Sé que a muchos de vosotros os gusta la escritura. Así que ya es hora de sacar esos relatos que tenéis ahí bien guardados en vuestros cajones y los deis a conocer. Si queréis enviar vuestros textos podéis hacerlo a través del correo electrónico.

También sé que a muchos de vosotros os gusta la fotografía. Pues también es hora de que mandéis esas fotos que con tanto cariño y celo guardáis para no sé que concurso o que no queréis dar a conocer por miedo de que os copien el motivo. Así que os animo a que enviéis también por correo electrónico vuestras fotos que puede servir de inspiración para algún relato. Eso sí que no ocupen más de un megabyte. Así lo han hecho Jesús Arenales y Alicia González.

 Hoy os propongo que pongáis título a esta foto de Alicia González y le dediquéis algunas letras. El título El futbolín es una etiqueta obvia que yo le he puesto. Pero os animo a escribir un pequeño relato, microrrelato, poesía o lo que os inspire (no más de mil palabras). No hay premio. Lo siento. De momento somos pobres, pero tal vez pronto cambie la cosa. La única recompensa es verla aquí publicada, en esta web y los mejores pasaran a la edición electrónica de Revista Atticus. Hasta el 12 de diciembre hay tiempo para que entren en el número 9 que saldrá a finales de ese mes.

Claro. No podía ser de otra manera. Con el ejemplo se predica. Así que me he animado y os dejo mi relato que lleva por título: Vaya potra.Montaje Futbolin

¡Vaya potra!

- ¡Vaya potra que tienes tío!

- De eso nada.

 Algunos días nos pirábamos la clase para ir a jugar a los futbolines.

 De eso hace ya unos cuantos años. Lo habitual entre nosotros era jugar en el patio de la escuela, jugar en el recreo o sino en cualquier lugar callejero. Por aquel entonces la calle era un buen lugar. También había muchas explanadas ya que existían innumerables solares sin edificar pues eran tiempos en los que el boom inmobiliario tan solo era una quimera.

 El juego preferido era sin lugar a dudas el fútbol. Pero existía la versión de sobremesa que no exigía ni el balón de reglamento, ni las porterías, ni la red, por cierto que ésta última en mis tiempos era un lujo. Solo se vestían las porterías con la red en los partidos oficiales, cuando se pintaban las rayas del campo y el árbitro acudía a intentar poner orden. Los linieres era otro lujo que solo era accesible para las finales de los distintos campeonatos.

El futbolín, el fútbol de sobremesa era un divertido juego que nos ocupaba unas cuantas horas. Tenía una pequeña pega. Mientras que en el patio de la escuela en el momento que nos juntamos una decena de chavales nos poníamos a jugar sin más, para el futbolín había que disponer de dinero para jugar. Sí, de acuerdo que era barato, pero había que tener perras para jugar.

 Se podía jugar un uno contra uno. Parecías el hombre orquesta, ahora con el portero, ahora con la delantera, de aquí para allá  siguiendo la bola. También podía ser un dos contra uno cuando no te quedaba más remedio. Lo habitual en el juego era disponer de un buen compañero. Esas eran las partidas buenonas, las de dos para dos y la partida por antonomasia era de la de echar un pierdepaga. Había amigos que se especializaban en la portería, que hacían de la defensa, de los tres zagueros, un autentico bastión infranqueable. Si alguna de las bolas pasaba ya estaba el portero que hacía verdaderos alardes para realizar unas paradas de ensueño y eso que estaba sujeto por la barra fija. Había veces que parecía volar en busca de la bola. Y luego dominaban el arte de sacar. Un buen saque, rápido y dirigido, podía ser medio gol. Me acuerdo de un saque que era poniendo al portero en horizontal, boca abajo y la bola situada en sus corvas. Con un giro de muñeca plantabas el saque en medio de tu delantera. Estos amigos, los porteros, eran muy apreciados. Pero los que se llevaban todo el protagonismo, como sucede con el fútbol, era los delanteros. Es más ahora mismo recuerdo la frase un tanto despectiva: “venga tú de portero”. Además solían ser los chuletas de la panda. Un chaval canijo y apocado para portero vale, pero para delantero pues como que no. Los delanteros eran habilidosos como pocos. Era imposible creer como con un sibilino toque de muñeca te hacían un regate que dejaban al defensa doblado y al portero a verlas venir.

 Las buenas partidas estaban rodeadas de una gran expectación. Se procedía a elegir la mesa dentro de los futbolines. Se sabía que una u otra tenía caída. Luego también conocíamos alguna mesa que con algún pequeño truco te podías estar prácticamente jugando toda la tarde porque manipulabas el tirador de descarga de las bolas. Aquellas partidas no tenían tiempo, eran reguladas por lo que tardabas en jugar ocho bolas. Luego ya fueron reduciendo el número y los encuentros eran más cortos. Una vez elegida la mesa había que elegir el equipo. Mirábamos las barras porque había unas que corrían mejor que otras, eran más ligeras. Claro que alguno solventaba la situación con un escupitajo a falta de mejor lubricante. El partido empezaba con un saque al medio, de lo más imparcial posible. Golpeabas la bola en el borde de la mesa como si fueras a cascar un huevo y zas… que ruede la bola por el medio de la mesa. Luego con cada gol el saque le correspondía al equipo que había encajado el tanto y lo hacía desde la zaga.

 Había un recurso que era objeto de vivas discusiones. La contra. “No vale, no vale por que has hecho la contra”. La contra consistía en un hipotético golpeo al aire cuando el contrario iba a sacar. Lo solían hacer los delanteros frente a los defensas cuando estos se disponían a sacar la bola. De el resultado de esta acción era que se producía un rebote violento que sorprendía al portero más avispado. Así que antes de iniciar el juego había que dejar bien claro si valía o no valía la contra.

- Venga ¿echamos un futbolín?

- Vale.

- Un pierdepaga. Y no vale la contra.

- ¿Por qué no?

- Pues por qué no. Y tampoco dar vueltas.

- Vale. Tú, Juan, conmigo de portero.

- Bueno, pero luego cambiamos.

 – ¡Goooool!

- Desde luego la primera que tiras y gol. ¡Vaya potra! Potra no, chorra, tienes una chorra que ni sé.

- Tú si que tienes. Venga saca y calla ya.

Luisjo


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