Pares o nones

Siempre recuerdo aquellas tardes de domingo, cuando quedaba con los amigos después de comer y nos íbamos todos juntos a los “recreativos”, donde comprábamos un duro de chuches o pipas y enseguida sorteábamos los equipos para jugar al futbolín.

Aquella tarde, la recuerdo como una más de las muchas otras que pasamos allí, pero lo que entonces no sabíamos es que iba a ser especial. Antonio, moreno, alto, cejijunto, enseguida se plantó al lado del futbolín, y con su voz de bajo profundo, dijo: -Venga, vamos a sortear.

Juan, despeinado, con su mata de pelo rebelde saliendo para cualquier lado, sonrío de medio lado.

-¿Ya?, que prisas por perder, se ve que aun te escuece la del domingo pasado.

-Eso no es verdad, si nos ganasteis fue porque el “Búho” nos cortó.

El “Búho”, era el encargado de la sala de juegos, siempre con un guardapolvo gris y unos anteojos de cristales gruesos, por los que la clientela de chicos, le había apodado así.

-Si, porque tú te empeñaste en levantar el futbolín, para que la pelota se colara por nuestra portería.

-Eso es mentira, lo único que pasa, es que este futbolín esta mas viejo que Matusalén, y se atascan las bolas.

-Bueno-, dije yo. Dejad ya la discusión y vamos a sortear, que a este paso nos da la hora de irnos a casa.

-Está bien, yo elijo a Paco, dijo Manolo.

-Tú no eliges a nadie, porque elegimos nosotros, pasmado.

Manolo, era el despistado del grupo, siempre en las nubes, saliendo con las cosas mas peregrinas cuando menos te las esperabas.

-A Paco, lo elijo yo, porque la otra vez él jugó contigo, Juan.

-Vale, entonces me pido al “Patata”. Éste era un chico bajito y cejijunto, que por motivos hormonales de la adolescencia, tenía la cara como una paella, y además una nariz regordeta que surgía de la misma como un pimiento. Por todo ello se le había quedado ese mote.

Entonces, está bien, la cosa queda así, el “Patata”y Manolo conmigo,  tú vas con Juan y Paco. ¿Vale?

-Está bien, pero vamos a ponernos que nos van a dar las uvas.

Nos distribuimos, a ambos lados del futbolín, yo me hice cargo del portero, dispuesto a no dejarme colar ni una.

Antonio, sacó un duro reluciente de su bolsillo, con gesto decidido, lo introdujo en la ranura y tiró del pomo que accionaba el cajetín de las bolas, y estas, obedientes, cayeron resonando en la tronera.

pares o nones bynCerró la otra mano, miro a Juan que le esperaba con la suya a la espalda, y preguntó.

-¿Pares o nones?

-Pares.

-Un, dos, tres. Las manos surgieron, raudas como pistolas de detrás de la espalda. Se contaron los dedos y gano Juan.

Éste cogió la bola con cuidado, mirando su rugosa superficie como si le fuese a desvelar el secreto para ganar. La colocó con cuidado entre las dos filas de jugadores más cerca de los suyos claro está y concentrándose lanzó un trallazo directo a mi puerta. Paco, como defensa, no dejó pasar el obús devolviéndosela con un giro de muñeca hasta la misma portería, donde “Patata” apenas tuvo tiempo de ver por donde le venía el tiro y se la colaron.

Bronca, por parte de Manolo, y sacada rápida de Antonio, que se la pasó a Manolo hacia atrás en una jugada de las suyas, que si le salía bien, como así sucedió, te las colaban sin ver, porque no te la esperas.

Esta vez la bronca me cayó a mí, por mi despiste. Durante un tiempo estuvimos en ese plan, una vez metían ellos, y la siguiente nosotros, hasta que por fin, en la última bola, estábamos igualados a un punto quien metiese ahora, ganaba el juego.

Nos tocaba sacar a nosotros, Juan, se preparó con cuidado, colocando la bola delante de su línea de jugadores, escupió en la barra y la movió para darla mas soltura. Sonrió y con un fuerte golpe lanzo la bola contra la portería.

Antonio, le cortó el tiro poniendo a su jugador delante, y mandándola cruzada  al otro lado. Rebotó contra la esquina y Paco se la devolvió, pero la cortó de nuevo. Esta vez, se entretuvo en pasarla de un lado a otro de sus jugadores, centrando el tiro, mientras yo movía mi portero también.

Luego, con una palmada repentina, hizo girar su barra como un molinete, lanzando un cañonazo contra mi portero.

El golpe fue tan tremendo, que la cabeza del pobre portero, salio disparada, rompiéndome las gafas y encima, el “Búho”, haciendo honor a su nombre, se dio cuenta del estropicio y nos hecho a todos a la calle.

Total, que no pudimos desempatar y encima mi madre me pegó una bronca de las que hacen época.

Pasó la semana, y volvimos a quedar, para echar el desempate. Pero cual fue nuestra sorpresa, cuando al entrar en los “recreativos” en lugar de nuestro viejo futbolín, nos encontramos con una maquina de “matar marcianos” que además era más cara, cinco duros la partida y solo podía jugar uno cada vez.

Le pregunté al “Búho”, que había pasado, y el me contestó, que el futbolín ya estaba muy viejo, y lo había cambiado por esa nueva maquina.

Abandonamos los recreativos con una sensación de haber perdido algo importante, algo que ya no volvería a ser igual. Por muchas luces y musiquíllas que tuviese, la maquina nueva no podría reemplazar nunca aquellos partidos de los domingos por la tarde, con los amigos, mientras imaginábamos ser el Madrid o el Barsa, o el Real Valladolid, aunque los jugadores, ya viejos y despintados, muchas veces no se distinguiese bien a que equipo representaban. Que más daba, eran nuestros equipos y eso ninguna maquina lo pudo sustituir.

Mogo


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