Sobre una fotografía de Alicia González a la que hemos puesto una neutral denominación: IMG_1587.jpg, lanzamos esta nueva convocatoria para todos aquellos que queráis participar. El texto no excederá en más de 1200 palabras. Claro que vais a decir que cuál es el premio. Pues el premio es la publicación de vuestro relato en estas páginas. Os advierto que no es mal premio ya que cada vez tenemos más difusión y vete tú a saber donde acaba este relato y en mano de que maravilloso magnate de las letras cae. Otro premio más es que una selección con los tres o cuatro mejores irán publicados en la edición en papel sobre la que ya estamos trabajando. El plazo de entrega de los trabajos es hasta el próximo 23 de abril. Los enviáis a revistaatticus@yahoo.es

 o a la nueva

 luisjo@revistaatticus.es

Por mi parte os dejo mi pequeño relato para predicar con el ejemplo. Lleva por título: Remordimiento

Remordimiento

 Juan, maletín y paraguas en su mano izquierda, camina cabizbajo por el andén de la estación. Acaba de descender del último tren del día.

Su gabardina nueva le pesa más que el alma. Se abriga con el cuello levantado por la firmeza del apresto, a medio colocar, con desgana. Acaba de pasar por delante del reloj de un desangelado y solitario pasillo de cercanías.

 No sé como tengo tan poca fuerza de voluntad. Son la una y treinta y siete minutos. Si es que me tenía que haber marchado antes. A ver que le digo yo a esta ahora. Ya sabes es que ahora tenemos mucho trabajo y entre unas cosas y otras… Si es que encima siempre es lo mismo y siempre acabo con el mismo sabor de mala conciencia. Ya tenía que estar durmiendo. No me vuelvo a quedar. Se me caliente el pico y es que reconozco que soy yo el liante. Venga vamos a tomar unas copas donde siempre. Y claro una lleva a la otra y… ¡la una y treinta y siete minutos! Y mañana encima tengo que trabajar. Y luego estos cabrones es que no paran, venga quédate a otra que seguro que ahora es cuando vienen las chicas. Qué chicas ni que niño muerto, en la cama tenía que estar ya. Pero claro hay que quedarse a la última por que si no mañana te dirán; coño, justo cuando tú te marchaste es cuando más ambiente había, y unas tías… Sí, del Circo Price, no te jode. Si no sé decir que no. Si yo no bebo… ni volveré a beber más. ¡La una y treinta y siete! Si es que ya tenía que estar en la cama.

 Esta es la foto que esperamos os inspire mucho

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Hoy ha fallecido Miguel Delibes. Lamentamos profundamente su muerte. Descanse en paz.  Esperamos poder seguir disfruntando por mucho tiempo con la lectura de sus obras. Os dejo un pequeño fragmento de su obra El hereje.

El largo período que estuvieron en sus manos disipó todo recelo en el ánimo de doña Catalina y abrió el corazón de don Bernardo a una leal amistad. Pero antes tuvo que soportar terribles pruebas, como la del ajo, para intentar averiguar quién de las dos partes era la causante de la esterilidad matrimonial. Con este objeto, don Francisco Almenara introdujo en la vagina de doña Catalina un diente de ajo, debidamente pelado, antes de meterla en cama:

—Mañana no se levante hasta que yo llegue. Debo ser el primero en olerla — advirtió.

Don Bernardo se despertó con el alba. Intuía vagamente que algo grave relativo a su masculinidad estaba en entredicho. Divagó por la casa durante horas y cuando, sobre las nueve de la mañana, oyó a la puerta los cascos de la mula del doctor levantó el visillo de la ventana con inquietud manifiesta.

El criado del doctor, que traía a la caballería del ronzal, ayudó a apearse a su dueño y ató aquélla a la armella de la columna. Todo lo que vino a continuación resultó para don Bernardo desconcertante y confuso. Don Francisco ordenó levantarse a doña Catalina y, tal como estaba, en salto de cama, la condujo de la mano hasta la jofaina y, una vez allí, requirió amablemente su aliento.

— ¿Cómo? — A doña Catalina se la veía sensiblemente turbada.

— El aliento, señora, écheme vuesa merced su aliento — insistió el doctor inclinando el busto sobre el rostro de la paciente. Ésta, finalmente, obedeció.

— Otra vez, si no le importa.

La esposa de don Bernardo Salcedo alentó ante la nariz de don Francisco quien frunció sombríamente el ceño.

Acto seguido, en una actitud de gravedad extrema, el doctor Almenara se encerró con don Bernardo en el despacho de éste, se sentó en el escritorio y miró al señor Salcedo con inusitada frialdad:

— Lamento tener que decirle que las vías de su esposa están abiertas — dijo simplemente.

— ¿Qué quiere decir, doctor?

—    La esposa de vuesa merced está apta para la concepción.

Fragmento de la obra El hereje, página 17 de Miguel Delibes.

Luisjo


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