Aprovechando que la semana pasada estrenaron El erizo la película basada en la novela de Muriel Barbery he rescatado del número 7 de Revista Atticus el comentario que Berta Cuadrado hizo sobre este libro, que a buen seguro ahora se volverá a poner de moda por el tirón del film.  Quiero agradecer desde esta plataforma su colaboración y darle la enhorabuena por el Primer Premio de Narrativa Corta para Jóvenes  2009 convocado por la Concejalía de la Juventud del Excmo. Ayuntamiento de Ávila.  

Luisjo

cubiertaMuriel Barbery.

La elegancia del erizo

Barcelona: Círculo de Lectores, 2007.

 

Si buscamos entre las páginas de esta novela una historia verosímil, sufriremos una decepción. Pero si conseguimos obviar la credibilidad del relato, encontraremos ciertas reflexiones que nos dejarán clavados justo en la mitad del camino que va de una sonrisa a una lágrima.

Ésta es la historia de los habitantes de un edificio parisino. El relato de una amistad que surge entre una preadolescente superdotada con tendencias suicidas (Paloma), y una portera de mediana edad con grandes inquietudes culturales (Renée). Si estos dos personajes no nos parecían lo suficientemente originales, en sus vidas irrumpe un misterioso cineasta de origen asiático, que se convierte en el nuevo vecino del inmueble (el señor Ozu).

En la cubierta de la edición de Círculo de Lectores aparece silueteado un gato negro que clava sus inquietantes ojos en el incauto lector. Una buena metáfora de esta novela. A ratos esquiva y a ratos cautivadora. Debo confesar que en ocasiones me ha vencido la tentación de meter un plato de leche debajo de mi cama para que la novela fuera hasta él y así olvidarla durante un rato, pero al instante he sentido la necesidad de agacharme para intentar alcanzarla y bisbisear cosas bonitas hasta atraerla hacia mí y poder acariciarla.

El personaje de Paloma puede atragantarse por su visión amarga de la vida,  que la lleva a decir cosas como que “la gente cree ansiar y perseguir estrellas, pero termina como peces de colores en una pecera”. Por suerte ella misma cae en la contradicción, y así su impertinente adolescencia adquiere cierta dosis de sentido común cuando afirma que “no hay mayor frivolidad que ser cínico”. Renée es más cauta, sus pensamientos son fruto de la experiencia y la reflexión. Quizás por eso, por su don para convertir los quehaceres rutinarios de la portería en algo sublime, logra un rápido entendimiento con el Señor Ozu, procedente de una cultura mucho más observadora y con un respeto por los detalles mayor que el que poseemos la mayor parte de los occidentales.

La novela está cerrada y reposando junto al ordenador desde el que ahora escribo. Si presto atención escucho un ronroneo que espolea mi curiosidad. No es un gato en busca de comida o mimos, es una idea que late en cada una de las páginas y que no puede pasar desapercibida; la idea del Arte como salvación. Renée utiliza el Arte, la música, la literatura y el cine para huir de la ignorancia y la incultura a la que parece abocada por su condición de portera, o al menos así lo creen los selectos inquilinos del edificio en el cual presta sus servicios. Paloma utiliza sus conocimientos sobre la ciencia, la filosofía y la cultura para sobrevivir a la superficialidad que se instala en ciertas familias de clase acomodada.

Si el propósito de la autora es hacernos reflexionar sobre el Arte, debo reconocer que conmigo lo ha conseguido. Leyendo el pasaje en el que Renée analiza la fascinación que le producen los espacios de vida japoneses, esas habitaciones con puertas correderas que se deslizan para no herir el espacio, y lo contrapone a las puertas de bisagras que utilizamos en nuestra vida cotidiana, consiguió traer a mi mente un cuadro de Edward Hooper titulado Habitaciones junto al mar. En dicho cuadro, una puerta abierta produce una profunda herida en el corazón de una habitación. Si bien es cierto que por la puerta se cuela la brisa purificante del mar, también lo es que lo hace con tanta vehemencia que rompe la atmósfera de calma que había colonizado la estancia. La puerta se abre para que llegue un elemento bello pero  que no ha sido invitado, y eso produce inquietud.

Cartel el erizoY siguiendo con las vivencias de Renée, otro momento en que una experiencia personal ha salido a la luz a través de la lectura, ha sido en el pasaje en el que nuestra amiga portera entra por primera vez en el piso del señor Ozu. Allí queda extasiada ante una naturaleza muerta de Pieter Claesz, pues es una apasionada de la pintura holandesa del siglo XVII. Supongo que todos hemos tenido una revelación artística en algún momento de nuestras vidas. Ese instante con el que han soñado nuestros padres y educadores desde que empezaron a inculcarnos cierta sensibilidad artística que nos permitiera admirar un cuadro, o saborear una pieza de música, o disfrutar de una obra de teatro de una forma especial. Ese momento para mí se materializó en la visión de la Victoria de Samotracia la primera vez que visité el Museo del Louvre. Allí, escuchando el rumor del viento que ajustaba a las caderas de la diosa su fina túnica, sintiendo el temblor de la tierra bajo su contundente caminar, viendo su mirada (porque poco importa que sus ojos no hayan llegado hasta nuestros días) desafiante, y escuchando los vítores de los vencedores, ajena a los flashes de los demás turistas pude entender lo que Muriel Barbery afirma en La elegancia del erizo:  que el Arte nos sorprende sin haberlo previsto, que es “un placer sin deseo, una existencia sin duración, una belleza sin voluntad”.

 

Berta Cuadrado Mayoral


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