Archivo para enero, 2010

La maldición blanca

Es tema de actualidad, pero siempre ha estado ahí.

Nos ha llegado a la redacción la pista sobre este texto de Eduardo Galeano que escribió en el 2004 sobre Haití y que ahora cobra un mayor interés.

La maldición blanca

Eduardo Galeano

El primer d√≠a de este a√Īo, la libertad cumpli√≥ dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enter√≥, o casi nadie. Pocos d√≠as despu√©s, el pa√≠s del cumplea√Īos, Hait√≠, pas√≥ a ocupar alg√ļn espacio en los medios de comunicaci√≥n; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desat√≥ all√≠ un ba√Īo de sangre que acab√≥ volteando al presidente Aristide.

Hait√≠ fue el primer pa√≠s donde se aboli√≥ la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias m√°s difundidas y casi todos los textos de educaci√≥n atribuyen a Inglaterra ese hist√≥rico honor. Es verdad que un buen d√≠a cambi√≥ de opini√≥n el imperio que hab√≠a sido campe√≥n mundial del tr√°fico negrero; pero la abolici√≥n brit√°nica ocurri√≥ en 1807, tres a√Īos despu√©s de la revoluci√≥n haitiana, y result√≥ tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Hait√≠. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, pr√≥cer de la libertad y propietario de esclavos, advert√≠a que de Hait√≠ proven√≠a el mal ejemplo; y dec√≠a que hab√≠a que ‚Äúconfinar la peste en esa isla‚ÄĚ. Su pa√≠s lo escuch√≥. Los Estados Unidos demoraron sesenta a√Īos en otorgar reconocimiento diplom√°tico a la m√°s libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los due√Īos de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese a√Īo, el Brasil aboli√≥ la esclavitud. Fue el √ļltimo pa√≠s en el mundo.


Hait√≠ ha vuelto a ser un pa√≠s invisible, hasta la pr√≥xima carnicer√≠a. Mientras estuvo en las pantallas y en las p√°ginas, a principios de este a√Īo, los medios trasmitieron confusi√≥n y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.


La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

‚ÄĒ¬ŅCu√°l ha sido el r√©gimen m√°s pr√≥spero para las colonias?

‚ÄĒEl anterior.

‚ÄĒPues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberaci√≥n de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de ca√Īa de az√ļcar y un pa√≠s quemado por la guerra feroz. Y heredaron ‚Äúla deuda francesa‚ÄĚ. Francia cobr√≥ cara la humillaci√≥n infligida a Napole√≥n Bonaparte. A poco de nacer, Hait√≠ tuvo que comprometerse a pagar una indemnizaci√≥n gigantesca, por el da√Īo que hab√≠a hecho liber√°ndose. Esa expiaci√≥n del pecado de la libertad le cost√≥ 150 millones de francos oro. El nuevo pa√≠s naci√≥ estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldr√≠a a 21,700 millones de d√≥lares o a 44 presupuestos totales del Hait√≠ de nuestros d√≠as. Mucho m√°s de un siglo llev√≥ el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumpli√≥, por fin, la redenci√≥n final. Para entonces, ya Hait√≠ pertenec√≠a a los bancos de los Estados Unidos.


A cambio de ese dineral, Francia reconoci√≥ oficialmente a la nueva naci√≥n. Ning√ļn otro pa√≠s la reconoci√≥. Hait√≠ hab√≠a nacido condenada a la soledad.

Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias espa√Īolas que hab√≠an pasado a ser pa√≠ses independientes segu√≠an teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, adem√°s, leyes que lo prohib√≠an. Bol√≠var dict√≥ la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta a√Īos despu√©s, en 1851, Colombia aboli√≥ la esclavitud; y Venezuela en 1854.


En 1915, los marines desembarcaron en Hait√≠. Se quedaron diecinueve a√Īos. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudaci√≥n de impuestos. El ej√©rcito de ocupaci√≥n retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resign√≥ a firmar la liquidaci√≥n del Banco de la Naci√≥n, que se convirti√≥ en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los dem√°s negros ten√≠an la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras p√ļblicas. Y mataron mucho. No fue f√°cil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne P√©ralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza p√ļblica.

La misi√≥n civilizadora concluy√≥ en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la Rep√ļblica Dominicana. Alg√ļn tiempo despu√©s, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.


Y as√≠, de dictadura en dictadura, de promesa en traici√≥n, se fueron sumando las desventuras y los a√Īos.

Aristide, el cura rebelde, lleg√≥ a la presidencia en 1991. Dur√≥ pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayud√≥ a derribarlo, se lo llev√≥, lo someti√≥ a tratamiento y una vez reciclado lo devolvi√≥, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayud√≥ a derribarlo, en este a√Īo 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.


En la frontera donde termina la Rep√ļblica Dominicana y empieza Hait√≠, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, est√° el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

Tomado de la web

http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/la_maldicion_blanca.htm

Eduardo Galeano es un escritor y periodista uruguayo que aboga por un periodismo comprometido, alejado del elogio constante del poder, e incluye a la escritura periodística dentro de las formas de hacer literatura.

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Con la edici√≥n en papel tendr√≠as ante ti una revista cuidada, elegante, siguiendo la misma l√≠nea que la planteada hasta la fecha en su edici√≥n electr√≥nica. Cada n√ļmero ir√≠a numerado y firmado. El coste de la publicaci√≥n se financiar√≠a con la inserci√≥n de tres/cuatro anuncios publicitarios y los ingresos de la venta de ejemplares. El precio de la revista rondar√≠a los 10 euros. Constar√≠a de 96 hojas y su publicaci√≥n ser√≠a semestral (m√°s adelante podr√≠a llegar a ser trimestral). Te llegar√≠a a tu casa por correo postal.

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Luisjo

 

Te vigilan

Te vigilan

¬†En el pr√≥ximo n√ļmero de Revista Atticus (n√ļmero 10) se incorporan nuevos fot√≥grafos que ilustraran las p√°ginas con sus fotograf√≠as y de paso nos dar√°n a conocer su obra.

Rogelio Garcia Alonso, Luis Raimundo Garc√≠a y Jes√ļs Gonz√°lez L√≥pez han confirmado su participaci√≥n.

De Luis Raimundo Garc√≠a he elegido la fotograf√≠a Te vigilan para incitaros, invitaros a participar. Venga no se√°is remolones. Mandar algo que se os ocurra y que tenga que ver con la foto. Puede ser un relato, una poes√≠a, una canci√≥n, un algo. Hasta el d√≠a despu√©s de los ‚Äúenmaromados‚ÄĚ, es decir, hasta el 15 de febrero ten√©is tiempo para la entrega. Se ir√°n publicando en la web y una selecci√≥n de los mejores ir√° a RA10 y, tal vez, lo mejor de lo mejor a la edici√≥n de papel que poco a poco va tomando cuerpo.

Claro, una vez m√°s, con el ejemplo se predica.

Os dejo un relato inspirado en la fotografía que ilustra esta entrada. Lleva por título Los otros habitantes.

Espero que os guste.

Los otros habitantes

A lo largo del día, en alguna ocasión, siento que me espían, que soy observado. No sé si esto mismo les suele suceder a ustedes mis queridos lectores o si esa sensación solo es producto de mi imaginación.

 Pero yo les animo a que estén atentos a sus palpitos y seguro que caen en la cuenta de que es muy posible que, tal vez, les estén observando.

¬†La cosa m√≠a va un poquito m√°s all√°. Yo me pregunto muchas veces qui√©n o qui√©nes habitan mi casa cuando yo no estoy en ella. ¬ŅC√≥mo, que ustedes no se creen que haya una serie de aprovechados que ocupan su hogar?

¬†Por de pronto yo tengo la sana costumbre de echar la llave de la puerta de casa cada vez que salgo con dos vueltas del tambor. El porqu√© hago esto es muy sencillo. Hay veces que nada m√°s salir de casa se acuerda uno de no s√©-qu√©-cosa-ten√≠a-que-llevar-que-se-me-ha-olvidado. Pues bien retrocedo y lo que hago al descerrajar la puerta es avisar a mis inquilinos de que he tenido que darme la vuelta, que se escondan, que no me quiero sobresaltar. Es como un c√≥digo no escrito. Ellos, ‚Äúlos otros‚ÄĚ saben perfectamente de mis horarios y saben que los d√≠as laborables no estoy en casa por la ma√Īana, Pero ¬°ay!, alg√ļn d√≠a cualquier imprevisto me obliga a presentarme a media ma√Īana y nada m√°s salir del ascensor voy haciendo ruido con las llaves para que vayan tomando sus posesiones y se vuelvan a sus rincones, por eso me gusta dar dos vueltas a la llave, para dar tiempo a los rezagados.

¬†¬ŅA qu√© sino obedece que encuentres botellas de licor que no tocas en meses y veas que su contenido ha bajado sospechosamente? Seguro que ustedes, como yo lo han notado de sobra pero no dicen nada, no comentan ni a sus amigos por temor a que les miren con recelo. Y ¬Ņqu√© me dicen de ese d√≠a cuando uno vuelve a cada tranquilamente y al entrar, despu√©s de haber dado las dos vueltas a la llave, se encuentran con una luz encendida o un armario abierto?

 Claro, ahora caen y se empiezan a dar cuenta de que ustedes, como yo, son espiados.

¬†No quiero extenderme m√°s pero recuerden esas ocasiones en las que acuden a su ba√Īo de casa y se encuentran con la toalla (o el albornoz) ca√≠do en el suelo. Hummm…, lagarto, lagarto.

¬†Yendo por la calle o circulando por el coche tambi√©n he tenido la sensaci√≥n de ser observado, como la mujer de la foto, que tranquilamente, inocente ella, no se da cuenta de la mirada que sobre ella pende. A veces volvemos la vista, distra√≠damente, como quien no quiere la cosa para ver si pillamos a nuestro voyeur particular. Pero ellos, ‚Äúlos otros‚ÄĚ son muy h√°biles. Yo en m√°s de una ocasi√≥n creo distinguir en la oscuridad del portal su silueta. Me hago el distra√≠do cuando salgo del ascensor, pero s√© que est√°n ah√≠, lo presiento, lo noto. Seguro que si ustedes leen esto ahora la vida les va a cambiar y van a estar prevenidos. Van a estar atentos a esas se√Īales. Estoy seguro que ahora mismo est√°n teniendo esa sensaci√≥n, c√≥mo si estuvieran leyendo esto mismo a la vez, detr√°s de ustedes. Est√°n a punto de terminar el relato, pero no se vuelvan, no miren a su alrededor. Y ma√Īana cuando salgan de su casa (no se olvidan de echar una doble vuelta a la llave), cuando salgan del ascensor, ah√≠ estar√°n escondidos en ese rinc√≥n donde nunca llega la luz. Sigan adelante y piensen que esto que leyeron no es m√°s que un relato.

 Luisjo

 Mandar vuestra colaboración a esta dirección como comentario o a los siguientes correos:

luisjocuadrado@yahoo.es

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 Mientras llega RA10 podéis ver las fotos de estos fenómenos en

Luis Raimundo García

http://haciendoclick.blogspot.com/

¬†Jes√ļs Gonz√°lez

http://haciendoclack.blogspot.com/

 Rogelio García Alonso

www.rogalonso.com

www.flickr.com/photos/rogalonso

Peque√Īas palabras de Salvador Robles

Liliana Cristina Garc√≠a nos manda a la redacci√≥n de Revista Atticus una rese√Īa de un interesante libro que acaba de publicar¬†Salvador Robles.

Salvador Robles Miras naci√≥ en √Āguilas (Murcia), aunque reside en Bilbao desde los diez a√Īos. Est√° casado y tiene un hijo. Es periodista y pedagogo, y ha publicado hasta la fecha 18 libros: tres novelas (‚ÄúNoche clara‚ÄĚ, ‚ÄúLa vida en la distancia‚ÄĚ y ‚ÄúLa luz del silencio‚ÄĚ), cinco vol√ļmenes de microrrelatos (‚ÄúLos abuelos tambi√©n van a la escuela‚ÄĚ, ‚ÄúLa escuela sin edad‚ÄĚ, ‚ÄúLos ojos de la vida‚ÄĚ, ‚ÄúMirar es encontrar‚ÄĚ y ‚ÄúPeque√Īas palabras‚ÄĚ) y once libros de ensayo, de psicopedagog√≠a y literatura divulgativas.

Peque√Īas palabras

En las Letras todo es posible. Es posible hilvanar sentimientos, acunarlos, renegar de ellos, atesorarlos en la profundidad del corazón y de la razón, pero también es posible jugar con las palabras, acercarse a ellas poniendo lo mejor de sí para llegar al lector y atraparlo en ese juego maravilloso donde la realidad, disfrazada de fantasía, echa a volar abriéndose camino entre la atención y el asombro. Salvador Robles posee una habilidad extraordinaria para transmitir esas vivencias cotidianas, que convertidas en relatos, se erigen en el hilo conductor de este nuevo libro. Otros diecisiete títulos del mismo autor, de Ensayo, Novela y Pedagogía, lo preceden  y avalan.

Autocr√≠tico por excelencia, prefiere dar a cada uno de sus cuentos el tiempo necesario de aprobaci√≥n para que maduren en calidad y lleguen al lector transformados en las brevas de un transcurrir √ļnico y preciso, donde cada tema se fundamenta en el alfa y el omega de la narraci√≥n, dicho de otra manera, el autor agota la capacidad descriptiva puesta al servicio de la comprensi√≥n y el placer de la lectura, con un lenguaje c√°lido, accesible y fluido, donde la √ļnica ornamentaci√≥n posible es la imaginaci√≥n del lector que tiene entre sus manos un ejemplar de Peque√Īas palabras.

                                                                      Liliana Cristina García

                                                                      Poeta y Escritora argentina

 También he encontrado en la web un comentario de Beatriz Giovanna Ramírez en:

http://beatrizgiovannaramirez.blogspot.com/2010/01/pequenas-palabras-salvador-robles-miras.html

Si las palabras son semillas, embriones de significado, portadoras de origen y de futuras plantas. Habr√° que sembrarlas para que germinen y crezcan. Las palabras son simples, compuestas, derivadas y parasint√©ticas. Las palabras son agudas, llanas, graves, esdr√ļjulas, sobreesdr√ļjulas. Las palabras son monos√≠labas, bis√≠labas, tris√≠labas, polis√≠labas. Las palabras tienen fuerza, presencia y acentos, Las palabras se descifran, se persiguen y se descubren. Las palabras son lenguaje. Las palabras abren las puertas o las cierran. Las palabras siempre buscan labios para besar y liberarse. Las palabras son grandes. Las palabras son medianas. Las palabras son peque√Īas. Las palabras nos acercan o nos alejan para siempre. Las palabras hacen el amor a los o√≠dos, al aire por donde viajan y desaparecen, se olvidan o se recuerdan para siempre. A las palabras les gusta jugar y hacer re√≠r.¬† Hay palabras que se lanzan como cuchillos y hacen doler. Hay palabras que acarician y consuelan. Hay palabras que abrazan y estimulan. Hay palabras que sanan y desarman. Hay palabras que enamoran y que danzan. Hay tantas palabras para hacer un ramillete diario y regalarlo a la vida, a la esperanza,¬† al amor, a la familia. Hay Peque√Īas Palabras, de Salvador Robles que jam√°s se deben olvidar.

 Redención lectora

Se llev√≥ el libro de la Biblioteca con la intenci√≥n de devolverlo, pero, cuando lo ley√≥ por primera vez, la tentaci√≥n le gui√Ī√≥ el ojo. Estaba impresionado con la historia que hab√≠a le√≠do. Despu√©s de otras dos lecturas, m√°s enriquecedoras incluso que la primera, tom√≥ la decisi√≥n de quedarse con el libro y regalarle todas las lecturas que se merec√≠a. Y a Do√Īa √Čtica no le import√≥.

 En la Editorial Paréntesis lo podéis encontar:

http://www.parentesiseditorial.com/PEQUENAS-PALABRAS-isbn-9788499190617.html

Luisjo

Gustave Caillebotte en la Exposición de la Fundación Mapfre de Madrid

 Posiblemente, hoy podemos contemplar esta exposición gracias a la labor impagable de quienes gestionan el programa de la Fundación Mapfre. Los esfuerzos que han tenido que hacer, seguro, que son inmensos. Muchos museos y prestigiosas salas se habrán disputado las obras que hoy aquí podemos contemplar. Las obras han salido de París por que el Museo de Orsay ha emprendido una renovación de sus salas y ha tenido que reubicar su fondos al cerrar la planta 5.

Pero si nos remontamos un poco en el tiempo a quien deberíamos de dar las gracias es a Gustave Caillebotte. Fue pintor y amigo de los impresionistas y él fue para ellos un autentico mecenas pues les compraba sus obras cuando  nadie confió en ellos. A su muerte donó las obras al estado francés y Renoir se encargó de hacer llegar ese legado. Tuvo muchos problemas para que aceptaran su legado.

 Veamos una breve semblanza de Cailllebote.

Gustave Caillebotte (1848 ‚Äď 1894)

Uno de los artistas impresionistas m√°s desconocidos fue Gustave Caillebotte. Durante muchos a√Īos sus obras pasaron desapercibidos y la cr√≠tica no le tuvo en cuenta.

Pero su papel dentro del grupo fue fundamental. Fue el que m√°s contribuy√≥ al fen√≥meno impresionista por delante de alguno de los grandes maestros. Su obra pict√≥rica fue important√≠sima aunque quiz√°s no al mismo nivel que Monet, Renoir o C√©zanne pero su situaci√≥n econ√≥mica y posici√≥n social le permiti√≥ ejercer de mecenas en aquellos momentos en que la desesperaci√≥n se adue√Īaba de los pintores al ver que sus pinturas no alcanzaban el reconocimiento debido y nadie las compraba. Muri√≥ joven y don√≥ una importante colecci√≥n de pinturas al estado franc√©s.

Nace en París el 19 de agosto de 1848 en el seno de una familia de clase alta. Su padre heredó un negocio familiar de prendas militares, también fue juez del Tribunal de Comercio. A partir de 1860 durante los veranos empieza a frecuentar la ciudad de Yerres, ubicada a pocos kilómetros del sur de París y es allí donde, posiblemente, en esta época empezó a pintar y a dibujar.

En 1868 se licenci√≥ en derecho y dos a√Īos despu√©s pas√≥ a ejercer la jurisprudencia. Y posteriormente tambi√©n se licenci√≥ en ingenier√≠a naval. Fue alistado en el ej√©rcito franc√©s con motivo de la Guerra franco-prusiana.

Al t√©rmino de la guerra ingres√≥ en el taller del pintor acad√©mico Le√≥n Bonnat donde se inici√≥ de manera seria en el estudio de la pintura. En 1873 aprob√≥ el examen de admisi√≥n de la Escuela de Bellas Artes en al cual no permaneci√≥ por mucho tiempo. En 1874 fallece su padre. Cuatro a√Īos m√°s tarde fallecer√≠a su madre heredando una fortuna considerable. Pero volamos al a√Īo 1874. Es en este a√Īo cuando toma contacto con los pintores impresionistas que estaban alojados en la academia de arte francesa. Destacan entre ellos Degas y De Nittis. En este mismo a√Īo acude como curioso a la primera exposici√≥n impresionista para participar en la segunda celebrada en 1876. Present√≥ ocho obras entre las que destac√≥ Los acuchilladores de parqu√© (Les raboteurs de parquet ‚Äďver comentario del cuadro).

El estilo de Caillebote se enmarca dentro del llamado realismo pict√≥rico del que fueron precursores Jean-Francoise Millet y Gustace Courbet. Su obra esta fuertemente influenciada por sus colegas impresionistas que se esforzaban en pintar la realidad tal cual existe en la realidad. Tomaba prestado de cada uno su estilo y t√©cnica pero sin apegarse a ning√ļn estilo en particular. En ocasiones es Degas al que m√°s se asemeja plasmando en sus obras un realismo con una amplia riqueza de colores. En otras de sus obras estas adquieren una paleta de colores pasteles y pinceladas sueltas semejantes a las de Renoir y Pisarro.

El Puente de Europa (1876, Ginebra, Museé du Petit-Palais) y, sobre todo, París, tiempo de lluvia (1877, The Art Institute of Chicago) mantienen las características de la pintura anterior, y convierten el Paris de Haussmann en el escenario favorito de las personalísimas perspectivas de Caillebotte.

A partir del a√Īo siguiente, Caillebotte comienza a alejarse del estilo serio y fr√≠o del Sal√≥n para crear su propio estilo plenamente impresionista.

El la década de 1880 la carrera de Caillebotte da un giro radical al trasladarse a una casa frente a Argenteuil, a orillas del Sena, donde comienza su afición por los veleros y las regatas.

Las obras de este periodo se caracterizan por una moderaci√≥n en las perspectivas, menos forzadas que en la mayor√≠a de pinturas urbanas de Par√≠s, aunque contin√ļa con las composiciones inusuales, ya sea por extra√Īos puntos de vista o por estar en apariencia arbitrariamente cortadas. Las bellas im√°genes de veleros que pinta Caillebotte tienen una clara influencia en las que Monet representara unos a√Īos antes.

Gustave Caillebotte falleci√≥ a los 45 a√Īos en Gennevilliers el 21 de febrero de 1894. Est√° enterrado en el cementerio de P√©re Lachaise de Par√≠s. Caillebotte don√≥ sus obras al Estado. Su albacea, Renoir, se encontr√≥ con grandes dificultades para hacer cumplir el deseo de su amigo, y en ocasiones marchante, de entregar la colecci√≥n de pinturas al Estado. A los responsables de la pol√≠tica cultural les pareci√≥ inconcebible presentar en un museo los cuadros impresionistas, que en aquella √©poca eran, todav√≠a, rechazados por una gran parte del p√ļblico.

Los acuchilladores de parqué

Les raboteurs de parquet, 1875

√ďleo sobre tela, 102 x 146,5 cm.

Musée d’Orsay, París.
N¬ļ inv.: RF 2718
(C) RMN (Mus√©e d’Orsay)

El tema central de la pintura es la representaci√≥n de unos obreros preparando el piso de madera. La cr√≠tica lo consider√≥ vulgar y, probablemente, esa fue la raz√≥n por la que la obra fue rechazada por los jueces del Sal√≥n de 1875. En aquella √©poca, la academia de arte consideraba aceptable la representaci√≥n de campesinos r√ļsticos o granjeros como la tem√°tica admisible sobre t√≥picos referentes a la clase obrera. Este cuadro constituye una de las primeras representaciones del proletario urbano.

Al contrario que Courbet o Millet, Caillebotte no introduce ning√ļn discurso social en su obra, ni moralizador ni tampoco pol√≠tico. simplemente su obra es un estudio documental (gestos, herramientas, accesorios) que lo coloca entre los artista del realismo m√°s experimentados.

Caillebotte muestra a tres operarios arrodillados, con el torso desnudo, sobre el parqué de una habitación vacía. Predominan los tonos beiges-marrones-negros.

La luz que entra por la puerta del balc√≥n del fondo produce un grandioso efecto de contraluz: cae sobre las espaldas y brazos de los trabajadores. La perspectiva se acent√ļa por el efecto de picado y por la alineaci√≥n (las diagonales) del las tablas de parquet. Unas rayas son oscuras por el barniz que contrastan con las otras claras que han sido cepilladas. Se trata de un estudio de los movimientos r√≠tmicos, comparables a las bailarines de ballet o los caballos de carreras de Edgar Degas.

El pintor dibujó una por una las partes del cuadro antes de plasmarlas en el lienzo. La anatomía de los trabajadores recuerda a la de los dioses de la pintura clásica.

Una de las innovaciones de los impresionistas, que ya habían apuntado los realistas, fue subvertir las convenciones respecto de los temas considerados apropiados para una pintura: frente a la preferencia por los temas históricos y mitológicos propio del arte académico, los impresionistas aspiran a reflejar las formas de vida contemporáneas, los nuevos modos de vivir y las nuevas figuras de una sociedad en un acelerado proceso de modernización.

Cabe se√Īalar que dentro de la tem√°tica de la vida moderna, el trabajo manual no fue de los temas predilectos de los impresionistas. Solo el propio Caillebotte y Degas lo

tratan con cierta frecuencia (√©ste √ļltimo de manera magistral con su serie de planchadoras).

Ahora tenemos la oportunidad de ver en Espa√Īa no solo la obra de Gustave Caillebotte sino la de muchos otros artistas que bajo el t√≠tulo Impresionismo, un nuevo Renacimiento presenta la Fundaci√≥n Mapfre.

En su web podemos consultar los datos de la exposición así como realizar una visita virtual.

http://www.exposicionesmapfrearte.com/impresionismo/

La entrada es gratuita

DIRECCI√ďN

Paseo de Recoletos 23 – Madrid – 28004

Teléfono: 91 581 61 00

HORARIOS

Lunes de 14.00 a 20.00 hrs.

De martes a s√°bado de 10.00 a 20.00 hrs.

Domingos y festivos de 11.00 a 19.00 hrs.

Este art√≠culo se public√≥ en Revista Atticus 5 y en n√ļmeros anteriores y posteriores un extenso trabajo sobre el Museo de Orsay.

Luisjo

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