Archivo para junio, 2010

Revista Atticus – N√ļmero 11

Tienes ante ti un nuevo n√ļmero de Revista Atticus. Estamos inmersos en una aut√©ntica vor√°gine informativa sobre la situaci√≥n actual. No podemos ser ajenos y vivir de espaldas a esa situaci√≥n. Pero no podemos ni debemos dejarnos llevar por ese remolino. Aqu√≠ seguimos trabajando sin desaliento. Las noticias no son buenas para sacar una edici√≥n en papel en estos momentos pero seguimos con esa ilusi√≥n y pronto recuperaremos el orden. Mientras eso llega en este n√ļmero seguimos con los frentes que ten√≠amos abiertos. Por un lado una nueva entrega y √ļltima de la escultura en terracota con la figura de La Roldana como eje vertebrador de la mano de Jos√© Miguel Travieso. Por otro lado el que suscribe con la ayuda de Esther Bengoechea besamos a la audiencia con una cari√Īosa entrega sobre el beso en la historia del arte. Un art√≠culo sobre La Casa Farnsworth en particular y la figura Mies van der Rohe y su obra en general nos permite hacer una brillante experiencia a tres bandas. Dos de los colaboradores, Juan Diego Caballero y Carlos Zeballos, son dos grandes maestros que dirigen dos de los mejores blogs que nos podemos encontrar en la web en estos momentos; y la tercera persona es el responsable del proyecto de esta revista. Esperamos que fructifique y podamos contar con su colaboraci√≥n para futuros proyectos.

El apartado musical sale a escena. Lo ten√≠amos un poco abandonado. Josep Mar√≠a Osma Bosch nos desvela el paso de Chopin por Mallorca. Y desde ya contamos con la colaboraci√≥n de Manuel L√≥pez Benito brillante autor de una p√°gina sobre la m√ļsica cl√°sica: www.clasica2.com. Hoy nos deleita con un aspecto m√°s l√ļdico: una receta de cocina con un pasaje musical.

A finales de este mes de junio de 2010 una nueva exhibición colocará, una vez más, a Madrid en el circuito del arte.

Esta vez es el Museo Thyssen-Bornemisza es el que celebra una magna exposición sobre Ghirlandaio y el Renacimiento en Florencia.

Seguimos contando con brillantes fot√≥grafos que gracias a sus instant√°neas engalanan nuestras p√°ginas y aportan un poco de color y, porque no, tambi√©n calor. Jes√ļs Gonz√°lez L√≥pez, Rogelio Garc√≠a Alonso, Luis Raimundo Garc√≠a Fern√°ndez, Chema Concell√≥n, Jes√ļs Arenales, Pablo D√≠az y Alicia Gonz√°lez.

En esta ocasi√≥n no proponemos una ruta para realizar una excursi√≥n. Somos m√°s ambiciosos proponemos c√≥mo llevar a cabo la empresa de realizar cumbre en una de las grandes monta√Īas: el Aconcagua, de la mano de uno de los mejores ‚Äúandinistas‚ÄĚ, Gonzalo dell Agnola. Tambi√©n nos ofrecer√° un relato sobre el ascenso al Mont Blanc. En el apartado Relatos ofrecemos una selecci√≥n de algunos de los trabajos que nos han llegado de Enrique Arias Vega, √Ālvaro Acebes, Noelia Toribio Garc√≠a, Juan Carlos Nistal, Marina Caballero y Manolo Madrid (estos dos √ļltimos ya convertidos en colaboradores habituales). Los puntos sobre las ies los pone en esta ocasi√≥n Juan Torres L√≥pez con su art√≠culo, de gran actualidad, Las propuestas inmorales del FMI.

Tambi√©n ‚Äúcolabora‚ÄĚ Arturo P√©rez-Reverte con su particular visi√≥n de un cuento adaptado a la nueva situaci√≥n ling√ľ√≠stica actual. Caperucita y el lobo machista.

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Luis José Cuadrado Gutiérrez
Responsable de Revista Atticus
revistaatticus@yahoo.es
www.revistaatticus.es

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ASCENSI√ďN AL MONT BLANC 08

ASCENSI√ďN AL MONT BLANC 08

 

A mediados de agosto llegu√© a la m√≠tica y hermosa villa de monta√Īa francesa Chamonix con el fin de escalar el Mont Blanc junto a tres clientes catalanes y mi amigo gu√≠a de monta√Īa vasco, Xabier Erro. La cumbre de este macizo gran√≠tico es de 4810 metros de altitud y es la m√°s alta de los Alpes.

 

Me cuesta mucho salir de mi asombro y no puedo creer que me encuentre ante estas impresionantes y famosas monta√Īas. La historia del monta√Īismo tuvo sus comienzos en este lugar. Por mi mente desfilan gran cantidad de nombres que se transformaron en leyenda, Ricardo Cassin, Walter Bonatti, Herman Bull, Reinhold Messner, ellos fueron los actores y estas monta√Īas fueron el escenario.

Antes mis ojos se presentan el Dru, la Aguile du Midi con sus imponentes paredes de roca ‚Äúcasi‚ÄĚ lisa, el Mont Blanc du Tacul, el Mont Moudit, y por supuesto el impresionante Mont Blanc cubiertos de nieves y glaciares eternos.

Esa tarde caminamos por las calles de Chamonix, nos dirigimos a las dos farmacias del pueblo donde publican el parte del tiempo gratuito para todos los monta√Īistas, y ohhhh!!!! sorpresa el parte meteorol√≥gico dice que se pronostica dos d√≠as de mal tiempo, con lluvia en el valle y fuertes nevadas sobre los 2500m. Sabemos que estos ‚Äúreportes‚ÄĚ del tiempo en los Alpes tienen una precisi√≥n casi perfecta.

As√≠ que nos resignamos a pasar dos d√≠as recorriendo Chamonix, donde nos encontramos a una gran cantidad de monta√Īistas de todo el mundo que est√°n a la espera que el tiempo les d√© una oportunidad.

El ambiente en el pueblo es distendido y los bares y caf√©s se llenan de gente que busca relajarse un poco antes de la aventura, creando un ambiente c√°lido y agradable, donde se mezclan lenguas de diferentes partes del mundo y se pueden escuchar historias relacionadas con el monta√Īismo. Nos encontramos con amigos de Xabier con los que compartimos experiencias y an√©cdotas de viajes a monta√Īas de diversa √≠ndole y dificultad, mientras tanto afuera sigue la lluvia torrencial.

Por fin, luego de dos d√≠as, el cielo amanece soleado y nos ponemos en marcha. Tomamos el telef√©rico que nos deposita en la estaci√≥n del famoso Tren de Cremallera del Mont Blanc, esperamos solo cinco minutos y abordamos el tren. Luego de media hora llegamos a la estaci√≥n Nido de √Āguilas donde finaliza el recorrido el tren. Desde all√≠ comienza la caminata de dos horas y media hasta el Refugio Tete Rouge (3200 metros), donde descansaremos.

Cenamos a las seis de la tarde y a la cama!!!! Esto se debe a que tenemos que partir a la 1AM para poder llegar a la cumbre por la ma√Īana, y de esa forma bajar antes de que el sol comience a calentar demasiado la nieve, la vuelva inestable y as√≠ evitar los peligros de una temida avalancha.

Ruta hasta la cumbre del Mont Blanc

Nos levantamos a medianoche para desayunar y el refugio se sumerge en una frenética actividad. A la una en punto estamos en la puerta encordados y listos para comenzar la ascensión.

Los primeros 500 metros de desnivel transcurren en plena oscuridad por una pared de III grado de dificultad. Las piedras zumban a nuestro alrededor provenientes de las cordadas que escalan por delante nuestro. A las cinco de la ma√Īana llegamos al refugio Gouter donde se nos unen m√°s cordadas que han pasado la noche en √©l.

Luego de un peque√Īo descanso dejamos atr√°s el refugio atravesamos pendientes y domos nevados, cruzamos gran cantidad de grietas, y en un peque√Īo plat√≥ divisamos el refugio de emergencia Vallot. La temperatura es baja y la altura se deja sentir. Varias cordadas emprenden el regreso o se ‚Äúdesmembran‚ÄĚ, me aseguro que mis clientes est√°n bien y les animo a continuar.

Finalmente detr√°s de un domo nevado logramos alcanzar la fin√≠sima arista terminal, que nos depositar√° en la nevada cumbre. Unos pasos m√°s y a las 9:10 de la ma√Īana estamos en la cumbre!!!!!

 

Estamos locos de alegría, nos abrazamos y felicitamos, apreciamos los maravillosos paisajes alpinos y no dejan de sorprenderme el imponente macizo de las Grandes Jorasses y a unos 3000 mil metros bajo nuestros pies se puede divisar claramente el pueblo de Chamonix.

Tras media hora en la cumbre emprendemos el descenso antes de que el calor de los rayos del sol ablanden la nieve y se vuelva muy inestable acrecentado el riesgo de avalanchas y que alg√ļn puente de nieve se rompa bajo nuestros pies por el peso de nuestros cuerpo y equipos. Constantemente tenemos que ‚Äúsalirnos‚ÄĚ de la arista de Les Bosses (as√≠ es su nombre) para darle paso a cordadas retrasadas que en esos momentos se dirigen hacia la cumbre.

El descenso es largo, pero tratamos de movernos con cuidado, hay gran cantidad de personas en la monta√Īa y el riesgo de que se produzca un accidente es grande.

Descenso hasta el refugio Tete Rouge

Llegamos al Refugio Tete Rouge, armamos r√°pidamente nuestras mochilas y emprendemos una carrera contra el reloj para llegar al √ļltimo tren que parte a Chamonix, finalmente llegamos a tiempo y apretujados entramos en el tren, hacemos fila para tomar el pen√ļltimo telef√©rico que baja a la estaci√≥n de Les Houches y a las 8 de la tarde estamos ba√Īados y listos para cenar en nuestro hotel.

En lo mas profundo de mi ser ahora hay un vac√≠o que antes lo ocupaba el Mont Blanc, pero r√°pidamente ese vac√≠o desaparece con el pensamiento de explorar y ascender nuevas monta√Īas y pienso que siempre que se tenga sue√Īos mantendremos el esp√≠ritu reconfortado, el coraz√≥n fuerte y la mente clara. ¬†¬†¬†¬†¬†¬†

Gonzalo dell Agnola

Gu√≠a de monta√Īa de los Andes

www.adventureandes.com

En Revista Atticus 11 Gonzalo nos explicará como se prepara la empresa de acometer una expedición al Aconcagua. La próxima semana ya estará a vuestra disposición en este espacio. 

 

Revista electrónica en pdf

¬°¬° 100.000 visitas a la web !!

 

En poco m√°s de un a√Īo, Revista Atticus por medio de su web hoy ha alcanzado la bonita y redonda cifra de 100.000 visitas.

Todo el equipo t√©cnico estamos muy orgullosos de haber alcanzado en este tiempo esa cifra. Por eso desde aqu√≠ os queremos dar las gracias. Primero agradecer a todos los colaboradores que hac√©is posible que, d√≠a a d√≠a, los contenidos culturales se vayan enriqueciendo con vuestras aportaciones. Gracias por vuestros art√≠culos, por vuestros relatos, por vuestras fotograf√≠as y por vuestras vi√Īetas que nos hab√©is ofrecido de forma desinteresada, y eso en estos tiempos es de agradecer. Muchas gracias porque sin vosotros no hubiera sido posible esta empresa. Y en segundo lugar gracias a todos aquellos que nos visit√°is y nos anim√°is con vuestros comentarios.

Gracias a nuestro webmaster, Rubén, mantenemos una página clara y vistosa, de fácil acceso y lo que es más importante sin molesta publicidad. De momento nos mantenemos sin aportación económica alguna. Para futuros proyectos esto no será así pero lo que a buen seguro si será es el mantenimiento de un rigor y una independencia por encima de cualquier negocio. 100.000 visitas son las recibidas pero tenemos constancia de más de un millón de descargas las que ha tenido que soportar el servidor.

 

Muy pocas webs pueden ofrecer lo que Revista Atticus ofrece. Bajo este dise√Īo se encuentra a disposici√≥n de qui√©n lo desee 10 ejemplares de la revista en una edici√≥n de elegante dise√Īo (gracias a la aportaci√≥n impagable de Jos√© Miguel), amena y rigurosa; un monogr√°fico del Museo de Orsay y un Anexo con un facs√≠mil de Revista Geogr√°fica Espa√Īola. En definitiva, cerca de 1500 p√°ginas de art√≠culos, relatos, fotograf√≠as, y un extenso etc√©tera. A lo largo de este tiempo cerca de 60 entradas con informaci√≥n se han ido depositando en la web con comentarios de pel√≠culas, de libros, de exposiciones, de viajes y hasta hemos realizado la convocatoria de un modesto concurso de relatos sobre un fotograf√≠a de Alicia Gonz√°lez que tuvo una aceptaci√≥n m√°s que aceptable teniendo en cuenta que no hab√≠a dotaci√≥n econ√≥mica, pero que nos ha servido para tomar muy buena nota para futuros proyectos. Proyectos entre los que se encuentran tres grandes hitos: la edici√≥n en papel de Revista Atticus UNO, la convocatoria de un concurso de relatos y la convocatoria de un concurso de fotograf√≠as.

Se pueden imaginar ustedes, queridos lectores/internautas, la cantidad de trabajo que todo esto ha supuesto. Y.. el que nos queda.

Así que desde aquí brindaremos por una larga vida al proyecto, cada vez más consolidado, de Revista Atticus. Y como Fernando Alonso, con su Ferrari, nos prepararemos para recoger los frutos de nuestro trabajo y ser la revista ferrari de las ediciones digitales, de momento.

Al volante del ferrari 

 

Luis José Cuadrado Gutiérrez

Responsable de Revista Atticus

Un periplo europeo

Es tiempo de viajar y de disfrutar del tiempo. Nos ha llegado un relato de un viaje. Nos lo env√≠a Jes√ļs Cuadrado de la Calera. Espero que os guste.¬†¬†

Un periplo europeo

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de hacer un viaje de trabajo que se convirtió en un viaje de placer, al disponer de tiempo suficiente para recorrer varias ciudades europeas cercanas al centro de trabajo; Maastricht. Quería contaros este viaje, por lo interesante y productivo del mismo, pues en pocos kilómetros hay mucho que ver y de muy distinta naturaleza.

A lomos de la "burra"

Empecemos por Maastricht, ciudad con mucha historia y con una actividad envidiable, gracias a su universidad. Organizan festivales de m√ļsica y teatro en la plaza del ayuntamiento durante todo el a√Īo, a pesar de la lluvia que cae con bastante frecuencia en la zona. La atraviesa el r√≠o Maas (navegable como muchos de Holanda) y su arquitectura singular la hace una ciudad muy bonita.

Como sitios curiosos, aparte de los t√≠picos, cabe mencionar una librer√≠a construida dentro de una iglesia (perteneciente a la cadena, en la Dominicanerkerkstraat 1) que adem√°s ha sido galardonada por ‚ÄúThe Guardian‚ÄĚ como la m√°s bonita del mundo. Tambi√©n hay un hotel siguiendo este estilo, pero menos famoso (Kruisherenhotel) en Kruisherengang 29.

Para degustar una(s) buena cerveza(s) hay muchos sitios, pero yo fui especialmente bien atendido en ‚ÄúDe Karakol‚ÄĚ (Stokstraat), donde el due√Īo nos dio a probar de varios de sus grifos hasta que dimos con la variedad preferida.

Y si no llueve, merece la pena dar un paseo en bici (las alquilan por 7‚ā¨ el d√≠a) o a pie por la muralla y el parque que la rodea, donde adem√°s de un peque√Īo zoo hay una extra√Īo monumento a una jirafa muerta cuya historia no conseguimos descubrir.¬†

Adem√°s, sus alrededores permiten disfrutar de la belleza de la campi√Īa holandesa que recomiendo recorrer en bicicleta por la poca dificultad f√≠sica que requiere y por la preparaci√≥n de carreteras y caminos para el uso de este medio de transporte. Hay un mont√≥n de campings y un puerto deportivo al sur, con merenderos y chiringuitos. Como meta de este paseo, Valkenburg, un pueblecito a 10 km con un castillo, restos de una antigua muralla y montones de bares-cuevas resultado de su antigua actividad minera.

Aquisgr√°n

 

A 40 km de Maastricht está Aquisgrán (Aachen, en Alemán), capital administrativa del imperio de Carlomagno. Su Catedral, decorada con mármoles espectaculares, merece una visita, así como el tesoro de Carlomagno. En esta ciudad hay un sitio típico para degustar las salchichas alemanas; no recuerdo el nombre, pero sí que estaba en la calle Krämerstrasse.

Un poco más lejos, está Colonia (Koln), con una gigantesca Catedral restaurada (casi reconstruida) tras los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial. Muy cerquita de la catedral, en Unter Taschenmacher 5-7, hay un restaurante muy recomendable, el BrauHaus Sion, donde sirven la cerveza con un método muy curioso y ponen un codillo a la brasa exquisito. Para bajar el codillo, un paseo hacia el río por la Satzgasse, una calle llena de bares y restaurantes, con mucho ambiente.

Lovaina

 

Altamente recomendable es la visita a Lovaina, ciudad universitaria, muy bonita, con una catedral reconstruida también, como muchos monumentos de la zona. Tuve la ocasión de admirar un mosaico de flores que montaron el domingo que la visité. Para amantes de la naturaleza, su jardín botánico tiene una colección de cactus curiosos.

Archifamosas son Brujas y Gante, un poco m√°s lejos de Maastricht. Recomiendo hacer noche en Brujas y huir del fin de semana, por la afluencia exagerada de turistas. Ambas ciudades son a cual m√°s encantadora. No dej√©is de visitar en Gante el Castillo de los Condes de Flandes, en magn√≠fico estado de conservaci√≥n y los molinos de viento en Brujas, a lo largo del canal que rodea la ciudad. En la calle NoordzenStraat hay una cervecer√≠a t√≠pica donde el due√Īo, muy educadamente y haciendo gala de un ingl√©s que ya quisiera yo, nos aconsej√≥ d√≥nde cenar y qu√© sitios visitar. La verdad es que Brujas es una ciudad llena de rincones y hecha para pasear, eso s√≠ entre semana.

Brujas

Jes√ļs Cuadrado de la Calera

P.D.¬† Si pinch√°is directametne sobre el enlace este os lleva all√≠ mismo, gracias a la labor de Jes√ļs y, porqu√© no decirlo, ¬†a Google Maps.

Esperamos vuestros relatos. De viajes o de c√≥mo disfrutar del tiempo.¬† O de lo¬†que os inspire, o como dicen los m√°s j√≥venes… de los que os ponga. Si ya no hay cenizas en el aire… ¬°qu√© se vayan tambi√©n los cenizos de nuestro horizonte!

Luisjo

 

Enrique Arias Vega nos ha mandado un excelente relato para compartirlo con nosotros. Aprovechamos la ocasi√≥n para deciros que seguimos trabajando en los contenidos de Revista Atticus 11.¬†En apenas dos semans tiene prevista su distribuici√≥n. Por otro lado, tenemos conformado Revista Atticus UNO, el primer n√ļmero en edici√≥n impresa. Nos llueven los parabienes y los el√≥gios pero estos bienen hu√©rfanos de recursos econ√≥micos y ah√≠ andamos un poco escasos. As√≠ en el momento oportuno se anunciar√° ese anhelado lanzamiento. No queda m√°s remedio que un poquito de paciencia en la espera. As√≠ pod√©is disfrutar mejor de El secreto de Mari Mar. ¬†

El Secreto De Mari Mar (Historia M√°s Que Probable)

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Reconoc√≠ en seguida a aquella mujer madura y todav√≠a hermosa que sal√≠a de la tienda de moda unos metros m√°s all√°. Hab√≠an pasado… ¬Ņcu√°ntos?, ¬Ņcuarenta a√Īos?, desde que la hab√≠a visto por √ļltima vez. Pero era ella. M√°s mayor, con bastantes kilos de m√°s que hab√≠an redondeado rotundamente el cuerpo magro y adolescente en que la hab√≠a dejado metida.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Era ella, con esa certeza indefinible que guardan los recuerdos. Sus formas hab√≠an cambiado, sin duda, pero aquel semblante inconfundible era el de Mari Mar. Tambi√©n eran suyos aquellos ojos l√≠quidos de color esmeralda que hab√≠a evocado en sue√Īos tantas veces. Y las corvas de sus piernas, que hab√≠a a√Īorado con el lacerante dolor de quien nunca pudo acariciarlas.

            Mari Mar Colindres. Allí, en Madrid. A dos pasos de distancia. A punto de cruzarse conmigo como si fuese otro desconocido más de los muchos que recorren aquel tramo de comercios de alto nivel de la calle Serrano.

            Dudé si decirle algo durante aquella larguísima escena que sucedía al ritmo interminable de esas secuencias cinematográficas rodadas a cámara lenta. Al final, justo cuando se encontraba a mi altura, me decidí a interpelarla. La voz me salió antinatural, más aflautada y vacilante que de costumbre:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅMari Mar…? ¬ŅMari Mar Colindres?

            La mujer se giró entonces.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Evidentemente, era ella, la Mari Mar de aquellos dos veranos en Zarautz, cuando en un remoto pasado irrecuperable la localidad playera a√ļn se denominaba Zarauz, ajena a los avatares pol√≠ticos que suceder√≠an tras la muerte de Franco.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† La mujer me mir√≥ de hito en hito, con el rictus mudo e interrogante del desconocimiento, con la seriedad alarmada del desconcierto al verse abordada por un extra√Īo.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒLo siento… ¬ŅNo recuerdas? Alberto, Alberto Castrillo. De la pandilla de Zarauz…

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Ella frunci√≥ el ce√Īo, como si bucease en alg√ļn lugar rec√≥ndito de la memoria, hasta que una sonrisa esplendorosa distendi√≥ su cara:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬°Alberto! ¬°Cu√°nto tiempo!

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Y me estamp√≥ dos sonoros besos, a la vez que una c√°lida mano acariciaba mi espalda en un gesto de identificaci√≥n, de amistad, de nostalgia,… no s√© bien de qu√©.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬°Cuant√≠simo tiempo ha pasado! ‚ÄĒestaba repitiendo, con una expresi√≥n de genuina alegr√≠a‚ÄĒ. ¬ŅTienes un momento para tomar algo? As√≠ charlamos un rato y hablamos de los viejos tiempos, porque hace siglos que no veo a nadie. ¬ŅQu√© sabes de Jon, de Toni, de Blanca…?

            Jon. Por el primero que me había preguntado era Jon y eso me dolió. Pero no dejé que nada permitiese que se trasluciera.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒS√≠, qu√© buena idea ‚ÄĒle contest√©‚ÄĒ. Podemos sentarnos en aquella cafeter√≠a.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Las siguientes dos horas pasaron sin que nos di√©semos cuenta. Los recuerdos se agolpaban, atropell√°ndose unos a otros. El d√≠a en que Susana se cay√≥ de la Mobilette y nos dio un susto de¬† muerte, aunque luego todo qued√≥ en una simple rotura de pierna. Aquella verbena en que Macha y Toni se hicieron novios y dejaron de salir con la pandilla para pasarse el resto del verano haci√©ndose arrumacos,… ¬°No hab√≠a pocos recuerdos de aquellos dos veranos irrepetibles!

            Al tercer verano, toda la pandilla regresó a Zarauz, como siempre. Todos, menos Mari Mar. Nunca más volvimos a verla.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒBueno, ya sabes ‚ÄĒdijo, mir√°ndome con tristeza a los ojos‚ÄĒ, fue tras aquel mes en el internado del sur de Francia. Eres la √ļnica persona a la que se lo cont√©.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† S√≠. Lo recordaba a la perfecci√≥n. Aquella confidencia me hab√≠a impresionado profundamente, casi hasta dejarme marcado. Con los pocos a√Īos de mi pubertad reci√©n estrenada, jam√°s hab√≠a o√≠do nada semejante. Y en aquella √©poca de puritanismo oficial y obligado, de una moral convencional y r√≠gida, yo ni siquiera sab√≠a que aquellas cosas pod√≠an suceder.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Pero Mari Mar ya estaba desviando la conversaci√≥n, pregunt√°ndome por otras personas de nuestro grupo de entonces. En realidad, la nuestra no hab√≠a sido una pandilla estructurada, de gente fija y constante, como otros c√≠rculos reducidos de amigos, de pandas selectivas y excluyentes. La gente entraba y sal√≠a de nuestro grupo seg√ļn su conveniencia y de acuerdo con los vaivenes de aquellos primeros amores y desamores adolescentes. Al irme evocando sucesivamente los nombres del personal de entonces, muchos de los cuales hab√≠a olvidado, me entr√≥ a m√≠ tambi√©n la comez√≥n de la nostalgia. ¬ŅQu√© habr√≠a sido de aquellas muchachas, de Elena, de Chittty, de Macha…? Lo curioso ‚ÄĒhasta ahora no me hab√≠a dado cuenta‚ÄĒ es que las chicas de Madrid ten√≠an aquellos nombres extra√Īos que combinaban perfectamente con sus sonoros apellidos: Chitty Malo de Molina, Macha Ladr√≥n de Guevara, mientras que las vascas se llamaban entonces simplemente Elena, Blanca, Susana,… porque todav√≠a no hab√≠a comenzado la recuperaci√≥n de nombres aut√≥ctonos de ra√≠z euskald√ļn.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Mari Mar se re√≠a con mis reflexiones de soci√≥logo aficionado y barato, con una risa tan clara y juvenil como la que yo hab√≠a almacenado en mi recuerdo. Ella no era de San Sebasti√°n ni de Madrid. Ella era de Barcelona y sus padres, los se√Īores Colindres, veraneaban en la costa guipuzcoana por no s√© qu√© vinculaciones familiares. Nada m√°s llegar a Zarauz, Mari Mar nos rob√≥ el coraz√≥n a todos los chicos de la pandilla. Bueno, a casi todos. Porque Toni hac√≠a tiempo que andaba detr√°s de Macha y no ten√≠a ojos para nadie m√°s.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Yo hab√≠a buscado afanosa e infructuosamente el amor de Mari Mar. Compartimos en alguna ocasi√≥n, eso s√≠, las tortillas de patatas con las que se avituallaban nuestras excursiones al monte. Bailamos alguna vez en aquellas verbenas en que las chicas nos distanciaban con una h√°bil maniobra de su mu√Īeca izquierda, tan s√≥lida como una adarga medieval, con la que manten√≠an a raya nuestra incipiente concupiscencia desbocada. Pero nada m√°s.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Lo de Jon, en cambio, fue distinto. Un d√≠a en que todos fuimos con nuestras bicis siguiendo la ruta del Deva, pude verles d√°ndose un beso. Hab√≠a sucedido mientras los dem√°s est√°bamos en una campa pr√≥xima, descansando. Ellos dos hab√≠an ido a hacer una “inspecci√≥n”, dijeron, “a ver qu√© encontramos por ah√≠”. Unos celos que yo a√ļn no sab√≠a que exist√≠an me hicieron sospechar algo. As√≠ que subrepticiamente¬† los segu√≠. Y pude ver el furtivo aunque consentido beso.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Aquello supuso una dolorosa revelaci√≥n: la prueba del nueve ‚ÄĒcomo se dec√≠a en nuestras clases de matem√°ticas, en las que las operaciones aritm√©ticas no se efectuaban con calculadora, como ahora‚ÄĒ de que Mari Mar no ser√≠a nunca m√≠a y que, si acaso, su inter√©s y su deseo estaban puestos en Jon, que para algo era el mayor de todos nosotros y estaba estudiando ingenier√≠a industrial en Bilbao.¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ¬†¬†¬†

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Aun as√≠, Mari Mar y yo continuamos siendo amigos y casi confidentes, si puede decirse as√≠. Jam√°s me habl√≥ de lo suyo con Jon, con quien desaparec√≠a de nuestro grupo de vez en cuando, pero en cambio me hablaba de much√≠simas otras cosas: de los libros que le√≠a, de su familia, de sus compa√Īeras en el colegio de las Ursulinas en Barcelona, de una tal Merc√© Rovirosa, que era su mejor amiga…

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Durante la segunda estancia de Mari Mar en Zarauz, en el que ninguno sospech√°bamos que ser√≠a su √ļltimo veraneo con nosotros, sucedi√≥ aquello que tanto me impactar√≠a y que cambi√≥ a mi amiga para siempre.

            Mari Mar llegó en agosto. Todos sabíamos que el mes anterior había estado en un internado religioso del sur de Francia para perfeccionar su magnífico francés, que tanta envidia nos causaba. Pero había vuelto rara. La chica siempre alegre y animosa del verano pasado se había evaporado como por ensalmo. En su lugar seguía una muchacha igual que ella por fuera pero con una pátina de tristeza, de abatimiento hondo y desesperado, que emergía por el color esmeralda de sus ojos, enturbiándolos.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Todos nos hab√≠amos dado cuenta, pero nuestra amiga no soltaba prenda. Una tarde en que fui a buscarla a su casa, porque hac√≠a dos d√≠as que no la ve√≠amos, la encontr√© llorando en el jard√≠n de la parte de atr√°s de su chalet. Puse una mano en su hombro y s√≥lo entonces se percat√≥ de mi presencia. Dando un respingo, me mir√≥ a la cara con sus ojos empa√Īados por las l√°grimas y, con un acento desgarrado, vaci√≥ su almario:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬°Oh, Alberto, Alberto, amigo m√≠o querido! ¬°Qu√© mal lo estoy pasando!

            Emocionado, al ver a mi primer amor en aquel estado tan lastimero, no supe qué hacer para consolarla. Me limité a abrazarla y a inquirir:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅPor qu√© no me cuentas lo que te pasa?

            Y lo hizo. A borbotones, como si el fuelle de su alma estuviese agujereado y el aire del dolor entrase por todas partes, interrumpiendo su discurso con una serie de hipidos:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒHorrible… Es horrible. No te haces idea de lo que ha pasado.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒVamos, vamos, no ser√° tan grave ‚ÄĒdije con la est√≥lida e in√ļtil actitud de los varones ante el llanto femenino.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒS√≠, lo es. Adem√°s ya no tiene remedio.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒBueno, bueno. Cu√©ntamelo.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅTe acuerdas de mi amiga Merc√© Rovirosa, de la que te he hablado algunas veces?

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒClaro que me acuerdo. ¬ŅQu√© le ha pasado?

            Me lo contó.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Resulta que ella tambi√©n estaba en el mismo internado franc√©s que Mari Mar. Para √©sta, tener una amiga de Barcelona, de su mismo colegio, y tan √≠ntima como Merc√©, era toda una alegr√≠a. Le hac√≠a no sentirse tan extra√Īa fuera de casa y de su ambiente, en un pa√≠s extranjero y con compa√Īeros nuevos que hasta entonces desconoc√≠a. As√≠ que todo iba de perlas con Merc√©. Y continu√≥ yendo as√≠ hasta un fat√≠dico d√≠a:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒMerc√© hab√≠a faltado a la √ļltima clase de aquella ma√Īana, lo que me extra√Ī√≥ un mont√≥n. Pens√© que pod√≠a estar enferma. As√≠ que fui a su cuarto, por si necesitaba algo. La puerta estaba cerrada sin pestillo.

            Mari Mar se interrumpió abruptamente. Como si un muro se hubiese interpuesto en su discurso. Pese a sus esfuerzos no podía seguir. Estaba  bloqueada, como esos mecanismos en los que una pieza se atasca en el engranaje e impide su funcionamiento.

            Al cabo de dos interminables minutos intenté ayudarla:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒDec√≠as que la puerta no ten√≠a echada la llave.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Con determinaci√≥n, como si as√≠ fuese la √ļnica manera de proseguir su relato, Mari Mar continu√≥ atropelladamente:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒAs√≠ que la abr√≠. Y all√≠ estaba… ella… la vi… s√≠… vi a Merc√© en la cama, desnuda. Pero no estaba sola. Estaba… s√≠, con ella… estaba… tambi√©n desnuda, s√≠… la madre superiora, Bernardette, la madre Bernardette. Y las dos… bueno… estaban haciendo cosas que no me imaginaba… que no sab√≠a.

            También yo me quedé estupefacto con semejante revelación. Había oído que esas cosas sucedían. Se hablaba de ellas entre los chicos, claro. Pero uno nunca sabía del todo si eran ciertas o no. Visto desde ahora, retrospectivamente, supongo que para nosotros se trataba como esas leyendas urbanas de hoy día, en que todo el mundo sabe de alguien que dice que han sucedido pero que nadie puede testificar que sean ciertas.

            Yo tenía ahí, sin embargo, la comprobación de su existencia en el triste y sórdido relato de mi amiga. No supe qué contestarla. Me limité a acariciarla suavemente, con delicadeza, casi sin tocarla, al notar un estremecimiento que no sabía si era de emoción o de repulsa.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Mari Mar a√ļn permaneci√≥ todo el mes de agosto en Zarauz. No imagin√°bamos que aqu√©l ser√≠a su √ļltimo verano en el Cant√°brico, que pronto dejar√≠amos de verla. Volvi√≥ a salir con nosotros, pero su actitud fue ya muy diferente. No bailaba en las verbenas. Tampoco le permit√≠a a Jon que se le aproximase. Mientras los dem√°s not√°bamos c√≥mo crec√≠an en nuestro interior las pulsiones er√≥ticas descubiertas con la edad, Mari Mar se encerraba en s√≠ misma, como si su sexualidad hubiese sido erradicada por alguna mano invisible y misteriosa.

            Sólo yo conocía el origen de aquel comportamiento. Quizá, sin pretenderlo, ese fue el comienzo de mi interés por la sicología, que me ha llevado a ejercerla profesionalmente en la actualidad. Entonces deduje que Mari Mar había experimentado tal repulsión por el sexo después de aquella traumática experiencia que, de resultas de ella, había quedado como asexuada. Por aquellas fechas, una película de Roman Polanski interpretada por una torturada Catherine Deneuve ratificó mi incipiente teoría sobre los traumas sexuales.

            La Mari Mar de ahora, más madura y serena, me estaba mirando a los ojos con un punto de interrogación. Yo no me había dado cuenta de que, ensimismado en mis pensamientos retrospectivos, no la estaba hablando, sino que me había concentrado en mi introspección.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅEn qu√© piensas? ‚ÄĒme pregunt√≥.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒEn ti. En qu√© ha sido de tu vida.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒSi quieres saber si me he casado, te dir√© que no.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅNovios? ‚ÄĒme atrev√≠ a preguntar.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒTampoco ‚ÄĒme respondi√≥, con un indisimulado brillo de iron√≠a en sus pupilas.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒYa.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Nos hab√≠amos dicho todo lo que cab√≠a esperar en una conversaci√≥n tanto tiempo demorada como aqu√©lla. Sab√≠amos que el nuestro hab√≠a sido un encuentro casual y probablemente irrepetible. No nos dimos ni nuestras direcciones ni nuestros n√ļmeros de tel√©fono. Mari Mar, de pronto, mir√≥ su reloj de pulsera y dijo lo previsto en estos casos:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬°Vaya! ¬°C√≥mo ha pasado el tiempo! Ahora s√≠ que se me ha hecho tarde‚ÄĒ Y, mientras se levantaba, a√Īadi√≥‚ÄĒ: Tengo a mi socio de la galer√≠a de arte esper√°ndome. No me queda m√°s remedio que dejarte.

            El beso de despedida, no sé por qué, fue más frío que el del encuentro, al contrario de lo que suele suceder en estas ocasiones.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒAdi√≥s.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒMe alegro de verte.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†‚ÄĒYo tambi√©n.

            Me fui dando vueltas al caso de Mari Mar y a su conducta vital asexuada a causa de su traumática experiencia. Ni un marido, ni un novio, ni nada de nada. Su caso, pensé, justificaría el que escribiese un buen artículo para la Revista de Psicología del próximo mes. Sí, lo haré, me dije finalmente.

            Rumiando ya su contenido, pagué las consumiciones al camarero que había acudido a mi llamada y me fui camino de mi consultorio.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

            Mari Mar, acelerada por el retraso, entró en la galería de arte de la calle Jorge Juan de la que era copropietaria. Su socia estaba dentro. Sola.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒHola, Merc√©, cari√Īo ‚ÄĒla salud√≥, antes de darle en los labios un c√°lido y amoroso beso.

            Mercé Rovirosa la preguntó:

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬ŅDe d√≥nde vienes, tan escopeteada?

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒDel pasado ‚ÄĒle respondi√≥, sonriendo, Mari Mar‚ÄĒ. ¬ŅTe acuerdas de aquel Alberto del que te he hablado algunas veces, aquel amigo tontorr√≥n, enamorado de m√≠, que ten√≠a en Zarautz? Pues acabo de verlo.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒ¬°Ah! ¬ŅAquel que sab√≠a lo nuestro? ¬ŅAl que le contaste que t√ļ y yo nos hab√≠amos enrollado?

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ‚ÄĒS√≠. El mismo. Pero no vas a cre√©rtelo. Todos estos a√Īos pensando que era la √ļnica persona de mi pasado que sab√≠a lo nuestro y resulta que no, que el pobre hombre ni se enter√≥ de lo que le cont√©. El tipo siempre se ha pensado que era una mujer asexuada y que, en vez de enamorarme de ti cuando descubr√≠ tu homosexualidad, resulta que eso me dej√≥ traumatizada para siempre.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Y Mari Mar Colindres, recordando al buenazo de Alberto, al simpl√≥n de Alberto, que nunca se enteraba de nada, se puso a re√≠r abrazada a Merc√© Rovirosa, su amiga, su compa√Īera, su amante, con la que llevaba conviviendo casi cuarenta a√Īos.

2¬ļ premio del Concurso de Relatos Dulce Chac√≥n (2007)

Enrique Arias Vega

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