Archivo para mayo, 2010

Paseo por Bérgamo de la sevillanía

Sta María Maggiore con la Capilla Colleoni

Gracias a la red hoy descubrimos que Valladolid y Sevilla tienen otra cosa en común además de la Semana Santa. Y es tener como destino compartido la ciudad de Bérgamo. María Ríos ha demostrado ser una excelente colaboradora y nos manda su particular crónica. Si nosotros hacíamos, en el relato del viaje, hincapié en los aspectos, digamos “técnicos”, ella se centra en el lado más humano, siempre presente en cualquiera de nuestros viajes.

 Paseo por Bérgamo de la sevillanía

 

Me ha encantado el artículo sobre vuestro viaje a Bérgamo. Yo también he tenido el honor de visitar la bella ciudad italiana. Y es que van y te ponen una línea directa de low cost entre Sevilla y Bérgamo y no tienes excusa para viajar. Me ha emocionado recordar, a través de vuestras vivencias, la ciudad lombarda, el encanto del funicular que cogía no sin la duda de que pudiéramos partirnos la crisma en cualquier momento, ese casco antiguo, las placitas, los monumentos, el ambiente musical de Donizetti… Recuerdo el viaje en el que no sufrí de jet lag pero sí de una especie de choque climático. Era el abril florido y alegre de Sevilla y me trasladé a una dimensión lluviosa y quasi otoñal de Bérgamo. Quizás para un vallisoletano no fuera el cambio tan brusco, acostumbrado que está a los rigores de las bajas temperaturas, pero a mí me pareció trasladarme del África a la norteña Escandinavia, tal fue el cambio de intenso y tan exageradas las apreciaciones andalusíes.

Han sido muchas las coincidencias pero también ha habido alguna diferencia. Bérgamo me pareció una pequeña localidad con todo a la mano, en cuanto a número de habitantes puede ser como Cádiz pero comparándola con Sevilla y su área metropolitana, me pareció como he dicho de una dimensión reducida. El aeropuerto estaba muy bien, pero yo no sé desde Valladolid como van los horarios pero desde Sevilla son disparatados. A la vuelta, el vuelo salía a una hora escandalosamente temprana, a esas horas en la que los sevillanos tienen a bien acompañarse de la almohada. Acostumbrada a los servicios de una gran capital, daba por sentado que llegar al aeropuerto sería fácil y cómodo. Menos mal que me salió la responsabilidad de organizadora del viaje e intérprete “oficiosa”. Ya me había escamado que durante el día no veía ni un taxi ni en pintura, y mira que había pinturas sobre todo en la excelente Academia Carrara. Pues como hablaba por doquier con uno y otro nativo, me dispuse, por si las moscas, a preguntar en la recepción del hotelito, si había bus que saliera a esas intempestivas horas de la madrugada o si era fácil pillar un taxi o si tardaba poco si lo llamábamos a primera hora desde el hotel. Cuál no fue mi sorpresa que una linda italiana me comentó sorprendida que “na de na”, que a esas horas ni siquiera había taxis y que ni aún programándolo nos podían llevar. No me resignaba a quedarme el resto de mi vida en Bérgamo, ni a dormir en el frío suelo del aeropuerto bergamasco. Pero con los italianos, ya se sabe, parlando, parlando, se puede llegar a acuerdos. En voz baja y con aire de estar cometiendo un delito, la muchacha me comentó que “podíamos llegar a un acuerdo”, yo me asusté en principio pero mi desesperación era mucha y la añoranza de mi primavera andaluza aún mayor. Me dice que tiene un amigo que le hace este tipo de favores. Aunque me gusta conversar y practicar mi italiano, no me parecía el momento oportuno para este tipo de confidencias. Prosiguió la chica, que este señor, con su utilitario privado hace una serie de servicios a horas de recogimiento en la ciudad, y que hablaría con él para ver si estaba dispuesto a hacernos este tipo de “favor” por una cantidad razonable que era reacia a desvelar. Aún nos quedaban algunos cuartos después de comprar muchos souvenirs, comer mucha pizza “al taglio” y pagar la entrada a diferentes sitios… pero concertar un servicio sin saber qué te podía costar, me parecía un poco extraño, ¿se mueve, se acerca o se aleja el aeropuerto de Bérgamo por las noches?, ¿habrá un tráfico enorme debido a que todos los sevillanos que quieren volver a su tierra buscan cualquier medio de transporte, piénsese ambulancias, camiones o in extremis coches robados? Me conformé en resignarme, no tenía más remedio. Pasé una noche inquieta imaginando que el vuelo de Ryanair salía sin unos sevillanos un tanto confiados… Me imaginaba diciéndole a mi madre por teléfono que no podía volver porque había perdido el avión, me iba dando vueltas la cabeza de si una chica del sur podría aclimatarse a vivir en esa ciudad cuando llegaran las nieves? Por la mañana, o mejor madrugada, nos presentamos ante la recepción y nos encontramos a la misma mujer con la que habíamos cerrado el trato, en bata de estar por casa nos recibió, parece que a esas horas no debe ser obligatorio el traje oficial; al menos estaba, y me vino a decir que todo marchaba. Con la vista fija en la puerta del hotel esperábamos, ansiábamos la llegada del coche en cuestión, no había un alma, no pasaba ningún vehículo, pareciera que en la ciudad solo hubiera despiertos uno sevillanos y una recepcionista, aunque esta  estaba medio dormida dando cabezadas en una silla. Se oyó la llegada de un vehículo y solo podía ser el nuestro, el que nos llevara, si Dios quería, a nuestro destino. Me presentaron al conductor y me pareció un poco siniestro, o quizá era la hora, o quizá el coche oscuro, o quién sabe qué. Me sorprendió durante el trayecto, una carretera desolada e intransitada, las ganas de charlar que tenía nuestro chófer me recordaba a algunos taxistas sevillanos con los que he hablado de lo profano y de lo divino y después nos hemos dicho adiós. Al principio empezó hablando bien de la ciudad, recientemente más abierta al turismo exterior, de su hospitalidad con el extranjero. Pero poco a poco no sé si porque me fue cogiendo confianza o el ambiente era proclive a las confidencias, me confesó que él, currante del sur se había visto obligado a ir al norte a trabajar en una ciudad que él creía que no terminaba de aceptarle después de muchísimos años residiendo. Me sorprendieron sus palabras y así se lo hice saber. Me dijo que la ciudad trata bien al extranjero pero otra cosa era el italiano del sur, y me lo decía con una voz que daba pena y que transmitía desilusión y soledad. Le dije que no sé, que podría ser su apreciación, que hay gente buena en todos sitios, que intentara cambiar de mentalidad… su respuesta lánguida, su voz, dejaban entrever que no había solución, y alternaba monólogos en los que parecía que se le escapara el alma y que no tenía ni fuerza para pisar el acelerador, con otros de rabia descontrolada en que la pagaba con las marchas, y por extensión, con el coche, la carretera, la ciudad, y lo peor, con los pasajeros. Yo también pasaba de un estado a otro, de la lástima, de la empatía a la sensación de peligro de un tío descontrolado que es capaz de tirarse a una cuneta.

Le dije no sé si por acercarme a él de alguna manera, que también nosotros éramos del sur, de un sur como el suyo, de como siempre es el sur. Qué es bonito ser del sur pero que el norte, es otra cosa, pero también tiene sus cosas maravillosas. Que gran parte de mi familia había emigrado al norte de España y que se sentían muy bien allí. Qué es fantástico conocer, hablar con unos y con otros, que uno puede sentirse cercano a otro ser humano y que no importa si es del sur, del norte, de otro país, de otro continente…

 El tiempo parecía haberse detenido y el aeropuerto de Bérgamo una ilusión que al final surgió ante nuestros ojos como por encanto. El diálogo, a solas lingüísticamente con el conductor, pues yo solo hablaba italiano, me dio la sensación que te dan esos programas de radio a altas horas de la madrugada que invitan a abrir el corazón. Llegamos, paró, cogió el equipaje; me busqué el bolso, le pregunté cuánto era, parecía sorprendido de la pregunta, como si le sorprendiera que tuviera que cobrar por el paseo, pensó un momento, me dijo una cifra razonable. Me despedí de él y le deseé todo lo mejor. Él me miró con una mirada sin esperanza. Nosotros partimos, él se quedó allí, solo.

Ps.: ¿Cuándo decís que Valladolid debería unirse aéreamente con el norte de África, no os estaréis refiriendo a destinos como Sevilla ¿no? Don’t worry, es broma, aquí nos reímos de muchas “tonteridas”.

María Ríos

Del Véneto a Los Dolomitas y la Lombardía.

 

Siento una gran envidia de la ciudad de Bérgamo. O mejor dicho, siento envidia del aeropuerto de Bérgamo. La ciudad, en cuanto al número de habitantes, dobla a Valladolid, ciudad donde resido. Su aeropuerto tiene posiblemente diez veces más de destinos que ésta ciudad. Y de ahí la envidia que me produce. Creo que Valladolid se merece la oferta de muchos más destinos de los que dispone en la actualidad. La propia oferta cultural de Valladolid, su proximidad con Madrid (apenas una hora en el tren de alta velocidad) y la cercanía en un radio de acción de 140 km de ciudades tan importantes como Salamanca, Segovia, Zamora, Ávila, Burgos, Palencia y León hacen de la capital castellana un punto geográfico muy interesante. No entiendo como la Junta de Castilla y León no promociona este aeropuerto. Claro, que al hacerlo parece que toma partido por Valladolid y ¡ay! eso no es políticamente correcto. Será mucho mejor seguir apostando porque cada capital de provincia tengo su propio aeródromo. Gracias a la compañía de bajo coste irlandesa que ha apostado por Valladolid con cinco destinos al día de hoy, de vez en cuando, los vallisoletanos podemos ver un avión sobrevolando nuestras cabezas, y así en las pistas de despegue no crece la mala hierba. Una pista, larga pista, que un día no muy lejano recibió al mítico y ya desaparecido Concorde.

Uno de esos destinos disponible es la ciudad por la que siento envidia: Bérgamo. La propia ciudad ya es un reclamo, pero está situada en un eje (la autopista A4) que une Milán con Venecia y que tanto a izquierda como derecha tenemos interesantes destinos como Verona, Padua, Mantua, Vicenza, Bolonia, Ferrara o Ravena, sin olvidarnos de los lagos Como o Garda. Para esta ocasión elegimos Venecia y los Dolomitas. Nada más aterrizar nos dirigimos al mostrador de la oficina de alquiler de coches donde te entregan las llaves. En la misma puerta de salida, un bus pequeño parte cada poco tiempo hasta el lugar de recogida del coche a escasos minutos de allí. Dejamos para la vuelta la visita a Bérgamo y nos dirigimos rápidos a la ciudad de Tintoretto con la intención de llegar antes de que anocheciera.

 

De Venecia poco puedo decir. Es imposible resumir en unas pocas líneas las sensaciones que uno percibe según camina por sus calles o navega por sus canales. Solo un pequeño consejo para todos aquellos que tengan pensado ir alguna vez a esta ciudad de la que dicen que si no se toman medidas dentro de cien años serán inhabitable. Hay que hacer lo posible para dormir en la ciudad, nada del Lido o en sus alrededores, Mestre. Ese es el consejo. De esa forma  aunque se esté poco tiempo en Venecia podremos conocer la ciudad turística insufrible y la ciudad amable en la que se convierte a partir de las 18 horas de la tarde cuando los guiris se van a dormir a sus paquebotes o a sus hoteles lujosos en el extrarradio. Nosotros, en nuestro viaje, tuvimos la fortuna de alojarnos en un estudio apartamento con una pequeña terraza que daba al canal (Fondamento del Socorro) muy cerca del Campo de Carmini. Se llama Ai Carmini Residence. Muy recomendable.

www.aicarmini.it

 

Treinta y seis horas no dan para mucho, pero puedo decir sin equivocarme que pateamos de arriba abajo y de este a oeste entre 12 y 15 km. y eso es… ver muchas cosas. Pero nos esperaban Los Dolomitas. Así que después de desayunar recogimos el coche que habíamos dejado en el Tronchetto. La siguiente parada sería Belluno, una de las puertas de entrada a Los Dolomitas. Un bello pueblo situado en un altozano. Para acceder a él conviene dejar el coche en el aparcamiento y subir por unas empinadas escaleras mecánicas. Los Dolomitas es una cadena montañosa que forma parte de los Alpes Orientales ocupando el territorio de tres provincias: Trento, Bolzano y la citada Belluno con casi el 80 por ciento de su superficie ocupada por estas montañas. Su aspecto es diferente al resto de los Alpes con amplios valles cubiertos de bosques y unas formaciones rocosas (roca caliza de origen marino llamada dolomía). Es decir que hubo un día en que estas cumbres estuvieron bajo el mar. Los Dolomitas fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el 2009.

Cortina d’Ampezzo es la localidad turística más importante de la zona, o, por lo menos, con más renombre. Es la joya de la corona de Los Dolomitas por sus innumerables pistas de esquí y por los servicios que ofrece en invierno. Pero en nuestra visita se puede decir que era una ciudad fantasma. La jet-set no estaba, pero es que tampoco había muchos mortales. Visitamos la ciudad en el momento en que la temporada de invierno ha terminado y la de verano no ha comenzado aún (justo una semana después tenía previsto la apertura de los principales teleféricos).

El alojamiento previsto para disfrutar de este parte de Italia fue el Hotel Millefiori. Alojamiento situado en el Val di Fassa uno de los variados valles que la peculiar orografía ofrece a los amantes de la naturaleza. Elegimos este familiar hotel por su situación, como punto de partida para realizar un par de excursiones al día siguientes. No sé muy bien a qué razones obedece que tal o cual destino se convierta en nuestro objetivo a la hora de la planificación de un viaje. Pero lo cierto es que el Passo de Pordoi y la Marmolada me atrajeron desde que puse la vista en el mapa de la zona. Tal vez sea por las muchas horas de televisión viendo el Giro de Italia cuando este era una cita casi obligada en los preámbulos del verano de mi niñez. O tal vez sea porque uno haya tenido una vida anterior en la que fue un autentico montañero. Lo cierto es que tanto uno, Pordoi, como otra, Marmolada, no nos defraudaron en absoluto. En esta época del año hemos podido ver mucha nieve aunque las carreteras estaban perfectamente limpias y la temperatura, a pesar de ser de cero grados, era benigna. La única pega es que no pudimos montar en la Funivia (teleférico) que sube hasta los 3300 metros de altitud desde los 2239 que tiene el Passo Pordoi. Otra vez será piensa el viajero con la ilusión de que tal vez en un tiempo no muy lejano vuelva a frecuentar y disfrutar de estos parajes maravillosos.  Eso sí no tenemos ninguna pega. Es más, todo lo contrario. En el Millefiori nos trataron de forma maravillosa y disfrutamos del ambiente acogedor. ¡Y unas cenas… deliciosas!

www.hotelmillefiori.com

Desde aquí ya iniciamos el retorno. La siguiente parada era o Bolzano o Trento. Ambas ciudades tienen un rico patrimonio. Pero nos decantamos por la historia. Tridentum, la antigua ciudad romana, celebró el Concilio de Trento durante 1545 hasta 1563 (en diversas sesiones y ciudades). Para la Iglesia Católica supuso una auténtica revolución  los acuerdos que allí se decidieron han sido el pilar de su doctrina. La elaboración de un catecismo, la definición de una serie de dogmas, el establecimiento de la supremacía del Papa y la prohibición del casamiento para los curas son algunos de esos acuerdos. La ciudad cuenta con notables monumentos de carácter religioso como la catedral de San Vigilio cuya construcción se inició en 1212 y que se encuentra en una plaza con algunos edificios medievales decorados con las características pinturas en su fachadas; y la iglesia de Santa María Maggiore, del siglo XVI, sede del Concilio de Trento.

El Lago de Garda se encuentra muy cerquita de esta población. En otro viaje ya descubrimos este lago en su parte sur (Desenzano y Sirmione, muy recomendables). Así que no podíamos dejar pasar la ocasión para ver Riva del Garda en su parte norte. De clima apacible durante todo el año es un foco de atracción turística importante.

Bordeamos el lago siguiendo la carretera pensando que sería una bonita manera de descubrir esta zona. Pero más bien fue un pequeño fiasco pues la mayoría de la misma discurre por largos, oscuros y hasta peligrosos viejos túneles. Con lo cual apenas veíamos el lago y sí muchos coches.

La A4 volvió a salir a nuestro encuentro y ya tomamos la atestada autopista esta vez con dirección a Bérgamo. Una tarde por el casco viejo de esta bella ciudad da para hacernos una idea de lo que antaño debió de ser esta rica zona así como la influencia que debió de ejercer la  cercana Venecia.

A la ciudad alta (Cittá Alta) de Bérgamo se accede por un curioso funicular que sube por una empinada cuesta. Desemboca en un antiguo palacio del siglo XIV donde se encuentra un bar-restaurante desde donde se obtienen unas magníficas vistas de la zona moderna de Bérgamo. El casco histórico está rodeado de murallas construidas entre 1560 y 1625 con sus correspondientes puertas de acceso. Por la vía principal, vía Gombito, que mantiene el antiguo pavimento denominado opus spicatum (en forma de espina), se llega a la pequeña plaza de San Pancracio. Desde aquí podemos admirar los palacios de origen medieval, la Iglesia de San Pancracio del siglo XVI, la fuente y la torre del Gombito, la torre de piedra más alta de Bérgamo. Un poco más adelante alcanzamos la Piazza Vecchia. El gran maestro de la arquitectura Le Courbusier definió a esta plaza como “la más hermosa plaza de Europa”. Yo no soy quien para poner en duda tal afirmación. Tal vez sea un poco exagerada. Lo cierto es que es una plaza coqueta, de armoniosas proporciones que le confieren un bello aspecto. Y sobre todo de noche. Allí se encuentran la Biblioteca Cívica, el Palazzo della Ragione, la Fuente del Contarini del siglo XVIII, el Palazzo del Podestà construido en 1340 por los venecianos y el Campanario, la altísima torre cívica. Cruzando el pórtico del Palazzo della Ragione (el Ayuntamiento) en cuyo suelo se encuentra un curioso reloj de sol, llegamos a la Plaza del Duomo donde podemos admirar los monumentos más emblemáticos de la ciudad: la catedral, Santa María la Mayor, la Capilla Colleoni y el Baptisterio de planta octogonal.

El viajero necesita de reposo para seguir su camino. En esta parte de la ciudad te salen al paso restaurantes y cafeterías. Nos decantamos por una cervecería que prometía: la Osteria della Birra.

www.birraelav.it/la _Birra_Elav.html

Tienen una carta muy amplia de cervezas, en botella y una media docena de ellas de barril. De elaboración propia tienen la marca ELAV (rubia estilo lager, amarillo dorado, con intenso aroma a levadura y lúpulo). Como complemento disponen de una buena tabla de quesos o de fiambres. Para cenar escogimos un lugar de batalla que ya conocíamos. Un lugar muy amplio, en un antiguo palacio, sin mucho glamour pero con un menú asequible (donde no falta su famosa polenta). Pasamos un rato muy agradable contemplando a la clientela, sobre todo con una pareja a la que no auguramos futuro alguno. Por si a alguien le interesa se llama “Il Circolino”.

http://www.bergamoatavola.it/ristorante_bergamo.asp?ragionesociale=Il%20Circolino

Y ya solo queda el descanso del viajero, que con la noche tiene la sana costumbre de irse a dormir. El vuelo de regreso salía a una hora más que prudente (cosa nada normal en los vuelos de bajo coste que o bien sales muy temprano o todo lo contrario), concretamente, en este caso, el avión salió a las 11 horas gracias a que las nubes de ceniza lo permitieron, eso sí, con cierto suspense. Y mientras uno espera para embarcar como si te quisieran restregártelo tienes delante de ti una gran pantalla donde puedes ver todos los movimientos de los aviones que van y vienen. Y es por eso por lo que siento un poco de envidia del aeropuerto de Bérgamo. De momento nos tendremos que conformar con desayunar en Valladolid, comer en ésta bonita ciudad y cenar en Venecia. No es un mal consuelo a falta de que se abran nuevas rutas como bien podrían ser ciudades del norte de África. ¡Arrivederci!

Luisjo

De qué hablo cuando hablo de correr

 Título: De qué hablo cuando hablo de correr

Autor: Haruki Murakami

Editorial: Tusquets

Páginas: 256

Precio : 17€

Sinopsis (de la contraportada)

En 1982, tras dejar el local de jazz que regentaba y decidir que, en adelante, se dedicaría exclusivamente a escribir, Haruki Murakami comenzó también a correr. Al año siguiente correría en solitario el trayecto que separa Atenas de Maratón, su bautizo en esta carrera clásica. Ahora, ya con numerosos libros publicados con gran éxito en todo el mundo, y después de participar en muchas carreras de larga distancia en diferentes ciudades y parajes, Murakami reflexiona sobre la influencia que este deporte ha ejercido en su vida y en su obra. Mientras habla de sus duros entrenamientos diarios y su afán de superación, de su pasión por la música y de los lugares a los que viaja, va dibujándose la idea de que, para Murakami, escribir y correr se han convertido en una actitud vital. Reflexivo y divertido, filosófico y lleno de anécdotas, este volumen nos adentra plenamente en el universo de un autor que ha deslumbrado a la crítica más exigente y hechizado a miles de lectores.

Para el título de este libro, Haruki Murakami se inspiró en el volumen de relatos cortos de su venerado escritor Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Me imagino que esta inspiración le llegaría en un momento de sufrimiento mientras iba practicando su deporte habitual en los últimos treinta años: correr. Ese mismo tiempo es el que lleva escribiendo. Durante ese tiempo ha corrido maratones (casi uno por año), un ultra maratón (100 kilómetros) y ha participado en varias carreras de triatlón (en la versión olímpica se nada 1500 metros, corren en bicicleta 40 km. y corren 10 km). Y está pensando en correr un triatlón de los denominados Ironman (3,8 km natación, 180 km ciclismo y 42 km carrera). Y encima, o a pesar de eso, es un escritor de reconocido prestigio. Es el gran escritor japonés de principios de siglo.

En sus primeras páginas Murakami nos cuenta que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional, depende de uno. Esto está presente en sus dos pasiones: la escritura y la carrera. La carrera de fondo te da mucha confianza, y confianza en ti mismo es lo que necesitas cuando escribes Esta pequeña obra es un conjunto de reflexiones sinceras, abiertas, de un hombre que se define a si mismo como de naturaleza individualista, testaruda, falta de compañerismo, a menudo egoísta y, aun así, poco segura de si misma… (página 196).

En De qué hablo… no vamos a encontrar un manual al uso de cómo correr mis primero kilómetros ni de cómo escribir mi primera novela. Nada de eso. Encontraremos cómo se siente una persona que escribe y que dedica un tiempo a correr. Encontraremos cuáles son las zapatillas que utiliza para correr o con qué canción le gusta correr. Para aquellos que no vayan a leer a Murakami y les guste la música les desvelaré que dos de sus canciones favoritas para estos menesteres son Beggars Banquet de los Rolling Stones y Reptile de Eric Clapton (este álbum es ideal para escucharlo mientras uno corre suavemente por la mañana –página 133).

Pictograma del triatlón olímpico

A lo largo del libro encontramos una serie de anécdotas. Yo no soy corredor de maratón pero me gusta correr sin hacer de ello una obligación. No sabía que en determinados maratones como, por ejemplo, el de Nueva York existe lo que se denominan liebres. Sí que conocía este concepto para las carreras olímpicas de medio fondo donde se recurren para lograr un objetivo. Pero aquí en la ciudad de la Gran Manzana existen unas liebres con el letrero, por ejemplo, de 3 horas y media. ¡Zas! tú, si puedes, te colocas y sigues su paso. Es como garantizarte que te lleva a la meta en ese tiempo. Y otra de las anécdotas (esta si que me la sabía) es un letrero que Murakami lee cuando va al gimnasio que frecuenta que dice: El músculo se adquiere con dificultad y se pierde con facilidad. La grasa se adquiere con facilidad y se pierde con dificultad. Una gran verdad desagradable, pero es la verdad. (página 71).

En definitiva De qué hablo cuando hablo de correr es un libro recomendable para aquellos que corren, para aquellos que escriben  o para los que tienen la suerte de poder disfrutar de la carrera y de la escritura. Es un libro que me ha sorprendido por su cercanía y por la humildad del escritor al confesar ciertas debilidades. Tal vez aquellos que quieran escribir una novela o acabar una maratón (o alcanzar cualquier meta) encuentren aquí su motivo de inspiración.

Luisjo

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