ESTRELLA FUGAZ

Chica relato fugazHubo un tiempo en el que me sentía atado y no sin razón, pues estaba prácticamente encadenado. Lo cierto es que al principio no me daba cuenta. Imagino que porque me sentía acompañado, formando parte de un equipo… y nunca ha sido una gran idea dejarse anular por la masa. Con el horizonte limitado por cuatro paredes, sin más objetivos que jugar partida tras partida. El olor del tabaco impregnado en mi ropa, música de los años 80 acompañando cada jornada, aquellas cervezas que a veces escapaban de los vasos y regaban el terreno de juego. Precisamente en medio de uno de estos incidentes conocí a Alicia. Sonaba aquella canción chorra de los Hombres G, la de “Sufre mamón”, ¿la recordáis? Pues Alicia entró en el bar tarareándola, princesa con un séquito de tres súbditos, que en un principio hacían lo que ella quería, hasta que a ella le encajó el zapatito de cristal que le ofreció Nacho, y se cambiaron los papeles: ella empezó a hacer todo lo que él ordenaba. Al primer segundo me enamoró su ingenuidad, es como si bajo sus pies asomara el cascarón del huevo del que pretendía salir airosa. Algo parecido al nacimiento de Venus de Botticelli pero en versión granja. Porque junto al cascarón también despuntaban algunas plumas de la edad del pavo… pero era Alicia semejante a una diosa de quince años.

La chica entró directa y se apoyó sobre el futbolín, para evitar que otro grupo se les adelantara. Contaban con el tiempo del recreo para echar alguna partida fugaz. Nacho y sus colegas fueron directos a la barra a pedir unas cervezas. ¡Cervezas! Debían de ser los malotes de la clase, pues estudiaban en un colegio pijo cercano. Alicia les gritó que ella prefería una Coca Cola. En ese instante bajó la mirada y se cruzó con la mía. Ella no notó nada, lo sé, pero a mí me empezaron a temblar las piernas, el aire se volvió denso, casi tóxico. Recé porque alguien abriera la puerta del bar y se colara el viento otoñal que hacía bailar las hojas en el patio del colegio de Alicia. Alicia mordisqueándose las uñas, Alicia soñando con Nacho y su Vespino blanco, Alicia acariciando el vaso de refresco helado. Y el vaso que tropieza con la cerveza de un chaval, y ambos líquidos se derraman bajo mis pies. Entonces la risa de Alicia con berretes de patatas bravas rompe la tensión con la humillante frase: “¡Mira, Nacho, parece como si los futbolistas se hubieran hecho pis!”. Y yo mirando bajo mis botas de fútbol el charquito acusador. Y dudando por un momento si realmente no me habría hecho pis por los nervios. Qué asco. Nacho con la excusa perfecta para reír junto a ella, la abraza por la espalda, prolongan el contacto unos segundos más de lo necesario. No, horror, porque ahora deshacen el abrazo pero se quedan cogidos de la mano. Por suerte el camarero les presta una bayeta y el de las gafas inicia la partida. Imposible jugar al futbolín con las manos entrelazadas.

Así se sucedían las estaciones y las evaluaciones de Alicia. Como buena estudiante, la vi celebrar muchos aprobados, a pesar de que su brillante expediente se oscurecía un poco por la mala influencia de Nacho, su primo, y el de las gafas.

Un día Alicia y sus amigos decidieron prolongar el recreo más de la cuenta. Se habían picado en torno al futbolín con unos chicos del instituto. En el partido de desempate Alicia me eligió a mí: “¡Yo de portero!”, anunció. Y juntos luchamos contra gigantes, derribamos murallas, conquistamos nuevos mundos… en fin, que paramos el gol que podría habernos llevado a la derrota. Entonces sucedió. Alicia inclinó su hermoso cuerpecito adolescente hacia mí, y coronó mi pequeña cabeza con un triunfal beso. Y no os lo vais a creer, pero cuando el bar quedó desierto, ante la atónita mirada de mis compañeros de equipo y también de mis rivales, cobré vida humana.

Me revelé como una gran promesa del fútbol, varios clubes de primera se disputaban mi fichaje interplanetario. Inicié una meteórica carrera, fui lanzado al estrellato. Y ahora que soy galáctico y que la prensa rosa me fotografía con modelos, cada vez que me adormezco en los vuelos arrullado por el acento argentino de algún compañero, no puedo evitar estudiar mi reflejo en la ventana del avión, y me digo a mí mismo que cambiaría varios ceros de mi cuenta corriente, y hasta mi libertad, por aquel beso con el que Alicia cambió mi destino.

 

Berta Cuadrado Mayoral


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