Reflexión

Futbolin aAclarada la técnica en torno al futbolín, mi reflexión me lleva a tiempos de recuerdos, de nostalgia, de compañerismo, de frustraciones, de castigos… De todo ello tuvo la culpa el futbolín.
El primer recuerdo que tengo de ello es recién salido de la madriguera de mi pueblo, años 60, cuando me trasladé a Valencia de Don Juan a estudir en el colegio de los Agustinos.
El que primero llegaba a la sala de juegos tomaba posición. El Padre Maestro distribuía la bola, el futbolín era gratis, y el que tenía la bola iniciaba el juego. Mi primer sobresalto ocurrió después de topecientos días de no pillar ni futbolín ni bola; el Padre se me acerca, se fija en mí, y me pasa la bola. Me consideré el tío más importante, por fin alguien se daba cuenta que los de mi pueblo existían.
El segundo sobresalto me lo llevé en un intento de llegar al futbolín a plena carrera por los pasillos; estaba prohibido pero aún no había grabado en mis neuronas de pueblo que lo de correr era cuando jugábamos al fútbol y cuando nos castigaban. Allí mismito, se me quedó grabado para siempre.
El dicho Padre Maestro me llevó al patio, y a diez incautos más. Imaginen la escena: Diciembre, tiempo siberiano, patio con un dedo de ‘carámbano’, aún no había llegado el cambio climático y cuando tenía que hacer frío, hacía frío, no como ahora que cuando tiene que hacer frío, ves a los jovencitos en mangas de camisa. Bien, continúo con la grabación de neuronas:
-Descálcense pollinitos, -era una de las frases cariñosas que me quedó grabada, a fuego y a frío-. Denme 125 vueltas al patio, -desconozco porqué siempre nos castigaba con un número impar de vueltas-.
No me salía del cuerpo ni el color ni el calor. Iván, más atrevido pregunta:
-Padre, ¿podemos quitarnos los calcetines?
-No, pollinito, que los calcetines los paga tu padre.
De aquella dicha, se me quitaron los sabañones…, y las neuronas y el futbolín se quedaran grabados para mi eternidad.
Sigue valiendo la expresión, ¡vaya potra!, lo que aprendí en torno al futbolín. Otro día más.

Un saltito y me presento en los años 70, donde los pollinitos se hicieron pollos, el futbolín ya no era gratis y los sabañones pasaron a mejor vida. ¿Y lo de correr? Ya no era tan vital, ¡si pagas, no corras, te esperan!
En fin, Valladolid y la sala de futbolines que había en la calle Marina Escobar era el café, la copa y el puro de mis años 70; bueno el presupuesto daba para unas pocas partidas y un Celtas, corto y sin filtro…, y sin música, todavía no estaba inventado el grupo, aunque ya debía de hacer ruido por los almacenes de las Delicias.
Esas tardes de sábado invernal en la sala de futbolines forma parte de un recuerdo fascinante de juventud. Iniciamos la salida en libertad del Real Colegio, hacíamos pruebas de aspirar a todo. Amanecieron muchos atardeceres de pro-blemas; eran nuestros años posconcilares.
Bueno no me discutan que alrededor de un fubolín podíamos reflexionar sobre la Gaudium et Spes; era después, cuando regresábamos, relajados. No recuerdo quién era el ganador. Jugaba de defensa y siempre perdía. Pero no es ese el cariñoso recuerdo que tengo. Es el momento que nos juntábamos, iniciábamos el paseo por el Campo Grande, o el Campogrande, que nunca sé cómo se escribe y deambulando, hablando y discutiendo, terminábamos en torno al futbolín…, yo de defensa como siempre y a romper la bola.
Años pasaron… De aquellas juergas estos lodos. Y en los años 80, expulsado del colegio…, por malo, no lo duden, vuelvo a recordar una partida al futbolín en un pueblecito de León.
Tenía escayolada una pierna, por un triste y nefasto accidente. Nada ni nadie me divertía y la visita de esos amigos que me han acompañado en el patio ‘acarambanado’, en las tardes/noches de la calle Marina Escobar, me expulsaron de mi tristeza y en pedacitos me volví a poner en la defensa de un futbolín, rompiendo la bola…
¡Qué quieren que les diga! Efectivamente LuisJo, ¡vaya potra!
-¿Una partidita? Yo de defensa.

Tinuko


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