Archivo para enero, 2010

La maldición blanca

Es tema de actualidad, pero siempre ha estado ahí.

Nos ha llegado a la redacción la pista sobre este texto de Eduardo Galeano que escribió en el 2004 sobre Haití y que ahora cobra un mayor interés.

La maldición blanca

Eduardo Galeano

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.


Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.


La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

—¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?

—El anterior.

—Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.


A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.

Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.


En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.


Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.


En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

Tomado de la web

http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/la_maldicion_blanca.htm

Eduardo Galeano es un escritor y periodista uruguayo que aboga por un periodismo comprometido, alejado del elogio constante del poder, e incluye a la escritura periodística dentro de las formas de hacer literatura.

Revista Atticus

Encuesta

 El equipo editorial de Revista Atticus se ha planteado nuevos retos. Estamos estudiando la posibilidad de llevar la revista a papel. Sondeamos tanto las fuentes de financiación como el mercado al que queremos llegar. Para ello necesitaríamos que nos contestes a tres breves preguntas.

Con la edición en papel tendrías ante ti una revista cuidada, elegante, siguiendo la misma línea que la planteada hasta la fecha en su edición electrónica. Cada número iría numerado y firmado. El coste de la publicación se financiaría con la inserción de tres/cuatro anuncios publicitarios y los ingresos de la venta de ejemplares. El precio de la revista rondaría los 10 euros. Constaría de 96 hojas y su publicación sería semestral (más adelante podría llegar a ser trimestral). Te llegaría a tu casa por correo postal.

 ¿Estarías  dispuesto a pagar 10 euros por hacerte con la revista en edición impresa?

  

 

El hecho de contestar a la encuesta no te compromete a nada. Solo se trata de ver el interés de la publicación y ver que tirada de ejemplares son necesarios para cubrir el mercado. Muchas gracias por tu atención.

El equipo editorial de Revista Atticus.

Seguimos contando con tu colaboración

http://revistaatticus.es/2010/01/22/te-vigilan

Luisjo

 

Te vigilan

Te vigilan

 En el próximo número de Revista Atticus (número 10) se incorporan nuevos fotógrafos que ilustraran las páginas con sus fotografías y de paso nos darán a conocer su obra.

Rogelio Garcia Alonso, Luis Raimundo García y Jesús González López han confirmado su participación.

De Luis Raimundo García he elegido la fotografía Te vigilan para incitaros, invitaros a participar. Venga no seáis remolones. Mandar algo que se os ocurra y que tenga que ver con la foto. Puede ser un relato, una poesía, una canción, un algo. Hasta el día después de los “enmaromados”, es decir, hasta el 15 de febrero tenéis tiempo para la entrega. Se irán publicando en la web y una selección de los mejores irá a RA10 y, tal vez, lo mejor de lo mejor a la edición de papel que poco a poco va tomando cuerpo.

Claro, una vez más, con el ejemplo se predica.

Os dejo un relato inspirado en la fotografía que ilustra esta entrada. Lleva por título Los otros habitantes.

Espero que os guste.

Los otros habitantes

A lo largo del día, en alguna ocasión, siento que me espían, que soy observado. No sé si esto mismo les suele suceder a ustedes mis queridos lectores o si esa sensación solo es producto de mi imaginación.

 Pero yo les animo a que estén atentos a sus palpitos y seguro que caen en la cuenta de que es muy posible que, tal vez, les estén observando.

 La cosa mía va un poquito más allá. Yo me pregunto muchas veces quién o quiénes habitan mi casa cuando yo no estoy en ella. ¿Cómo, que ustedes no se creen que haya una serie de aprovechados que ocupan su hogar?

 Por de pronto yo tengo la sana costumbre de echar la llave de la puerta de casa cada vez que salgo con dos vueltas del tambor. El porqué hago esto es muy sencillo. Hay veces que nada más salir de casa se acuerda uno de no sé-qué-cosa-tenía-que-llevar-que-se-me-ha-olvidado. Pues bien retrocedo y lo que hago al descerrajar la puerta es avisar a mis inquilinos de que he tenido que darme la vuelta, que se escondan, que no me quiero sobresaltar. Es como un código no escrito. Ellos, “los otros” saben perfectamente de mis horarios y saben que los días laborables no estoy en casa por la mañana, Pero ¡ay!, algún día cualquier imprevisto me obliga a presentarme a media mañana y nada más salir del ascensor voy haciendo ruido con las llaves para que vayan tomando sus posesiones y se vuelvan a sus rincones, por eso me gusta dar dos vueltas a la llave, para dar tiempo a los rezagados.

 ¿A qué sino obedece que encuentres botellas de licor que no tocas en meses y veas que su contenido ha bajado sospechosamente? Seguro que ustedes, como yo lo han notado de sobra pero no dicen nada, no comentan ni a sus amigos por temor a que les miren con recelo. Y ¿qué me dicen de ese día cuando uno vuelve a cada tranquilamente y al entrar, después de haber dado las dos vueltas a la llave, se encuentran con una luz encendida o un armario abierto?

 Claro, ahora caen y se empiezan a dar cuenta de que ustedes, como yo, son espiados.

 No quiero extenderme más pero recuerden esas ocasiones en las que acuden a su baño de casa y se encuentran con la toalla (o el albornoz) caído en el suelo. Hummm…, lagarto, lagarto.

 Yendo por la calle o circulando por el coche también he tenido la sensación de ser observado, como la mujer de la foto, que tranquilamente, inocente ella, no se da cuenta de la mirada que sobre ella pende. A veces volvemos la vista, distraídamente, como quien no quiere la cosa para ver si pillamos a nuestro voyeur particular. Pero ellos, “los otros” son muy hábiles. Yo en más de una ocasión creo distinguir en la oscuridad del portal su silueta. Me hago el distraído cuando salgo del ascensor, pero sé que están ahí, lo presiento, lo noto. Seguro que si ustedes leen esto ahora la vida les va a cambiar y van a estar prevenidos. Van a estar atentos a esas señales. Estoy seguro que ahora mismo están teniendo esa sensación, cómo si estuvieran leyendo esto mismo a la vez, detrás de ustedes. Están a punto de terminar el relato, pero no se vuelvan, no miren a su alrededor. Y mañana cuando salgan de su casa (no se olvidan de echar una doble vuelta a la llave), cuando salgan del ascensor, ahí estarán escondidos en ese rincón donde nunca llega la luz. Sigan adelante y piensen que esto que leyeron no es más que un relato.

 Luisjo

 Mandar vuestra colaboración a esta dirección como comentario o a los siguientes correos:

luisjocuadrado@yahoo.es

revistaatticus@yahoo.es

 Mientras llega RA10 podéis ver las fotos de estos fenómenos en

Luis Raimundo García

http://haciendoclick.blogspot.com/

 Jesús González

http://haciendoclack.blogspot.com/

 Rogelio García Alonso

www.rogalonso.com

www.flickr.com/photos/rogalonso

Pequeñas palabras de Salvador Robles

Liliana Cristina García nos manda a la redacción de Revista Atticus una reseña de un interesante libro que acaba de publicar Salvador Robles.

Salvador Robles Miras nació en Águilas (Murcia), aunque reside en Bilbao desde los diez años. Está casado y tiene un hijo. Es periodista y pedagogo, y ha publicado hasta la fecha 18 libros: tres novelas (“Noche clara”, “La vida en la distancia” y “La luz del silencio”), cinco volúmenes de microrrelatos (“Los abuelos también van a la escuela”, “La escuela sin edad”, “Los ojos de la vida”, “Mirar es encontrar” y “Pequeñas palabras”) y once libros de ensayo, de psicopedagogía y literatura divulgativas.

Pequeñas palabras

En las Letras todo es posible. Es posible hilvanar sentimientos, acunarlos, renegar de ellos, atesorarlos en la profundidad del corazón y de la razón, pero también es posible jugar con las palabras, acercarse a ellas poniendo lo mejor de sí para llegar al lector y atraparlo en ese juego maravilloso donde la realidad, disfrazada de fantasía, echa a volar abriéndose camino entre la atención y el asombro. Salvador Robles posee una habilidad extraordinaria para transmitir esas vivencias cotidianas, que convertidas en relatos, se erigen en el hilo conductor de este nuevo libro. Otros diecisiete títulos del mismo autor, de Ensayo, Novela y Pedagogía, lo preceden  y avalan.

Autocrítico por excelencia, prefiere dar a cada uno de sus cuentos el tiempo necesario de aprobación para que maduren en calidad y lleguen al lector transformados en las brevas de un transcurrir único y preciso, donde cada tema se fundamenta en el alfa y el omega de la narración, dicho de otra manera, el autor agota la capacidad descriptiva puesta al servicio de la comprensión y el placer de la lectura, con un lenguaje cálido, accesible y fluido, donde la única ornamentación posible es la imaginación del lector que tiene entre sus manos un ejemplar de Pequeñas palabras.

                                                                      Liliana Cristina García

                                                                      Poeta y Escritora argentina

 También he encontrado en la web un comentario de Beatriz Giovanna Ramírez en:

http://beatrizgiovannaramirez.blogspot.com/2010/01/pequenas-palabras-salvador-robles-miras.html

Si las palabras son semillas, embriones de significado, portadoras de origen y de futuras plantas. Habrá que sembrarlas para que germinen y crezcan. Las palabras son simples, compuestas, derivadas y parasintéticas. Las palabras son agudas, llanas, graves, esdrújulas, sobreesdrújulas. Las palabras son monosílabas, bisílabas, trisílabas, polisílabas. Las palabras tienen fuerza, presencia y acentos, Las palabras se descifran, se persiguen y se descubren. Las palabras son lenguaje. Las palabras abren las puertas o las cierran. Las palabras siempre buscan labios para besar y liberarse. Las palabras son grandes. Las palabras son medianas. Las palabras son pequeñas. Las palabras nos acercan o nos alejan para siempre. Las palabras hacen el amor a los oídos, al aire por donde viajan y desaparecen, se olvidan o se recuerdan para siempre. A las palabras les gusta jugar y hacer reír.  Hay palabras que se lanzan como cuchillos y hacen doler. Hay palabras que acarician y consuelan. Hay palabras que abrazan y estimulan. Hay palabras que sanan y desarman. Hay palabras que enamoran y que danzan. Hay tantas palabras para hacer un ramillete diario y regalarlo a la vida, a la esperanza,  al amor, a la familia. Hay Pequeñas Palabras, de Salvador Robles que jamás se deben olvidar.

 Redención lectora

Se llevó el libro de la Biblioteca con la intención de devolverlo, pero, cuando lo leyó por primera vez, la tentación le guiñó el ojo. Estaba impresionado con la historia que había leído. Después de otras dos lecturas, más enriquecedoras incluso que la primera, tomó la decisión de quedarse con el libro y regalarle todas las lecturas que se merecía. Y a Doña Ética no le importó.

 En la Editorial Paréntesis lo podéis encontar:

http://www.parentesiseditorial.com/PEQUENAS-PALABRAS-isbn-9788499190617.html

Luisjo

Gustave Caillebotte en la Exposición de la Fundación Mapfre de Madrid

 Posiblemente, hoy podemos contemplar esta exposición gracias a la labor impagable de quienes gestionan el programa de la Fundación Mapfre. Los esfuerzos que han tenido que hacer, seguro, que son inmensos. Muchos museos y prestigiosas salas se habrán disputado las obras que hoy aquí podemos contemplar. Las obras han salido de París por que el Museo de Orsay ha emprendido una renovación de sus salas y ha tenido que reubicar su fondos al cerrar la planta 5.

Pero si nos remontamos un poco en el tiempo a quien deberíamos de dar las gracias es a Gustave Caillebotte. Fue pintor y amigo de los impresionistas y él fue para ellos un autentico mecenas pues les compraba sus obras cuando  nadie confió en ellos. A su muerte donó las obras al estado francés y Renoir se encargó de hacer llegar ese legado. Tuvo muchos problemas para que aceptaran su legado.

 Veamos una breve semblanza de Cailllebote.

Gustave Caillebotte (1848 – 1894)

Uno de los artistas impresionistas más desconocidos fue Gustave Caillebotte. Durante muchos años sus obras pasaron desapercibidos y la crítica no le tuvo en cuenta.

Pero su papel dentro del grupo fue fundamental. Fue el que más contribuyó al fenómeno impresionista por delante de alguno de los grandes maestros. Su obra pictórica fue importantísima aunque quizás no al mismo nivel que Monet, Renoir o Cézanne pero su situación económica y posición social le permitió ejercer de mecenas en aquellos momentos en que la desesperación se adueñaba de los pintores al ver que sus pinturas no alcanzaban el reconocimiento debido y nadie las compraba. Murió joven y donó una importante colección de pinturas al estado francés.

Nace en París el 19 de agosto de 1848 en el seno de una familia de clase alta. Su padre heredó un negocio familiar de prendas militares, también fue juez del Tribunal de Comercio. A partir de 1860 durante los veranos empieza a frecuentar la ciudad de Yerres, ubicada a pocos kilómetros del sur de París y es allí donde, posiblemente, en esta época empezó a pintar y a dibujar.

En 1868 se licenció en derecho y dos años después pasó a ejercer la jurisprudencia. Y posteriormente también se licenció en ingeniería naval. Fue alistado en el ejército francés con motivo de la Guerra franco-prusiana.

Al término de la guerra ingresó en el taller del pintor académico León Bonnat donde se inició de manera seria en el estudio de la pintura. En 1873 aprobó el examen de admisión de la Escuela de Bellas Artes en al cual no permaneció por mucho tiempo. En 1874 fallece su padre. Cuatro años más tarde fallecería su madre heredando una fortuna considerable. Pero volamos al año 1874. Es en este año cuando toma contacto con los pintores impresionistas que estaban alojados en la academia de arte francesa. Destacan entre ellos Degas y De Nittis. En este mismo año acude como curioso a la primera exposición impresionista para participar en la segunda celebrada en 1876. Presentó ocho obras entre las que destacó Los acuchilladores de parqué (Les raboteurs de parquet –ver comentario del cuadro).

El estilo de Caillebote se enmarca dentro del llamado realismo pictórico del que fueron precursores Jean-Francoise Millet y Gustace Courbet. Su obra esta fuertemente influenciada por sus colegas impresionistas que se esforzaban en pintar la realidad tal cual existe en la realidad. Tomaba prestado de cada uno su estilo y técnica pero sin apegarse a ningún estilo en particular. En ocasiones es Degas al que más se asemeja plasmando en sus obras un realismo con una amplia riqueza de colores. En otras de sus obras estas adquieren una paleta de colores pasteles y pinceladas sueltas semejantes a las de Renoir y Pisarro.

El Puente de Europa (1876, Ginebra, Museé du Petit-Palais) y, sobre todo, París, tiempo de lluvia (1877, The Art Institute of Chicago) mantienen las características de la pintura anterior, y convierten el Paris de Haussmann en el escenario favorito de las personalísimas perspectivas de Caillebotte.

A partir del año siguiente, Caillebotte comienza a alejarse del estilo serio y frío del Salón para crear su propio estilo plenamente impresionista.

El la década de 1880 la carrera de Caillebotte da un giro radical al trasladarse a una casa frente a Argenteuil, a orillas del Sena, donde comienza su afición por los veleros y las regatas.

Las obras de este periodo se caracterizan por una moderación en las perspectivas, menos forzadas que en la mayoría de pinturas urbanas de París, aunque continúa con las composiciones inusuales, ya sea por extraños puntos de vista o por estar en apariencia arbitrariamente cortadas. Las bellas imágenes de veleros que pinta Caillebotte tienen una clara influencia en las que Monet representara unos años antes.

Gustave Caillebotte falleció a los 45 años en Gennevilliers el 21 de febrero de 1894. Está enterrado en el cementerio de Pére Lachaise de París. Caillebotte donó sus obras al Estado. Su albacea, Renoir, se encontró con grandes dificultades para hacer cumplir el deseo de su amigo, y en ocasiones marchante, de entregar la colección de pinturas al Estado. A los responsables de la política cultural les pareció inconcebible presentar en un museo los cuadros impresionistas, que en aquella época eran, todavía, rechazados por una gran parte del público.

Los acuchilladores de parqué

Les raboteurs de parquet, 1875

Óleo sobre tela, 102 x 146,5 cm.

Musée d’Orsay, París.
Nº inv.: RF 2718
(C) RMN (Musée d’Orsay)

El tema central de la pintura es la representación de unos obreros preparando el piso de madera. La crítica lo consideró vulgar y, probablemente, esa fue la razón por la que la obra fue rechazada por los jueces del Salón de 1875. En aquella época, la academia de arte consideraba aceptable la representación de campesinos rústicos o granjeros como la temática admisible sobre tópicos referentes a la clase obrera. Este cuadro constituye una de las primeras representaciones del proletario urbano.

Al contrario que Courbet o Millet, Caillebotte no introduce ningún discurso social en su obra, ni moralizador ni tampoco político. simplemente su obra es un estudio documental (gestos, herramientas, accesorios) que lo coloca entre los artista del realismo más experimentados.

Caillebotte muestra a tres operarios arrodillados, con el torso desnudo, sobre el parqué de una habitación vacía. Predominan los tonos beiges-marrones-negros.

La luz que entra por la puerta del balcón del fondo produce un grandioso efecto de contraluz: cae sobre las espaldas y brazos de los trabajadores. La perspectiva se acentúa por el efecto de picado y por la alineación (las diagonales) del las tablas de parquet. Unas rayas son oscuras por el barniz que contrastan con las otras claras que han sido cepilladas. Se trata de un estudio de los movimientos rítmicos, comparables a las bailarines de ballet o los caballos de carreras de Edgar Degas.

El pintor dibujó una por una las partes del cuadro antes de plasmarlas en el lienzo. La anatomía de los trabajadores recuerda a la de los dioses de la pintura clásica.

Una de las innovaciones de los impresionistas, que ya habían apuntado los realistas, fue subvertir las convenciones respecto de los temas considerados apropiados para una pintura: frente a la preferencia por los temas históricos y mitológicos propio del arte académico, los impresionistas aspiran a reflejar las formas de vida contemporáneas, los nuevos modos de vivir y las nuevas figuras de una sociedad en un acelerado proceso de modernización.

Cabe señalar que dentro de la temática de la vida moderna, el trabajo manual no fue de los temas predilectos de los impresionistas. Solo el propio Caillebotte y Degas lo

tratan con cierta frecuencia (éste último de manera magistral con su serie de planchadoras).

Ahora tenemos la oportunidad de ver en España no solo la obra de Gustave Caillebotte sino la de muchos otros artistas que bajo el título Impresionismo, un nuevo Renacimiento presenta la Fundación Mapfre.

En su web podemos consultar los datos de la exposición así como realizar una visita virtual.

http://www.exposicionesmapfrearte.com/impresionismo/

La entrada es gratuita

DIRECCIÓN

Paseo de Recoletos 23 – Madrid – 28004

Teléfono: 91 581 61 00

HORARIOS

Lunes de 14.00 a 20.00 hrs.

De martes a sábado de 10.00 a 20.00 hrs.

Domingos y festivos de 11.00 a 19.00 hrs.

Este artículo se publicó en Revista Atticus 5 y en números anteriores y posteriores un extenso trabajo sobre el Museo de Orsay.

Luisjo

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