Archivo para junio, 2010

Revista Atticus – Número 11

Tienes ante ti un nuevo número de Revista Atticus. Estamos inmersos en una auténtica vorágine informativa sobre la situación actual. No podemos ser ajenos y vivir de espaldas a esa situación. Pero no podemos ni debemos dejarnos llevar por ese remolino. Aquí seguimos trabajando sin desaliento. Las noticias no son buenas para sacar una edición en papel en estos momentos pero seguimos con esa ilusión y pronto recuperaremos el orden. Mientras eso llega en este número seguimos con los frentes que teníamos abiertos. Por un lado una nueva entrega y última de la escultura en terracota con la figura de La Roldana como eje vertebrador de la mano de José Miguel Travieso. Por otro lado el que suscribe con la ayuda de Esther Bengoechea besamos a la audiencia con una cariñosa entrega sobre el beso en la historia del arte. Un artículo sobre La Casa Farnsworth en particular y la figura Mies van der Rohe y su obra en general nos permite hacer una brillante experiencia a tres bandas. Dos de los colaboradores, Juan Diego Caballero y Carlos Zeballos, son dos grandes maestros que dirigen dos de los mejores blogs que nos podemos encontrar en la web en estos momentos; y la tercera persona es el responsable del proyecto de esta revista. Esperamos que fructifique y podamos contar con su colaboración para futuros proyectos.

El apartado musical sale a escena. Lo teníamos un poco abandonado. Josep María Osma Bosch nos desvela el paso de Chopin por Mallorca. Y desde ya contamos con la colaboración de Manuel López Benito brillante autor de una página sobre la música clásica: www.clasica2.com. Hoy nos deleita con un aspecto más lúdico: una receta de cocina con un pasaje musical.

A finales de este mes de junio de 2010 una nueva exhibición colocará, una vez más, a Madrid en el circuito del arte.

Esta vez es el Museo Thyssen-Bornemisza es el que celebra una magna exposición sobre Ghirlandaio y el Renacimiento en Florencia.

Seguimos contando con brillantes fotógrafos que gracias a sus instantáneas engalanan nuestras páginas y aportan un poco de color y, porque no, también calor. Jesús González López, Rogelio García Alonso, Luis Raimundo García Fernández, Chema Concellón, Jesús Arenales, Pablo Díaz y Alicia González.

En esta ocasión no proponemos una ruta para realizar una excursión. Somos más ambiciosos proponemos cómo llevar a cabo la empresa de realizar cumbre en una de las grandes montañas: el Aconcagua, de la mano de uno de los mejores “andinistas”, Gonzalo dell Agnola. También nos ofrecerá un relato sobre el ascenso al Mont Blanc. En el apartado Relatos ofrecemos una selección de algunos de los trabajos que nos han llegado de Enrique Arias Vega, Álvaro Acebes, Noelia Toribio García, Juan Carlos Nistal, Marina Caballero y Manolo Madrid (estos dos últimos ya convertidos en colaboradores habituales). Los puntos sobre las ies los pone en esta ocasión Juan Torres López con su artículo, de gran actualidad, Las propuestas inmorales del FMI.

También “colabora” Arturo Pérez-Reverte con su particular visión de un cuento adaptado a la nueva situación lingüística actual. Caperucita y el lobo machista.

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Luis José Cuadrado Gutiérrez
Responsable de Revista Atticus
revistaatticus@yahoo.es
www.revistaatticus.es

ASCENSIÓN AL MONT BLANC 08

ASCENSIÓN AL MONT BLANC 08

 

A mediados de agosto llegué a la mítica y hermosa villa de montaña francesa Chamonix con el fin de escalar el Mont Blanc junto a tres clientes catalanes y mi amigo guía de montaña vasco, Xabier Erro. La cumbre de este macizo granítico es de 4810 metros de altitud y es la más alta de los Alpes.

 

Me cuesta mucho salir de mi asombro y no puedo creer que me encuentre ante estas impresionantes y famosas montañas. La historia del montañismo tuvo sus comienzos en este lugar. Por mi mente desfilan gran cantidad de nombres que se transformaron en leyenda, Ricardo Cassin, Walter Bonatti, Herman Bull, Reinhold Messner, ellos fueron los actores y estas montañas fueron el escenario.

Antes mis ojos se presentan el Dru, la Aguile du Midi con sus imponentes paredes de roca “casi” lisa, el Mont Blanc du Tacul, el Mont Moudit, y por supuesto el impresionante Mont Blanc cubiertos de nieves y glaciares eternos.

Esa tarde caminamos por las calles de Chamonix, nos dirigimos a las dos farmacias del pueblo donde publican el parte del tiempo gratuito para todos los montañistas, y ohhhh!!!! sorpresa el parte meteorológico dice que se pronostica dos días de mal tiempo, con lluvia en el valle y fuertes nevadas sobre los 2500m. Sabemos que estos “reportes” del tiempo en los Alpes tienen una precisión casi perfecta.

Así que nos resignamos a pasar dos días recorriendo Chamonix, donde nos encontramos a una gran cantidad de montañistas de todo el mundo que están a la espera que el tiempo les dé una oportunidad.

El ambiente en el pueblo es distendido y los bares y cafés se llenan de gente que busca relajarse un poco antes de la aventura, creando un ambiente cálido y agradable, donde se mezclan lenguas de diferentes partes del mundo y se pueden escuchar historias relacionadas con el montañismo. Nos encontramos con amigos de Xabier con los que compartimos experiencias y anécdotas de viajes a montañas de diversa índole y dificultad, mientras tanto afuera sigue la lluvia torrencial.

Por fin, luego de dos días, el cielo amanece soleado y nos ponemos en marcha. Tomamos el teleférico que nos deposita en la estación del famoso Tren de Cremallera del Mont Blanc, esperamos solo cinco minutos y abordamos el tren. Luego de media hora llegamos a la estación Nido de Águilas donde finaliza el recorrido el tren. Desde allí comienza la caminata de dos horas y media hasta el Refugio Tete Rouge (3200 metros), donde descansaremos.

Cenamos a las seis de la tarde y a la cama!!!! Esto se debe a que tenemos que partir a la 1AM para poder llegar a la cumbre por la mañana, y de esa forma bajar antes de que el sol comience a calentar demasiado la nieve, la vuelva inestable y así evitar los peligros de una temida avalancha.

Ruta hasta la cumbre del Mont Blanc

Nos levantamos a medianoche para desayunar y el refugio se sumerge en una frenética actividad. A la una en punto estamos en la puerta encordados y listos para comenzar la ascensión.

Los primeros 500 metros de desnivel transcurren en plena oscuridad por una pared de III grado de dificultad. Las piedras zumban a nuestro alrededor provenientes de las cordadas que escalan por delante nuestro. A las cinco de la mañana llegamos al refugio Gouter donde se nos unen más cordadas que han pasado la noche en él.

Luego de un pequeño descanso dejamos atrás el refugio atravesamos pendientes y domos nevados, cruzamos gran cantidad de grietas, y en un pequeño plató divisamos el refugio de emergencia Vallot. La temperatura es baja y la altura se deja sentir. Varias cordadas emprenden el regreso o se “desmembran”, me aseguro que mis clientes están bien y les animo a continuar.

Finalmente detrás de un domo nevado logramos alcanzar la finísima arista terminal, que nos depositará en la nevada cumbre. Unos pasos más y a las 9:10 de la mañana estamos en la cumbre!!!!!

 

Estamos locos de alegría, nos abrazamos y felicitamos, apreciamos los maravillosos paisajes alpinos y no dejan de sorprenderme el imponente macizo de las Grandes Jorasses y a unos 3000 mil metros bajo nuestros pies se puede divisar claramente el pueblo de Chamonix.

Tras media hora en la cumbre emprendemos el descenso antes de que el calor de los rayos del sol ablanden la nieve y se vuelva muy inestable acrecentado el riesgo de avalanchas y que algún puente de nieve se rompa bajo nuestros pies por el peso de nuestros cuerpo y equipos. Constantemente tenemos que “salirnos” de la arista de Les Bosses (así es su nombre) para darle paso a cordadas retrasadas que en esos momentos se dirigen hacia la cumbre.

El descenso es largo, pero tratamos de movernos con cuidado, hay gran cantidad de personas en la montaña y el riesgo de que se produzca un accidente es grande.

Descenso hasta el refugio Tete Rouge

Llegamos al Refugio Tete Rouge, armamos rápidamente nuestras mochilas y emprendemos una carrera contra el reloj para llegar al último tren que parte a Chamonix, finalmente llegamos a tiempo y apretujados entramos en el tren, hacemos fila para tomar el penúltimo teleférico que baja a la estación de Les Houches y a las 8 de la tarde estamos bañados y listos para cenar en nuestro hotel.

En lo mas profundo de mi ser ahora hay un vacío que antes lo ocupaba el Mont Blanc, pero rápidamente ese vacío desaparece con el pensamiento de explorar y ascender nuevas montañas y pienso que siempre que se tenga sueños mantendremos el espíritu reconfortado, el corazón fuerte y la mente clara.       

Gonzalo dell Agnola

Guía de montaña de los Andes

www.adventureandes.com

En Revista Atticus 11 Gonzalo nos explicará como se prepara la empresa de acometer una expedición al Aconcagua. La próxima semana ya estará a vuestra disposición en este espacio. 

 

Revista electrónica en pdf

¡¡ 100.000 visitas a la web !!

 

En poco más de un año, Revista Atticus por medio de su web hoy ha alcanzado la bonita y redonda cifra de 100.000 visitas.

Todo el equipo técnico estamos muy orgullosos de haber alcanzado en este tiempo esa cifra. Por eso desde aquí os queremos dar las gracias. Primero agradecer a todos los colaboradores que hacéis posible que, día a día, los contenidos culturales se vayan enriqueciendo con vuestras aportaciones. Gracias por vuestros artículos, por vuestros relatos, por vuestras fotografías y por vuestras viñetas que nos habéis ofrecido de forma desinteresada, y eso en estos tiempos es de agradecer. Muchas gracias porque sin vosotros no hubiera sido posible esta empresa. Y en segundo lugar gracias a todos aquellos que nos visitáis y nos animáis con vuestros comentarios.

Gracias a nuestro webmaster, Rubén, mantenemos una página clara y vistosa, de fácil acceso y lo que es más importante sin molesta publicidad. De momento nos mantenemos sin aportación económica alguna. Para futuros proyectos esto no será así pero lo que a buen seguro si será es el mantenimiento de un rigor y una independencia por encima de cualquier negocio. 100.000 visitas son las recibidas pero tenemos constancia de más de un millón de descargas las que ha tenido que soportar el servidor.

 

Muy pocas webs pueden ofrecer lo que Revista Atticus ofrece. Bajo este diseño se encuentra a disposición de quién lo desee 10 ejemplares de la revista en una edición de elegante diseño (gracias a la aportación impagable de José Miguel), amena y rigurosa; un monográfico del Museo de Orsay y un Anexo con un facsímil de Revista Geográfica Española. En definitiva, cerca de 1500 páginas de artículos, relatos, fotografías, y un extenso etcétera. A lo largo de este tiempo cerca de 60 entradas con información se han ido depositando en la web con comentarios de películas, de libros, de exposiciones, de viajes y hasta hemos realizado la convocatoria de un modesto concurso de relatos sobre un fotografía de Alicia González que tuvo una aceptación más que aceptable teniendo en cuenta que no había dotación económica, pero que nos ha servido para tomar muy buena nota para futuros proyectos. Proyectos entre los que se encuentran tres grandes hitos: la edición en papel de Revista Atticus UNO, la convocatoria de un concurso de relatos y la convocatoria de un concurso de fotografías.

Se pueden imaginar ustedes, queridos lectores/internautas, la cantidad de trabajo que todo esto ha supuesto. Y.. el que nos queda.

Así que desde aquí brindaremos por una larga vida al proyecto, cada vez más consolidado, de Revista Atticus. Y como Fernando Alonso, con su Ferrari, nos prepararemos para recoger los frutos de nuestro trabajo y ser la revista ferrari de las ediciones digitales, de momento.

Al volante del ferrari 

 

Luis José Cuadrado Gutiérrez

Responsable de Revista Atticus

Un periplo europeo

Es tiempo de viajar y de disfrutar del tiempo. Nos ha llegado un relato de un viaje. Nos lo envía Jesús Cuadrado de la Calera. Espero que os guste.  

Un periplo europeo

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de hacer un viaje de trabajo que se convirtió en un viaje de placer, al disponer de tiempo suficiente para recorrer varias ciudades europeas cercanas al centro de trabajo; Maastricht. Quería contaros este viaje, por lo interesante y productivo del mismo, pues en pocos kilómetros hay mucho que ver y de muy distinta naturaleza.

A lomos de la "burra"

Empecemos por Maastricht, ciudad con mucha historia y con una actividad envidiable, gracias a su universidad. Organizan festivales de música y teatro en la plaza del ayuntamiento durante todo el año, a pesar de la lluvia que cae con bastante frecuencia en la zona. La atraviesa el río Maas (navegable como muchos de Holanda) y su arquitectura singular la hace una ciudad muy bonita.

Como sitios curiosos, aparte de los típicos, cabe mencionar una librería construida dentro de una iglesia (perteneciente a la cadena, en la Dominicanerkerkstraat 1) que además ha sido galardonada por “The Guardian” como la más bonita del mundo. También hay un hotel siguiendo este estilo, pero menos famoso (Kruisherenhotel) en Kruisherengang 29.

Para degustar una(s) buena cerveza(s) hay muchos sitios, pero yo fui especialmente bien atendido en “De Karakol” (Stokstraat), donde el dueño nos dio a probar de varios de sus grifos hasta que dimos con la variedad preferida.

Y si no llueve, merece la pena dar un paseo en bici (las alquilan por 7€ el día) o a pie por la muralla y el parque que la rodea, donde además de un pequeño zoo hay una extraño monumento a una jirafa muerta cuya historia no conseguimos descubrir. 

Además, sus alrededores permiten disfrutar de la belleza de la campiña holandesa que recomiendo recorrer en bicicleta por la poca dificultad física que requiere y por la preparación de carreteras y caminos para el uso de este medio de transporte. Hay un montón de campings y un puerto deportivo al sur, con merenderos y chiringuitos. Como meta de este paseo, Valkenburg, un pueblecito a 10 km con un castillo, restos de una antigua muralla y montones de bares-cuevas resultado de su antigua actividad minera.

Aquisgrán

 

A 40 km de Maastricht está Aquisgrán (Aachen, en Alemán), capital administrativa del imperio de Carlomagno. Su Catedral, decorada con mármoles espectaculares, merece una visita, así como el tesoro de Carlomagno. En esta ciudad hay un sitio típico para degustar las salchichas alemanas; no recuerdo el nombre, pero sí que estaba en la calle Krämerstrasse.

Un poco más lejos, está Colonia (Koln), con una gigantesca Catedral restaurada (casi reconstruida) tras los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial. Muy cerquita de la catedral, en Unter Taschenmacher 5-7, hay un restaurante muy recomendable, el BrauHaus Sion, donde sirven la cerveza con un método muy curioso y ponen un codillo a la brasa exquisito. Para bajar el codillo, un paseo hacia el río por la Satzgasse, una calle llena de bares y restaurantes, con mucho ambiente.

Lovaina

 

Altamente recomendable es la visita a Lovaina, ciudad universitaria, muy bonita, con una catedral reconstruida también, como muchos monumentos de la zona. Tuve la ocasión de admirar un mosaico de flores que montaron el domingo que la visité. Para amantes de la naturaleza, su jardín botánico tiene una colección de cactus curiosos.

Archifamosas son Brujas y Gante, un poco más lejos de Maastricht. Recomiendo hacer noche en Brujas y huir del fin de semana, por la afluencia exagerada de turistas. Ambas ciudades son a cual más encantadora. No dejéis de visitar en Gante el Castillo de los Condes de Flandes, en magnífico estado de conservación y los molinos de viento en Brujas, a lo largo del canal que rodea la ciudad. En la calle NoordzenStraat hay una cervecería típica donde el dueño, muy educadamente y haciendo gala de un inglés que ya quisiera yo, nos aconsejó dónde cenar y qué sitios visitar. La verdad es que Brujas es una ciudad llena de rincones y hecha para pasear, eso sí entre semana.

Brujas

Jesús Cuadrado de la Calera

P.D.  Si pincháis directametne sobre el enlace este os lleva allí mismo, gracias a la labor de Jesús y, porqué no decirlo,  a Google Maps.

Esperamos vuestros relatos. De viajes o de cómo disfrutar del tiempo.  O de lo que os inspire, o como dicen los más jóvenes… de los que os ponga. Si ya no hay cenizas en el aire… ¡qué se vayan también los cenizos de nuestro horizonte!

Luisjo

 

Enrique Arias Vega nos ha mandado un excelente relato para compartirlo con nosotros. Aprovechamos la ocasión para deciros que seguimos trabajando en los contenidos de Revista Atticus 11. En apenas dos semans tiene prevista su distribuición. Por otro lado, tenemos conformado Revista Atticus UNO, el primer número en edición impresa. Nos llueven los parabienes y los elógios pero estos bienen huérfanos de recursos económicos y ahí andamos un poco escasos. Así en el momento oportuno se anunciará ese anhelado lanzamiento. No queda más remedio que un poquito de paciencia en la espera. Así podéis disfrutar mejor de El secreto de Mari Mar.  

El Secreto De Mari Mar (Historia Más Que Probable)

             Reconocí en seguida a aquella mujer madura y todavía hermosa que salía de la tienda de moda unos metros más allá. Habían pasado… ¿cuántos?, ¿cuarenta años?, desde que la había visto por última vez. Pero era ella. Más mayor, con bastantes kilos de más que habían redondeado rotundamente el cuerpo magro y adolescente en que la había dejado metida.

            Era ella, con esa certeza indefinible que guardan los recuerdos. Sus formas habían cambiado, sin duda, pero aquel semblante inconfundible era el de Mari Mar. También eran suyos aquellos ojos líquidos de color esmeralda que había evocado en sueños tantas veces. Y las corvas de sus piernas, que había añorado con el lacerante dolor de quien nunca pudo acariciarlas.

            Mari Mar Colindres. Allí, en Madrid. A dos pasos de distancia. A punto de cruzarse conmigo como si fuese otro desconocido más de los muchos que recorren aquel tramo de comercios de alto nivel de la calle Serrano.

            Dudé si decirle algo durante aquella larguísima escena que sucedía al ritmo interminable de esas secuencias cinematográficas rodadas a cámara lenta. Al final, justo cuando se encontraba a mi altura, me decidí a interpelarla. La voz me salió antinatural, más aflautada y vacilante que de costumbre:

            —¿Mari Mar…? ¿Mari Mar Colindres?

            La mujer se giró entonces.

            Evidentemente, era ella, la Mari Mar de aquellos dos veranos en Zarautz, cuando en un remoto pasado irrecuperable la localidad playera aún se denominaba Zarauz, ajena a los avatares políticos que sucederían tras la muerte de Franco.

            La mujer me miró de hito en hito, con el rictus mudo e interrogante del desconocimiento, con la seriedad alarmada del desconcierto al verse abordada por un extraño.

            —Lo siento… ¿No recuerdas? Alberto, Alberto Castrillo. De la pandilla de Zarauz…

            Ella frunció el ceño, como si bucease en algún lugar recóndito de la memoria, hasta que una sonrisa esplendorosa distendió su cara:

            —¡Alberto! ¡Cuánto tiempo!

            Y me estampó dos sonoros besos, a la vez que una cálida mano acariciaba mi espalda en un gesto de identificación, de amistad, de nostalgia,… no sé bien de qué.

            —¡Cuantísimo tiempo ha pasado! —estaba repitiendo, con una expresión de genuina alegría—. ¿Tienes un momento para tomar algo? Así charlamos un rato y hablamos de los viejos tiempos, porque hace siglos que no veo a nadie. ¿Qué sabes de Jon, de Toni, de Blanca…?

            Jon. Por el primero que me había preguntado era Jon y eso me dolió. Pero no dejé que nada permitiese que se trasluciera.

            —Sí, qué buena idea —le contesté—. Podemos sentarnos en aquella cafetería.

            Las siguientes dos horas pasaron sin que nos diésemos cuenta. Los recuerdos se agolpaban, atropellándose unos a otros. El día en que Susana se cayó de la Mobilette y nos dio un susto de  muerte, aunque luego todo quedó en una simple rotura de pierna. Aquella verbena en que Macha y Toni se hicieron novios y dejaron de salir con la pandilla para pasarse el resto del verano haciéndose arrumacos,… ¡No había pocos recuerdos de aquellos dos veranos irrepetibles!

            Al tercer verano, toda la pandilla regresó a Zarauz, como siempre. Todos, menos Mari Mar. Nunca más volvimos a verla.

            —Bueno, ya sabes —dijo, mirándome con tristeza a los ojos—, fue tras aquel mes en el internado del sur de Francia. Eres la única persona a la que se lo conté.

            Sí. Lo recordaba a la perfección. Aquella confidencia me había impresionado profundamente, casi hasta dejarme marcado. Con los pocos años de mi pubertad recién estrenada, jamás había oído nada semejante. Y en aquella época de puritanismo oficial y obligado, de una moral convencional y rígida, yo ni siquiera sabía que aquellas cosas podían suceder.

            Pero Mari Mar ya estaba desviando la conversación, preguntándome por otras personas de nuestro grupo de entonces. En realidad, la nuestra no había sido una pandilla estructurada, de gente fija y constante, como otros círculos reducidos de amigos, de pandas selectivas y excluyentes. La gente entraba y salía de nuestro grupo según su conveniencia y de acuerdo con los vaivenes de aquellos primeros amores y desamores adolescentes. Al irme evocando sucesivamente los nombres del personal de entonces, muchos de los cuales había olvidado, me entró a mí también la comezón de la nostalgia. ¿Qué habría sido de aquellas muchachas, de Elena, de Chittty, de Macha…? Lo curioso —hasta ahora no me había dado cuenta— es que las chicas de Madrid tenían aquellos nombres extraños que combinaban perfectamente con sus sonoros apellidos: Chitty Malo de Molina, Macha Ladrón de Guevara, mientras que las vascas se llamaban entonces simplemente Elena, Blanca, Susana,… porque todavía no había comenzado la recuperación de nombres autóctonos de raíz euskaldún.

            Mari Mar se reía con mis reflexiones de sociólogo aficionado y barato, con una risa tan clara y juvenil como la que yo había almacenado en mi recuerdo. Ella no era de San Sebastián ni de Madrid. Ella era de Barcelona y sus padres, los señores Colindres, veraneaban en la costa guipuzcoana por no sé qué vinculaciones familiares. Nada más llegar a Zarauz, Mari Mar nos robó el corazón a todos los chicos de la pandilla. Bueno, a casi todos. Porque Toni hacía tiempo que andaba detrás de Macha y no tenía ojos para nadie más.

            Yo había buscado afanosa e infructuosamente el amor de Mari Mar. Compartimos en alguna ocasión, eso sí, las tortillas de patatas con las que se avituallaban nuestras excursiones al monte. Bailamos alguna vez en aquellas verbenas en que las chicas nos distanciaban con una hábil maniobra de su muñeca izquierda, tan sólida como una adarga medieval, con la que mantenían a raya nuestra incipiente concupiscencia desbocada. Pero nada más.

            Lo de Jon, en cambio, fue distinto. Un día en que todos fuimos con nuestras bicis siguiendo la ruta del Deva, pude verles dándose un beso. Había sucedido mientras los demás estábamos en una campa próxima, descansando. Ellos dos habían ido a hacer una “inspección”, dijeron, “a ver qué encontramos por ahí”. Unos celos que yo aún no sabía que existían me hicieron sospechar algo. Así que subrepticiamente  los seguí. Y pude ver el furtivo aunque consentido beso.

            Aquello supuso una dolorosa revelación: la prueba del nueve —como se decía en nuestras clases de matemáticas, en las que las operaciones aritméticas no se efectuaban con calculadora, como ahora— de que Mari Mar no sería nunca mía y que, si acaso, su interés y su deseo estaban puestos en Jon, que para algo era el mayor de todos nosotros y estaba estudiando ingeniería industrial en Bilbao.                            

            Aun así, Mari Mar y yo continuamos siendo amigos y casi confidentes, si puede decirse así. Jamás me habló de lo suyo con Jon, con quien desaparecía de nuestro grupo de vez en cuando, pero en cambio me hablaba de muchísimas otras cosas: de los libros que leía, de su familia, de sus compañeras en el colegio de las Ursulinas en Barcelona, de una tal Mercé Rovirosa, que era su mejor amiga…

            Durante la segunda estancia de Mari Mar en Zarauz, en el que ninguno sospechábamos que sería su último veraneo con nosotros, sucedió aquello que tanto me impactaría y que cambió a mi amiga para siempre.

            Mari Mar llegó en agosto. Todos sabíamos que el mes anterior había estado en un internado religioso del sur de Francia para perfeccionar su magnífico francés, que tanta envidia nos causaba. Pero había vuelto rara. La chica siempre alegre y animosa del verano pasado se había evaporado como por ensalmo. En su lugar seguía una muchacha igual que ella por fuera pero con una pátina de tristeza, de abatimiento hondo y desesperado, que emergía por el color esmeralda de sus ojos, enturbiándolos.

            Todos nos habíamos dado cuenta, pero nuestra amiga no soltaba prenda. Una tarde en que fui a buscarla a su casa, porque hacía dos días que no la veíamos, la encontré llorando en el jardín de la parte de atrás de su chalet. Puse una mano en su hombro y sólo entonces se percató de mi presencia. Dando un respingo, me miró a la cara con sus ojos empañados por las lágrimas y, con un acento desgarrado, vació su almario:

            —¡Oh, Alberto, Alberto, amigo mío querido! ¡Qué mal lo estoy pasando!

            Emocionado, al ver a mi primer amor en aquel estado tan lastimero, no supe qué hacer para consolarla. Me limité a abrazarla y a inquirir:

            —¿Por qué no me cuentas lo que te pasa?

            Y lo hizo. A borbotones, como si el fuelle de su alma estuviese agujereado y el aire del dolor entrase por todas partes, interrumpiendo su discurso con una serie de hipidos:

            —Horrible… Es horrible. No te haces idea de lo que ha pasado.

            —Vamos, vamos, no será tan grave —dije con la estólida e inútil actitud de los varones ante el llanto femenino.

            —Sí, lo es. Además ya no tiene remedio.

            —Bueno, bueno. Cuéntamelo.

            —¿Te acuerdas de mi amiga Mercé Rovirosa, de la que te he hablado algunas veces?

            —Claro que me acuerdo. ¿Qué le ha pasado?

            Me lo contó.

            Resulta que ella también estaba en el mismo internado francés que Mari Mar. Para ésta, tener una amiga de Barcelona, de su mismo colegio, y tan íntima como Mercé, era toda una alegría. Le hacía no sentirse tan extraña fuera de casa y de su ambiente, en un país extranjero y con compañeros nuevos que hasta entonces desconocía. Así que todo iba de perlas con Mercé. Y continuó yendo así hasta un fatídico día:

            —Mercé había faltado a la última clase de aquella mañana, lo que me extrañó un montón. Pensé que podía estar enferma. Así que fui a su cuarto, por si necesitaba algo. La puerta estaba cerrada sin pestillo.

            Mari Mar se interrumpió abruptamente. Como si un muro se hubiese interpuesto en su discurso. Pese a sus esfuerzos no podía seguir. Estaba  bloqueada, como esos mecanismos en los que una pieza se atasca en el engranaje e impide su funcionamiento.

            Al cabo de dos interminables minutos intenté ayudarla:

            —Decías que la puerta no tenía echada la llave.

            Con determinación, como si así fuese la única manera de proseguir su relato, Mari Mar continuó atropelladamente:

            —Así que la abrí. Y allí estaba… ella… la vi… sí… vi a Mercé en la cama, desnuda. Pero no estaba sola. Estaba… sí, con ella… estaba… también desnuda, sí… la madre superiora, Bernardette, la madre Bernardette. Y las dos… bueno… estaban haciendo cosas que no me imaginaba… que no sabía.

            También yo me quedé estupefacto con semejante revelación. Había oído que esas cosas sucedían. Se hablaba de ellas entre los chicos, claro. Pero uno nunca sabía del todo si eran ciertas o no. Visto desde ahora, retrospectivamente, supongo que para nosotros se trataba como esas leyendas urbanas de hoy día, en que todo el mundo sabe de alguien que dice que han sucedido pero que nadie puede testificar que sean ciertas.

            Yo tenía ahí, sin embargo, la comprobación de su existencia en el triste y sórdido relato de mi amiga. No supe qué contestarla. Me limité a acariciarla suavemente, con delicadeza, casi sin tocarla, al notar un estremecimiento que no sabía si era de emoción o de repulsa.

            Mari Mar aún permaneció todo el mes de agosto en Zarauz. No imaginábamos que aquél sería su último verano en el Cantábrico, que pronto dejaríamos de verla. Volvió a salir con nosotros, pero su actitud fue ya muy diferente. No bailaba en las verbenas. Tampoco le permitía a Jon que se le aproximase. Mientras los demás notábamos cómo crecían en nuestro interior las pulsiones eróticas descubiertas con la edad, Mari Mar se encerraba en sí misma, como si su sexualidad hubiese sido erradicada por alguna mano invisible y misteriosa.

            Sólo yo conocía el origen de aquel comportamiento. Quizá, sin pretenderlo, ese fue el comienzo de mi interés por la sicología, que me ha llevado a ejercerla profesionalmente en la actualidad. Entonces deduje que Mari Mar había experimentado tal repulsión por el sexo después de aquella traumática experiencia que, de resultas de ella, había quedado como asexuada. Por aquellas fechas, una película de Roman Polanski interpretada por una torturada Catherine Deneuve ratificó mi incipiente teoría sobre los traumas sexuales.

            La Mari Mar de ahora, más madura y serena, me estaba mirando a los ojos con un punto de interrogación. Yo no me había dado cuenta de que, ensimismado en mis pensamientos retrospectivos, no la estaba hablando, sino que me había concentrado en mi introspección.

            —¿En qué piensas? —me preguntó.

            —En ti. En qué ha sido de tu vida.

            —Si quieres saber si me he casado, te diré que no.

            —¿Novios? —me atreví a preguntar.

            —Tampoco —me respondió, con un indisimulado brillo de ironía en sus pupilas.

            —Ya.

            Nos habíamos dicho todo lo que cabía esperar en una conversación tanto tiempo demorada como aquélla. Sabíamos que el nuestro había sido un encuentro casual y probablemente irrepetible. No nos dimos ni nuestras direcciones ni nuestros números de teléfono. Mari Mar, de pronto, miró su reloj de pulsera y dijo lo previsto en estos casos:

            —¡Vaya! ¡Cómo ha pasado el tiempo! Ahora sí que se me ha hecho tarde— Y, mientras se levantaba, añadió—: Tengo a mi socio de la galería de arte esperándome. No me queda más remedio que dejarte.

            El beso de despedida, no sé por qué, fue más frío que el del encuentro, al contrario de lo que suele suceder en estas ocasiones.

            —Adiós.

            —Me alegro de verte.

            —Yo también.

            Me fui dando vueltas al caso de Mari Mar y a su conducta vital asexuada a causa de su traumática experiencia. Ni un marido, ni un novio, ni nada de nada. Su caso, pensé, justificaría el que escribiese un buen artículo para la Revista de Psicología del próximo mes. Sí, lo haré, me dije finalmente.

            Rumiando ya su contenido, pagué las consumiciones al camarero que había acudido a mi llamada y me fui camino de mi consultorio.

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            Mari Mar, acelerada por el retraso, entró en la galería de arte de la calle Jorge Juan de la que era copropietaria. Su socia estaba dentro. Sola.

            —Hola, Mercé, cariño —la saludó, antes de darle en los labios un cálido y amoroso beso.

            Mercé Rovirosa la preguntó:

            —¿De dónde vienes, tan escopeteada?

            —Del pasado —le respondió, sonriendo, Mari Mar—. ¿Te acuerdas de aquel Alberto del que te he hablado algunas veces, aquel amigo tontorrón, enamorado de mí, que tenía en Zarautz? Pues acabo de verlo.

            —¡Ah! ¿Aquel que sabía lo nuestro? ¿Al que le contaste que tú y yo nos habíamos enrollado?

            —Sí. El mismo. Pero no vas a creértelo. Todos estos años pensando que era la única persona de mi pasado que sabía lo nuestro y resulta que no, que el pobre hombre ni se enteró de lo que le conté. El tipo siempre se ha pensado que era una mujer asexuada y que, en vez de enamorarme de ti cuando descubrí tu homosexualidad, resulta que eso me dejó traumatizada para siempre.

            Y Mari Mar Colindres, recordando al buenazo de Alberto, al simplón de Alberto, que nunca se enteraba de nada, se puso a reír abrazada a Mercé Rovirosa, su amiga, su compañera, su amante, con la que llevaba conviviendo casi cuarenta años.

2º premio del Concurso de Relatos Dulce Chacón (2007)

Enrique Arias Vega

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