
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Mari Mar Colindres. AllÃ, en Madrid. A dos pasos de distancia. A punto de cruzarse conmigo como si fuese otro desconocido más de los muchos que recorren aquel tramo de comercios de alto nivel de la calle Serrano.
           Dudé si decirle algo durante aquella larguÃsima escena que sucedÃa al ritmo interminable de esas secuencias cinematográficas rodadas a cámara lenta. Al final, justo cuando se encontraba a mi altura, me decidà a interpelarla. La voz me salió antinatural, más aflautada y vacilante que de costumbre:
           —¿Mari Mar…? ¿Mari Mar Colindres?
           La mujer se giró entonces.
           Evidentemente, era ella, la Mari Mar de aquellos dos veranos en Zarautz, cuando en un remoto pasado irrecuperable la localidad playera aún se denominaba Zarauz, ajena a los avatares polÃticos que sucederÃan tras la muerte de Franco.
           La mujer me miró de hito en hito, con el rictus mudo e interrogante del desconocimiento, con la seriedad alarmada del desconcierto al verse abordada por un extraño.
           —Lo siento… ¿No recuerdas? Alberto, Alberto Castrillo. De la pandilla de Zarauz…
           Ella frunció el ceño, como si bucease en algún lugar recóndito de la memoria, hasta que una sonrisa esplendorosa distendió su cara:
           —¡Alberto! ¡Cuánto tiempo!
           Y me estampó dos sonoros besos, a la vez que una cálida mano acariciaba mi espalda en un gesto de identificación, de amistad, de nostalgia,… no sé bien de qué.
           —¡CuantÃsimo tiempo ha pasado! —estaba repitiendo, con una expresión de genuina alegrÃa—. ¿Tienes un momento para tomar algo? Asà charlamos un rato y hablamos de los viejos tiempos, porque hace siglos que no veo a nadie. ¿Qué sabes de Jon, de Toni, de Blanca…?
           Jon. Por el primero que me habÃa preguntado era Jon y eso me dolió. Pero no dejé que nada permitiese que se trasluciera.
           —SÃ, qué buena idea —le contesté—. Podemos sentarnos en aquella cafeterÃa.
           Las siguientes dos horas pasaron sin que nos diésemos cuenta. Los recuerdos se agolpaban, atropellándose unos a otros. El dÃa en que Susana se cayó de la Mobilette y nos dio un susto de muerte, aunque luego todo quedó en una simple rotura de pierna. Aquella verbena en que Macha y Toni se hicieron novios y dejaron de salir con la pandilla para pasarse el resto del verano haciéndose arrumacos,… ¡No habÃa pocos recuerdos de aquellos dos veranos irrepetibles!
           Al tercer verano, toda la pandilla regresó a Zarauz, como siempre. Todos, menos Mari Mar. Nunca más volvimos a verla.
           —Bueno, ya sabes —dijo, mirándome con tristeza a los ojos—, fue tras aquel mes en el internado del sur de Francia. Eres la única persona a la que se lo conté.
           SÃ. Lo recordaba a la perfección. Aquella confidencia me habÃa impresionado profundamente, casi hasta dejarme marcado. Con los pocos años de mi pubertad recién estrenada, jamás habÃa oÃdo nada semejante. Y en aquella época de puritanismo oficial y obligado, de una moral convencional y rÃgida, yo ni siquiera sabÃa que aquellas cosas podÃan suceder.
           Pero Mari Mar ya estaba desviando la conversación, preguntándome por otras personas de nuestro grupo de entonces. En realidad, la nuestra no habÃa sido una pandilla estructurada, de gente fija y constante, como otros cÃrculos reducidos de amigos, de pandas selectivas y excluyentes. La gente entraba y salÃa de nuestro grupo según su conveniencia y de acuerdo con los vaivenes de aquellos primeros amores y desamores adolescentes. Al irme evocando sucesivamente los nombres del personal de entonces, muchos de los cuales habÃa olvidado, me entró a mà también la comezón de la nostalgia. ¿Qué habrÃa sido de aquellas muchachas, de Elena, de Chittty, de Macha…? Lo curioso —hasta ahora no me habÃa dado cuenta— es que las chicas de Madrid tenÃan aquellos nombres extraños que combinaban perfectamente con sus sonoros apellidos: Chitty Malo de Molina, Macha Ladrón de Guevara, mientras que las vascas se llamaban entonces simplemente Elena, Blanca, Susana,… porque todavÃa no habÃa comenzado la recuperación de nombres autóctonos de raÃz euskaldún.
           Mari Mar se reÃa con mis reflexiones de sociólogo aficionado y barato, con una risa tan clara y juvenil como la que yo habÃa almacenado en mi recuerdo. Ella no era de San Sebastián ni de Madrid. Ella era de Barcelona y sus padres, los señores Colindres, veraneaban en la costa guipuzcoana por no sé qué vinculaciones familiares. Nada más llegar a Zarauz, Mari Mar nos robó el corazón a todos los chicos de la pandilla. Bueno, a casi todos. Porque Toni hacÃa tiempo que andaba detrás de Macha y no tenÃa ojos para nadie más.
           Yo habÃa buscado afanosa e infructuosamente el amor de Mari Mar. Compartimos en alguna ocasión, eso sÃ, las tortillas de patatas con las que se avituallaban nuestras excursiones al monte. Bailamos alguna vez en aquellas verbenas en que las chicas nos distanciaban con una hábil maniobra de su muñeca izquierda, tan sólida como una adarga medieval, con la que mantenÃan a raya nuestra incipiente concupiscencia desbocada. Pero nada más.
           Lo de Jon, en cambio, fue distinto. Un dÃa en que todos fuimos con nuestras bicis siguiendo la ruta del Deva, pude verles dándose un beso. HabÃa sucedido mientras los demás estábamos en una campa próxima, descansando. Ellos dos habÃan ido a hacer una “inspección”, dijeron, “a ver qué encontramos por ahÔ. Unos celos que yo aún no sabÃa que existÃan me hicieron sospechar algo. Asà que subrepticiamente los seguÃ. Y pude ver el furtivo aunque consentido beso.
           Aquello supuso una dolorosa revelación: la prueba del nueve —como se decÃa en nuestras clases de matemáticas, en las que las operaciones aritméticas no se efectuaban con calculadora, como ahora— de que Mari Mar no serÃa nunca mÃa y que, si acaso, su interés y su deseo estaban puestos en Jon, que para algo era el mayor de todos nosotros y estaba estudiando ingenierÃa industrial en Bilbao.                         Â
           Aun asÃ, Mari Mar y yo continuamos siendo amigos y casi confidentes, si puede decirse asÃ. Jamás me habló de lo suyo con Jon, con quien desaparecÃa de nuestro grupo de vez en cuando, pero en cambio me hablaba de muchÃsimas otras cosas: de los libros que leÃa, de su familia, de sus compañeras en el colegio de las Ursulinas en Barcelona, de una tal Mercé Rovirosa, que era su mejor amiga…
           Durante la segunda estancia de Mari Mar en Zarauz, en el que ninguno sospechábamos que serÃa su último veraneo con nosotros, sucedió aquello que tanto me impactarÃa y que cambió a mi amiga para siempre.
           Mari Mar llegó en agosto. Todos sabÃamos que el mes anterior habÃa estado en un internado religioso del sur de Francia para perfeccionar su magnÃfico francés, que tanta envidia nos causaba. Pero habÃa vuelto rara. La chica siempre alegre y animosa del verano pasado se habÃa evaporado como por ensalmo. En su lugar seguÃa una muchacha igual que ella por fuera pero con una pátina de tristeza, de abatimiento hondo y desesperado, que emergÃa por el color esmeralda de sus ojos, enturbiándolos.
           Todos nos habÃamos dado cuenta, pero nuestra amiga no soltaba prenda. Una tarde en que fui a buscarla a su casa, porque hacÃa dos dÃas que no la veÃamos, la encontré llorando en el jardÃn de la parte de atrás de su chalet. Puse una mano en su hombro y sólo entonces se percató de mi presencia. Dando un respingo, me miró a la cara con sus ojos empañados por las lágrimas y, con un acento desgarrado, vació su almario:
           —¡Oh, Alberto, Alberto, amigo mÃo querido! ¡Qué mal lo estoy pasando!
           Emocionado, al ver a mi primer amor en aquel estado tan lastimero, no supe qué hacer para consolarla. Me limité a abrazarla y a inquirir:
           —¿Por qué no me cuentas lo que te pasa?
           Y lo hizo. A borbotones, como si el fuelle de su alma estuviese agujereado y el aire del dolor entrase por todas partes, interrumpiendo su discurso con una serie de hipidos:
           —Horrible… Es horrible. No te haces idea de lo que ha pasado.
           —Vamos, vamos, no será tan grave —dije con la estólida e inútil actitud de los varones ante el llanto femenino.
           —SÃ, lo es. Además ya no tiene remedio.
           —Bueno, bueno. Cuéntamelo.
           —¿Te acuerdas de mi amiga Mercé Rovirosa, de la que te he hablado algunas veces?
           —Claro que me acuerdo. ¿Qué le ha pasado?
           Me lo contó.
           Resulta que ella también estaba en el mismo internado francés que Mari Mar. Para ésta, tener una amiga de Barcelona, de su mismo colegio, y tan Ãntima como Mercé, era toda una alegrÃa. Le hacÃa no sentirse tan extraña fuera de casa y de su ambiente, en un paÃs extranjero y con compañeros nuevos que hasta entonces desconocÃa. Asà que todo iba de perlas con Mercé. Y continuó yendo asà hasta un fatÃdico dÃa:
           —Mercé habÃa faltado a la última clase de aquella mañana, lo que me extrañó un montón. Pensé que podÃa estar enferma. Asà que fui a su cuarto, por si necesitaba algo. La puerta estaba cerrada sin pestillo.
           Mari Mar se interrumpió abruptamente. Como si un muro se hubiese interpuesto en su discurso. Pese a sus esfuerzos no podÃa seguir. Estaba bloqueada, como esos mecanismos en los que una pieza se atasca en el engranaje e impide su funcionamiento.
           Al cabo de dos interminables minutos intenté ayudarla:
           —DecÃas que la puerta no tenÃa echada la llave.
           Con determinación, como si asà fuese la única manera de proseguir su relato, Mari Mar continuó atropelladamente:
           —Asà que la abrÃ. Y allà estaba… ella… la vi… sÃ… vi a Mercé en la cama, desnuda. Pero no estaba sola. Estaba… sÃ, con ella… estaba… también desnuda, sÃ… la madre superiora, Bernardette, la madre Bernardette. Y las dos… bueno… estaban haciendo cosas que no me imaginaba… que no sabÃa.
           También yo me quedé estupefacto con semejante revelación. HabÃa oÃdo que esas cosas sucedÃan. Se hablaba de ellas entre los chicos, claro. Pero uno nunca sabÃa del todo si eran ciertas o no. Visto desde ahora, retrospectivamente, supongo que para nosotros se trataba como esas leyendas urbanas de hoy dÃa, en que todo el mundo sabe de alguien que dice que han sucedido pero que nadie puede testificar que sean ciertas.
           Yo tenÃa ahÃ, sin embargo, la comprobación de su existencia en el triste y sórdido relato de mi amiga. No supe qué contestarla. Me limité a acariciarla suavemente, con delicadeza, casi sin tocarla, al notar un estremecimiento que no sabÃa si era de emoción o de repulsa.
           Mari Mar aún permaneció todo el mes de agosto en Zarauz. No imaginábamos que aquél serÃa su último verano en el Cantábrico, que pronto dejarÃamos de verla. Volvió a salir con nosotros, pero su actitud fue ya muy diferente. No bailaba en las verbenas. Tampoco le permitÃa a Jon que se le aproximase. Mientras los demás notábamos cómo crecÃan en nuestro interior las pulsiones eróticas descubiertas con la edad, Mari Mar se encerraba en sà misma, como si su sexualidad hubiese sido erradicada por alguna mano invisible y misteriosa.
           Sólo yo conocÃa el origen de aquel comportamiento. Quizá, sin pretenderlo, ese fue el comienzo de mi interés por la sicologÃa, que me ha llevado a ejercerla profesionalmente en la actualidad. Entonces deduje que Mari Mar habÃa experimentado tal repulsión por el sexo después de aquella traumática experiencia que, de resultas de ella, habÃa quedado como asexuada. Por aquellas fechas, una pelÃcula de Roman Polanski interpretada por una torturada Catherine Deneuve ratificó mi incipiente teorÃa sobre los traumas sexuales.
           La Mari Mar de ahora, más madura y serena, me estaba mirando a los ojos con un punto de interrogación. Yo no me habÃa dado cuenta de que, ensimismado en mis pensamientos retrospectivos, no la estaba hablando, sino que me habÃa concentrado en mi introspección.
           —¿En qué piensas? —me preguntó.
           —En ti. En qué ha sido de tu vida.
           —Si quieres saber si me he casado, te diré que no.
           —¿Novios? —me atrevà a preguntar.
           —Tampoco —me respondió, con un indisimulado brillo de ironÃa en sus pupilas.
           —Ya.
           Nos habÃamos dicho todo lo que cabÃa esperar en una conversación tanto tiempo demorada como aquélla. SabÃamos que el nuestro habÃa sido un encuentro casual y probablemente irrepetible. No nos dimos ni nuestras direcciones ni nuestros números de teléfono. Mari Mar, de pronto, miró su reloj de pulsera y dijo lo previsto en estos casos:
           —¡Vaya! ¡Cómo ha pasado el tiempo! Ahora sà que se me ha hecho tarde— Y, mientras se levantaba, añadió—: Tengo a mi socio de la galerÃa de arte esperándome. No me queda más remedio que dejarte.
           El beso de despedida, no sé por qué, fue más frÃo que el del encuentro, al contrario de lo que suele suceder en estas ocasiones.
           —Adiós.
           —Me alegro de verte.
            —Yo también.
           Me fui dando vueltas al caso de Mari Mar y a su conducta vital asexuada a causa de su traumática experiencia. Ni un marido, ni un novio, ni nada de nada. Su caso, pensé, justificarÃa el que escribiese un buen artÃculo para la Revista de PsicologÃa del próximo mes. SÃ, lo haré, me dije finalmente.
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Rumiando ya su contenido, pagué las consumiciones al camarero que habÃa acudido a mi llamada y me fui camino de mi consultorio.
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           Mari Mar, acelerada por el retraso, entró en la galerÃa de arte de la calle Jorge Juan de la que era copropietaria. Su socia estaba dentro. Sola.
           —Hola, Mercé, cariño —la saludó, antes de darle en los labios un cálido y amoroso beso.
           Mercé Rovirosa la preguntó:
           —¿De dónde vienes, tan escopeteada?
           —Del pasado —le respondió, sonriendo, Mari Mar—. ¿Te acuerdas de aquel Alberto del que te he hablado algunas veces, aquel amigo tontorrón, enamorado de mÃ, que tenÃa en Zarautz? Pues acabo de verlo.
           —¡Ah! ¿Aquel que sabÃa lo nuestro? ¿Al que le contaste que tú y yo nos habÃamos enrollado?
           —SÃ. El mismo. Pero no vas a creértelo. Todos estos años pensando que era la única persona de mi pasado que sabÃa lo nuestro y resulta que no, que el pobre hombre ni se enteró de lo que le conté. El tipo siempre se ha pensado que era una mujer asexuada y que, en vez de enamorarme de ti cuando descubrà tu homosexualidad, resulta que eso me dejó traumatizada para siempre.
           Y Mari Mar Colindres, recordando al buenazo de Alberto, al simplón de Alberto, que nunca se enteraba de nada, se puso a reÃr abrazada a Mercé Rovirosa, su amiga, su compañera, su amante, con la que llevaba conviviendo casi cuarenta años.
2º premio del Concurso de Relatos Dulce Chacón (2007)
Enrique Arias Vega
Fichero archivado: General
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